Nicaragua

A la memoria de Leonel Delgado López

Maestro, Luchador Social y Periodista

Leonel Delgado López
A la memoria de Leonel Delgado López |

Edwin Sanchez |

I

–Me han dicho que por aquí anda un León –exclamó el General José María Moncada–. ¿Dónde está ese León?

El exmandatario te buscaba. Le habían dicho tu nombre. Pero no lo pronunció. No te llamó Leonel Delgado López. Te bautizó León. El tiempo le daría sobrada razón. Eras un cipotito. Quizás, por eso, no te acordás. Pero ahí estabas, con tu mamá. Ella, por entonces, le trabajaba al General en su casa de Masatepe, allá frente a la Estación del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua. Sí. Moncada no se equivocó. El militar y escritor pudo olfatear al león que había en vos. ¡Qué cosas tiene la vida! Cuando ya eras muchacho, elegiste como paradigma al General Augusto César Sandino, de Niquinohomo. Y te enfrentaste al hijo de otro general originario de San Marcos, Anastasio Somoza Debayle.

Así es Nicaragua: tierra de vecinos. Y, en este vecindario de la Historia, hay buenos, arrastrados y malos. Están los que sienten un país en el alma y otros un exclusivo Country Club en sus bolsillos. En medio, los inevitables hijos de casa.

¿Dónde estaba el León? El sistema no pudo domesticarte: te enfrentaste a la élite, tanto desde la educación como en la dirigencia sindical. Así en la tierra como en el cielo. Así en la protesta como en el periodismo.

¿Qué pensarías hoy, Maestro, Luchador Social y Líder Sindical, cuando lo que estudiaste como algo más que una carrera, muchos ahora la deshonran?

Por móviles que no forma parte de los principios ni mucho menos de su fin primordial, el periodismo pasa por la mala hora de los bucaneros de la desinformación.

Piratear este noble trabajo para dejar a su paso un reguero de infamias y calumnias, con secuelas destructivas para Nicaragua, se ha vuelto la misión fundamental de los que degradaron el oficio a una fuerza de tarea perversa en este siglo XXI.

Sé que no estarías de acuerdo, Leonel. Tu compromiso cívico fue claro. Sin vacilaciones. No estaba en tu ADN de león, ni el cálculo ni el lucro. Ejerciste el periodismo en su estado más puro.

Defender lo justo era lo tuyo, como cuando protegiste la dignidad de un íntegro revolucionario, aquel joven que cuestionaba, en el momento que debía hacerse, lo que no iba bien en la Revolución. Eran los días cuando otros –agrupados después en el movimiento de ratas que abandonarían el barco tras la derrota electoral del FSLN– callaban, embelesados por las mieles del poder.

Ahí estaba el León frente a un avasallante Chamorro a finales de los 80, a sabiendas que podías perder tu trabajo en El Nuevo Diario. Los extremistas de alto rango en las estructuras del partido que perjudicaron a la Revolución, no toleraban los señalamientos. Y te opusiste, y llamaste a toda la redacción, y todos te escuchamos; sacaste al líder contra las injusticias y los atropellos que llevaste siempre adentro.

No se logró reintegrar a este magnífico cuadro de la lealtad, mas ahí evitaste que un guardia de seguridad de la empresa echara, de forma indigna, a ese sandinista inteligente que nunca, como vos, le dijo al Frente, ¡Adiós muchachos!

Te pregunto ahora: ¿Quedará atrás el Periodismo con mayúscula que grandes hombres y mujeres dignificaban cada día, al ceñirse, como pudieran, a los simples hechos? Tu andar de león por el siglo XX es tu contundente respuesta. Porque con el Periodismo edificabas, construías la paz; afirmabas, en cuanto estaba en tus manos, la convivencia, la armonía. Los comunicadores de tu talla dedicaban todas sus habilidades a contar la verdad, sabiendo que no eran dueños ni mucho menos de ella. Pero se esmeraban, en última instancia, a informar, no deformar.

Sé que nunca te sentaste frente a la máquina de escribir con rencor. Antes, eras un pedagogo. Hombre de valores. Y ningún intelectual que se precie de serlo, ni desprecia al prójimo ni se deja llevar por la malquerencia visceral. Nunca te habitó el odio, ni siquiera contra los que en 1970 te dejaron sin tu querida plaza de maestro en Güisquiliapa.

No es que eras santo. Eras hombre. Y somos del mismo barro con que está hecho el yerro humano. Sí, cometemos errores, pero no lo celebramos. Nunca actuaste con alevosía. Y así como eras, jamás caíste como tantos otros en el oportunismo, ni en la traición. Eras un león, de una sola pieza, y eso no dejaba de molestar.

Alguien podría preguntar. ¿Y lo que pasó en 2018? Fue precisamente en esos días, cuando el fascismo agredió Nicaragua, que uno de tus hijos, Gabriel, me confirmaba lo que nunca hablamos: que admirabas la calidad revolucionaria del comandante Daniel Ortega. Siempre lo tuviste en alta estima.

Como nicaragüense, como hombre de compromiso cívico, reitero, como experimentado dirigente de la más grande Huelga Magisterial de la Historia de Nicaragua, como luchador e idealista, maestro al fin, sabías de qué están hechos los liderazgos legítimos, genuinos. Esos mismos que emanan del pueblo y no de ningún partido impreso, o de las plegarias y unciones de azufre. Menos que provengan de la Internet, que como bien dice el poeta español, Luis García Moreno, es un lugar proclive al muladar, donde “suelen volar los insultos, las calumnias y las mentiras”.

A quien el decoro, la sensibilidad social, la valentía y la ética le terminaron de esculpir su carácter, nadie lo podrá mover de las coordenadas del bien común.

