Salud

La honestidad, el temor de los hipócritas

Prefiero incomodar con mi honestidad que agradar con mi hipocresía

honestidad
honestidad |

B. García |

Las personas honestas son francas, son genuinas y disfrutan de esa felicidad que da la coherencia entre los pensamientos y las acciones. En ellas no hay nada impostado, solo una claridad de mente y de corazón donde la verdad siempre lleva las riendas, y donde la humildad es el viento que guía y empuja las velas de su conciencia.

Quien elige vivir en este escenario de autenticidad emocional y psicológica sabe que va a tener que pagar un precio. El primer recargo es evidente: la honestidad siempre es franca y dicha franqueza trae más de un efecto colateral en quienes no están habituados a una lengua sin pelos y a un corazón que detesta la mentira.

El segundo recargo, y quizá el menos conocido, es el que hace referencia a nuestro mundo interior. Ser honestos requiere autoexplorarnos a nosotros mismos para comprender nuestras limitaciones y tomar contacto con ese rincón privado donde se esconde nuestra vulnerabilidad. Todos tenemos defectos, agujeros negros y áreas hipersensibles. La persona honesta es muy consciente de ello.

Por otro lado, no podemos olvidar que esta dimensión psicológica es también un valor social importante. Más allá de verlo como una herramienta imprescindible a la vez que valiosa para nuestro crecimiento personal, es también un motor capaz de dinamizar nuestro bienestar como individuos dentro de un contexto social.

Todos merecemos un sueldo honesto, un trabajo basado en la honestidad e incluso una clase política arraigada en el mismo principio. Así, y en vista de que los grandes cambios acontecen por las pequeñas sacudidas, pongamos nosotros mismos en marcha este valor desde nuestros universos personales.

Las personas honestas son más felices porque han higienizado muchos de esos abismos personales donde antes reinaba la indecisión y ese miedo voraz que les hacía cautivos de las medias verdades o las mentiras completas. Son perfiles que han aprendido también a ser críticos consigo mismos, que toleran sus defectos sin autocastigarse, que escuchan a ese comandante interno que les empuja a ser un poco mejores cada día y en cada momento.

Ser honestos con nosotros mismos implica muchas veces ser como ese guerrero espiritual que nos revela cómo nos encontramos en nuestro momento presente. Nos devela nuestras impotencias y nuestras áreas desprotegidas, nuestras oscuridades, pero a su vez nos guía para sanarnos y permitir así que tengamos una visión más completa y fuerte de nosotros mismos. Así, seguiremos caminando con la verdad por delante, pero también con la humildad.

Ser honesto, en realidad, responde a un acto de integridad, de valentía y de madurez personal. Virtudes todas ellas que debemos hacer germinar con dedicación en nuestro día a día.

también te puede interesar