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Mitos de la psicología

Todos los ámbitos del saber humano incluyen datos que pueden resultar curiosos

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Mitos de la psicología |

B. García |

Existen por ejemplo ideas muy extendida en la cultura popular, según la cual determinadas personas poseen una gran capacidad para detectar las mentiras de los demás. Pues bien, parece que esto es correcto siempre y cuando hagamos caso de las conclusiones de un estudio estadounidense del año 2000 en el que se encontró que sí hay ciertas personas que son más hábiles a la hora de identificar a los mentirosos.

El problema es que ninguno querríamos estar en ese grupo, ya que se trata de personas con graves daños cerebrales en el lóbulo frontal del hemisferio izquierdo. Estas lesiones les producen una pérdida de capacidades lingüísticas, que compensan con una mayor habilidad en la valoración del lenguaje no verbal, gracias a la cual detectan mejor las mentiras.

Está también la creencia de que los mensajes subliminales (aquellos que percibimos de forma no consciente) pueden llegar a provocar cambios en nuestra propia conducta y que esos cambios son involuntarios, es decir, quedan fuera de nuestro control.

En 1957, el publicitario estadounidense James Vicary aseguró haber demostrado que proyectando en una pantalla mensajes subliminales del tipo “Come palomitas” y “Bebe Coca-Cola” era posible aumentar las ventas de ambos productos, pero por desgracia de los manipuladores de mentes, nadie ha sido capaz de repetir estos mismos resultados y de hecho, cinco años después, el propio Vicary reconoció que había manipulado el estudio.

Desde siempre, se ha recomendado contar ovejas como remedio casero frente al insomnio. Sin embargo, un estudio del año 2002 realizado por la Universidad de Oxford (Reino Unido) llegó a la conclusión de que esa estrategia no sirve de nada. Se comparó el tiempo que tardaban en dormirse dos grupos de personas insomnes, uno de los cuales contaba ovejas y el otro no, con el resultado de que no hubo diferencias entre ambos grupos. El grupo que contó ovejas se aburrió más, pero ni siquiera eso les provocó un mayor sueño. Lo que sí ayudaba era pensar en una escena relajante.

Algunas enfermedades como el cáncer se han asociado a determinadas actitudes personales negativas y por ejemplo se ha llegado a considerar que quien tiende a reprimir sus emociones es más propenso a enfermar. Sin embargo, una cosa es que una actitud positiva propicie una mejor recuperación (lo que sí puede ser cierto) y otra muy distinta es que una negativa la provoque.

Incluso en algunos casos se ha llegado a encontrar una relación en sentido contrario: por ejemplo, hay estudios que demuestran que entre las mujeres trabajadoras que sufren un estrés moderado la probabilidad de padecer cáncer de mama es menor que entre las que no tienen estrés.

En alguna ocasión habremos oído también que escuchar música clásica (y en concreto a algunos autores como Mozart) puede aumentar la inteligencia.

Ponerle música clásica a los bebés cuando aún están en el vientre materno ayuda a que lleguen a ser más listos. Esta idea surgió de un estudio estadounidense del año 1993, que a su vez parecía confirmarse en otra investigación de la Universidad de California (EEUU) 10 años más tarde.

Sin embargo, hace poco la Universidad de Viena (Austria) ha realizado el estudio más completo al respecto hasta la fecha (con una muestra de  3000 personas), sin encontrar ningún incremento en la inteligencia de los participantes.

Otra idea muy difundida es que sólo usamos el 10% de nuestro cerebro. El origen de ese mito no está claro, pero se piensa que pudo ser en el siglo XIX cuando un psicólogo americano expresó sus dudas respecto a que “las personas alcancen más de un 10% de su potencial intelectual”.

También es posible que haya surgido de una errónea interpretación de los conocimientos neurológicos a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se pensaba por ejemplo que sólo aproximadamente el 10% de las neuronas están activadas simultáneamente en un momento determinado.

Por último, otro posible origen de la idea es que las neuronas (que son las que podríamos llamar “células pensantes” del sistema nervioso) representan aproximadamente sólo el 10% del total de células del cerebro, ya que el resto son células gliales (que si bien son también imprescindibles, su función básica es dar soporte a las neuronas).

En todo caso, el mito es completamente falso. La idea de que grandes áreas del cerebro permanezcan inutilizadas no tiene ningún fundamento lógico, biológico ni evolutivo. El tejido cerebral cuesta mucho de mantener (consume más del 20% del oxígeno que respiramos, pero supone únicamente un 2 o un 3% de peso de todo el cuerpo) y no resulta creíble que la evolución haya mantenido un órgano tan caro para no darle uso.

Además, si fuese cierto que el 90% no se utiliza, una lesión de la mayor parte de las áreas cerebrales no tendría consecuencias, lo que sabemos que no es cierto.

Respecto a la memoria, existe la creencia implícita de que nuestros recuerdos son un reflejo fiel de lo que hemos vivido y presenciado.

Normalmente no aceptamos que podamos haber distorsionado los hechos, aunque haya sido inconscientemente y confiamos en nuestra memoria como si fuese una especie de grabadora. La memoria no es reproductora, sino reconstructiva; es decir, lo que recordamos es una mezcla de algunos detalles exactos y otros que en realidad nos inventamos a partir de nuestras expectativas, creencias, necesidades y emociones.

Por último, merece la pena aclarar otra idea muy difundida referida a las diferencias entre hombres y mujeres, en concreto, respecto a cuál de los dos sexos habla más. Si preguntamos a cualquier hombre, posiblemente dirá que ellas lo hacen mucho más. Varios estudios han demostrado que, por término medio, ambos sexos utilizan el mismo número de palabras al día: unas 16.000.

En lo que sí nos diferenciamos es en el hecho de que ellas tienden a expresar más lo que piensan, sienten y captan mejor las pistas no verbales de la comunicación. Eso sí, también parece haber una explicación para el hecho de que los hombres tengan la impresión de que las mujeres hablan mucho: según parece, la voz femenina tiene una entonación más larga, un tono más alto y una serie de inflexiones más complejas que la masculina.

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