¡A vos no te iban a contar cuentos!

Si luchaste con y por la verdad, cómo la vileza y la falacia del seudoperiodismo y de lo que supuran las redes sociales te iban a hacer mella en tu granítica conciencia de pedagogo y periodista.

II

Es bueno, por tanto que hiciste, recordarte a 19 años de tu partida.

Recordarte en el enorme esfuerzo de tu generación para no contagiar sus escritos con sus afinidades ideológicas, que en cierta forma –sin caer en la bajeza del infundio– son varas cortas para medir los eventos que desbordan la marca partidaria de cada quien. Esos grandes del periodismo evadían los cristales empañados de las corrientes políticas para presentar la realidad que trataba de ocultar la dictadura de Anastasio Somoza.

Durante esa época hubo periodistas que se identificaban con el Frente Sandinista. Se comprometían a denunciar las injusticias. Y, entre esos valientes, ahí te encontrabas. Así en las duras prolongadas como en las maduras encogidas.

Procedías de las nobles trincheras de lucha de la legendaria Federación Sindical de Maestros de Nicaragua. Dirigiste la gran huelga de octubre de hace 50 años. En la casa que alquilabas en el barrio San Juan, entre otras cosas, redactabas e imprimías en un viejo mimeógrafo los comunicados y proclamas de la FSMN en Carazo. Y también las repartías. Decirlo, es fácil. Vivirlo, significaba cárcel, tortura y hasta la muerte.

O… ser un indocumentado perpetuo por el Gobierno de Anastasio Somoza Debayle, para ejercer tu magna vocación: la docencia.

En efecto: maestro, fuiste cesanteado por haberte colocado en el lado correcto del Vecindario Digno de Nicaragua. Tacho y el ministro José Antonio Mora Rostrán no perdonaron tu sacrílega osadía al desafiar el Country Club de la santulona oligarquía.

Pregunto: ¿Quién es aquel que en aras de la justicia está dispuesto a sacrificar su medio de existencia?

Del tamaño de esa pureza patria era este León.

Porque ni en esos años aciagos recurriste al vilipendio para acusar al Gobierno. Eran verdades de peso sobre verdades. Ninguna tergiversación. No corría por tus venas la vileza.

Y eras tan decente que no se te ocurrió meterte a la brava al periodismo. Motivos te sobraban. Te perseguía el somozato. Tenías que sobrevivir. Eras padre de familia. Muy obligado. Muy responsable. El sueldo de tu esposa, la profesora Rosario Aburto, no ajustaba. Y vos estabas “colorado”. ¿Qué hiciste?

Humilde, decidiste empezar otra profesión. Así llegaste a estudiar a la Escuela de Periodismo, en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Comenzar de cero no es para cualquiera. Pedagogo, también guitarrista, sindicalista, el Alma Mater te daría las herramientas que sintonizaban mejor con tus luchas.

Como docente, tus vínculos con las ciencias y las letras, no con la argucia ni la manipulación de la ignorancia; con la franqueza, no con la mentira, dirigieron tus pasos. Porque un luchador social con las virtudes de tu calibre nació para andar como andan los leones, con la frente en alto por lo que con notable arrojo hacías.

Hoy condenarías a los que adulteran los hechos para conseguir algún deleznable objetivo.

La gazmoñería y las patrañas son para los mediocres.

III

Eres de los que inauguraron una novedosa forma de contar la verdad y evadir la censura: el Periodismo de Catacumba. El Periodismo sin mano pachona, que tampoco necesita faltar a la esencia del oficio.

Nadie, en las iglesias, explotó el fervor religioso de algún sector del pueblo.

Nadie inventó “apariciones” de vírgenes. Ni maliciosos “sermones” achacados a Dios.

Ni un ápice de falsedad ni distorsión salieron de aquellos atrios, más limpios que ahora.

Atizar supersticiones o embustes es para los que se complacen en las artimañas diabólicas.

A pesar de la barbarie de la Dictadura de los Somoza, tu alma no se envenenó ni un milímetro para entrar al oscuro terreno de la miseria humana. Cuando la batalla es desde las entrañas del Himno Nacional, no hay lugar para la maldad, los rumores ni las falsas noticias.

Extendiste las Catacumbas de la capital a la Parroquia Santiago de Jinotepe, donde era más peligroso porque solo había dos o tres periodistas, y una emisora de alcance local. Ahí no contabas con la fortaleza gremial de Managua, ni los medios nacionales e internacionales a mano.

Los riesgos que se añadían a tu valor, eran tu sombra. Un año después de que nos dejaste, el escritor Ernesto Sábato, definía al comunicador por excelencia.

“El periodista habrá de deponer su propia visión de las cosas para abrirse a lo que sucede, comprendiendo que son sus ojos y sus palabras las que llevarán a los demás hombres la realidad de la que son parte. El periodista es así testigo, mediador e intérprete. La suya es una tarea de suprema responsabilidad” (El País, 2002).

Y el Premio Nobel de Literatura, Alberto Camus, dijo que el buen periodista sabía distinguir entre el esfuerzo por no mentir y la soberbia de creerse en posesión de la razón.

Las palabras de estos enormes escritores revelan tu rostro como en su día el General Moncada intuyó que en su misma residencia se encontraba un verdadero León…

Pero, ¿quién eras sino un correligionario de la verdad?

Nunca sacaste a relucir tus luchas para conseguir un cargo, una casa o dos como algunos; ni una curul en el Parlamento, o un vehículo del año. Nunca, como otros ingratos, pasaste la factura de tu “entrega al derrocamiento de la tiranía somocista”.

Aborreciste la dolosa industria del falso revolucionario.

Eras demasiado grande. Eras un León…
mem

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