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El niño acosador

Carece de empatía y no es consciente de las emociones adversas y la baja autoestima que habita en su interior

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El niño acosador |

LA VOZ DEL SANDINISMO |

El niño acosador carece de empatía y no es consciente de las emociones adversas y la baja autoestima que habita en su interior. Todo ello, es una bomba de relojería para el adulto del mañana, alguien que seguramente, seguirá usando las mismas estrategias de intimidación.

Aquel al que no se le ponen límites ni se le educa en respeto y empatía, puede convertirse el día de mañana en un adulto narcisista y maquiavélico. Aún más, esos chicos y chicas que ejercen el acoso en las escuelas seguirán utilizando en el futuro la intimidación para obtener poder y reforzar su autoestima. Estamos ante una realidad social con un impacto mayor del que pensamos.

A menudo, solemos comentar con gran acierto que el bullying es un monstruo con cara de niño. Sin embargo, algo que no siempre tenemos en cuenta es la huella que pueden tener este tipo de conductas tan lesivas pasadas unas décadas. Sabemos que la vida no es fácil para cualquier víctima de acoso escolar. Dichas experiencias dejan una huella indeleble que, en muchos casos, se transforma en trauma.

El drama social es inmenso. Ahora bien ¿qué ocurre con el niño acosador el día de mañana? ¿Qué pasa con ese adolescente tan hábil en el acoso físico, psicológico, verbal e incluso en el ciberbullying? El matón de instituto, ese chico o esa chica al que nadie puso límites en su día, puede derivar en un futuro no muy lejano en un tipo de personalidad muy dañina en cualquier escenario.

La figura del niño acosador es, en cierto modo, la esencia de nuestro fracaso como sociedad. A pesar de que el término ‘bullying’ surgió en los años 80, en realidad la violencia en las aulas siempre ha existido. Ahora bien, en la actualidad contamos con más medios para ejercer esa intimidación. Factores, como las nuevas tecnologías, intensifican (y facilitan) que el acosador infantil y juvenil tenga más terrenos para desplegar su agresividad.

Al preguntamos por el origen de este tipo de dinámicas, basadas en el acoso y violencia entre iguales en los centros educativos, es necesario señalar que estamos ante una realidad multifactorial. Es la crianza y educación, son los modelos parentales, es la normalización de la violencia, son los propios centros sin mecanismos efectivos de prevención, sin herramientas para la acción, y son también, esos alumnos que ven a diario el bullying y lo silencian.

Podríamos hablar de muchos más detonantes, pero nos interesa también otro aspecto. ¿Qué se hace con el niño acosador? Aquí, fracasamos nuevamente como sociedad. La clásica estrategia de centrarnos en castigar al acosador y dar apoyo al acosado, se queda corto. Necesitamos mayores estrategias, mejores enfoques y sensibilidades más prácticas tanto para la víctima como para quien ejerce la violencia en todas sus formas.

No hacerlo bien, o sencillamente dejar en el abandono al acosado y en el olvido al acosador, puede tener unas consecuencias importantes.

En las aulas tenemos niñas acosadoras y niños que ejercen como tempranos matones de instituto. Algunos actúan en solitario y otros en grupo, pero casi siempre cuentan con el apoyo de un grupo cercano y, a su vez, con la ley del silencio de quienes son testigos del abuso y no denuncian. Sea como sea, el centro de poder recae en un individuo que ya desde bien temprano apunta un perfil muy determinado.

Los doctores Effrosyni Mitsopouy Theodoros Giovalias, de la Universidad de Atenas, realizaron un estudio en el 2015 para entender qué factores de personalidad pueden explicar el bullying en los niños y adolescentes.

Este trabajo reveló que lo más evidente era la falta de empatía, tanto afectiva como cognitiva. El acosador es incapaz de ponerse en el lugar de la víctima. Su único objetivo es humillar y obtener poder y refuerzo con esa práctica cotidiana.

A su vez, tras estos niños habita una notable falta de autoestima, una clara incapacidad para gestionar emociones adversas, así como el rechazo a responsabilizarse de las propias acciones.

Son, además, niños y adolescentes con un pensamiento muy rígido, solo tienen en cuenta sus propias posiciones y perspectivas personales.

Asimismo, algo que quedó también de manifiesto en este estudio es que son niños que han normalizado por completo la violencia. Es su instrumento y lo utilizan a diario. Ese, es también el lenguaje que utilizan con ellos en casa, es lo que ven en sus hogares y es también la válvula de escape que utilizan para desahogar su frustración.

Somos una sociedad que a menudo, enarbola pancartas al definirse a sí misma como madura, empática, juiciosa y equilibrada. Sin embargo, basta con rascar un poco la superficie e irnos a escenarios más privados para ver que no siempre es así. Los datos nos dicen que los acosadores son cada día más jóvenes y lo que es peor, más agresivos.

Tenemos niños de siete años de edad que ya acosan a sus iguales. Cuando llegan a la adolescencia una buena parte de los que no ejercen el bullying han aprendido a ser cómplices, a observar, reír, silenciar y compartir en las redes el sufrimiento de las víctimas. Al llegar a las edades adultas estos patrones de comportamiento y personalidad se han normalizado por completo.

Poner la mirada en el futuro es también responsabilidad de todos. El niño acosador puede ser el día del mañana un directivo narcisista y falto de empatía dirigiendo una empresa. Puede ser también nuestra pareja o hasta ese vecino que maltrata a su familia en la intimidad de su hogar.

Pensemos en ello y generemos cambios, tengamos más conciencia de esta realidad, porque si el bullying tiene hoy cara de niño, el día de mañana será un adulto que ha aprendido a instrumentalizar la violencia como forma de vida.

Mel/Bga

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