Salud

Edad y selectividad

Ganar en años no significa obligatoriamente ganar en sabiduría, equilibrio y templanza

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persona elegida |

B. García |

La edad nos vuelve más selectivos y hábiles a la hora de aplicar adecuados filtros de protección. Poco a poco caen los miedos, las inseguridades caducan y normalmente aprendemos a cuidar de nuestras prioridades, a saber “quién sí y quién no”. Porque madurar es, por encima de todo, tener en cuenta por lo que merecemos luchar.

Ganar en años no significa obligatoriamente ganar en sabiduría, equilibrio y templanza. Los patrones de personalidad evolucionan, no hay duda, pero parten casi siempre de unas mismas raíces, de un mismo sustrato. Por ejemplo, el individuo de “mente cuadrada”, poco receptivo y habituado a ver el mundo con un filtro de negativismo, no va a experimentar una súbita revolución interior solo por soplar velas de más en su tarta de cumpleaños.

La madurez física y psicológica no son lo mismo. En todo rasgo de carácter hay un exceso, una carencia o una virtud que nos habrá de acompañar a medida que maduremos.

La vida se compone de momentos, personas y experiencias variadas encadenadas como perlas. De nosotros depende ser selectivos y dar valor a esas piezas que, gracias a su brillo intenso, nos permiten tener una existencia más hermosa a la vez que significativa. Por ello, es necesario tener claro un dato muy concreto: ser selectivo no es ser egoísta.

Ganar en edad tiene muchas ventajas siempre y cuando, tengamos una mente abierta, intuitiva y que ha sabido sacar adecuadas conclusiones de las propias vivencias. Tarde o temprano, uno acaba dándose cuenta de que sobran cosas, de que nuestro equipaje personal arrastra un peso excesivo donde nos será imposible facturar esa maleta para continuar nuestro viaje a la felicidad.

Madurar es por tanto aprender a aplicar filtros psicológicos y emocionales. Quien se atreve a dejar ir ciertas amistades,  relaciones, costumbres y determinados entornos, no peca de soberbia, al contrario, practica un fabuloso mecanismo de supervivencia.

Algo que todos sabemos es que cuando somos muy jóvenes nuestro filtro relacional no tiene límites: somos receptivos a todo e intentamos impregnarnos de cualquier cosa que nos llegue.

Alguien dijo una vez que el secreto de una vida feliz no está en correr muy rápido ni en subir muy alto. Está en saber saltar, en sortear altibajos, en encontrar refugio e inspiración en esas rocas del río de nuestra vida donde se hallan los rincones más hermosos, los más sólidos y relucientes.

A medida que pasan los años y llegan las decepciones y los aprendizajes, entendemos que para tener una vida de calidad, “restar” personas, situaciones y actividades es necesario. Quedarnos con los que nos hace feliz es poder respirar en paz para seguir creciendo, para seguir madurando.

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