Opinión

Eurofalacia y derecha: El bodrio de la «dictadura»

Los fabricantes de la industria del falso testimonio se ubican en varias partes

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Edwin Sanchez |

I

Un aparato aéreo no se construye en una sola planta. Sus constructores están localizados en varios países, de acuerdo a la capacidad y especialidad de sus diseñadores, técnicos e ingenieros. Cada departamento sigue el modelo básico, hasta que finalmente se unen todas las piezas, y como decía Cantinflas, ¡A volar, joven!

Si hay muchos que laboran en la distancia, unidos por los intereses de la industria aeronáutica para que una nueva nave surque el cielo, los hay también involucrados en operaciones inhumanas para provocar que un país no alcance su altura debida, y si ya empezó a elevarse, pues ¡a volarlo!

Así como los artífices de la máquina se esmeran en que los pasajeros se sientan muy cómodos, de tal forma que el viaje sea de lo más normal, los otros –los que trabajan en la Fábrica del Bajísimo– se esfuerzan en producir terribles caídas nacionales que parezcan “naturales”, “lógicas”, “espontáneas”…, claro, de acuerdo a un plano diabólico en el que todas las piezas encajen a la perfección.

Pero, ¿hay crímenes perfectos?

El caso de Nicaragua ilustra bien que en el siglo XXI no los hay. El país real donde se respetan todos los sacramentos de la propiedad privada, el libre mercado y el pluralismo político, además de procurar unas excelentes relaciones con Estados Unidos, debe ser demolido para manufacturar uno inexistente: el de la “dictadura”.

La autonomía de vuelo que empezaba a alcanzar Nicaragua con una navegación sandinista parece que no gustó a los “paladines” del Estado de Derecha. Sobre todo por haber sorteado muy bien, para beneficio de los viajeros, todas las turbulencias del agotado modelo neoliberal y su despiadada ejecución en el que los desfavorecidos son, hablando de piezas, deshechos en el desalmado reino de la codicia.

Para estrellar un país, los fabricantes de la industria del falso testimonio se ubican en varias partes y cada quien aplicado en su oscura “especialidad”: “análisis económicos”, “cultura democrática”, “derechos humanos”, “gobernanza”, “liderazgo”… Por supuesto, la División Hearst de la prensa venal es indispensable.

Algunos de los infaltables mecánicos son eurodiputados. Aunque no hay meses en que tendaladas de africanos perezcan en las aguas del Mediterráneo en busca de llegar al continente, la patria de Rubén Darío les “preocupa” más que el Magreb.

Para los legisladores encomenderos, el posicionamiento y ascenso de partidos xenófobos y neofascistas, que constituyen un serio peligro para la democracia europea, no es tan importante como poder cumplir con la encomienda: “universalizar” el “problema Nicaragua”.

Tras su expedición a nuestro país, el vocero del safari, Ramón Jáuregui, no se apartó de una sola tilde del plano preconcebido: “El Gobierno y sus interlocutores oficiales nos insisten en la tesis de un golpe de Estado violento, actos terroristas, violencia y sobre todo una agresión interna. No creemos en estas hipótesis”.

Mas no se trata de creer o no en “hipótesis”. El recurrente naufragio de ciudadanos africanos es tan verificable como lo son las páginas abominables de la Santa Inquisición que el clero antibergogliano le engrapó a Nicaragua en pleno siglo XXI.

El más emblemático capítulo del catálogo de atrocidades perpetrados en los tranques por los “pacíficos protestantes” –donde “había de todo”, tal como admitieron sus ejecutores en Costa Rica– es el protagonizado por el cura Harvey de Masaya: condenó a morir en la hoguera al torturado policía Gabriel Vado.

No es hipótesis que los que viven de los derechos humanos sean una sección más en la cadena de producción para el asesinato de la reputación de Nicaragua. Pese a los desafíos, la nación es una de las más solventes en materia de seguridad ciudadana en el continente, libre de los poderosos cárteles de la droga que ahogan Colombia y otros desdichados países.

Tales operarios inventaron cualquier cantidad de muertos en la inconsistente “lista de víctimas de la represión” que incluyó fallecidos por enfermedades naturales. Los socios de la Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos confesaron públicamente que “las cifras fueron infladas”.

Y no es hipótesis que a todas esas mentiras bien remuneradas y maquilladas de “datos”, le siga otro departamento de la gran fábrica destinada a desbaratar una nación: la CIDH. Esta dictó su “informe” para poner en la picota al Gobierno, y que el pseudoperiodismo y los eurofalaces multiplicaran dócilmente las toscas falsedades de “centenares de muertos, miles de heridos y presos políticos”.

No es hipótesis que al finalizar el mes de julio, en un hotel de San José, un ensamblador de calamidades –intoxicado todavía por la barbarie que cometió el hatajo entre abril y julio de 2018– haya confesado la naturaleza terrorista de “las protestas pacíficas”. El sujeto exigió a la otra sección de la fábrica llamada “Alianza Cívica”, la entrega de tres mil armas “para hacer desastres” en Nicaragua.

II

La fábrica señala en su plano que para montar bien la “dictadura” sobre la opinión internacional y que las piezas no se aflojen, deben ocuparse los mejores remaches del mercado de la infamia: el uso malintencionado de términos como “crisis”, “tragedia”, “represión”, “violación”, “desconfianza”, “deterioro”, “inestabilidad”, “persecución”, “coerción”…, y sobre todo “régimen”.

La “sofisticada” sección de “Economía” es un ejemplo.

Recién salió publicado La tragedia nicaragüense: Del consenso a la coerción. Esta pieza la armaron el profesor Richard E. Feinberg y Beatriz A. Miranda. El departamento comisionado para el efecto, da la “casualidad”, es el Wilson Center.

Para ganarse algún crédito, admitieron la eficacia de los programas sociales impulsado por el Gobierno conducido por el comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo.

“La economía creciente benefició amplias franjas de la población nicaragüense, reduciendo notablemente la pobreza y la pobreza extrema, así como fomentando el crecimiento de la clase media, aun cuando persistiendo muchos desafíos”.

Feinberg y Miranda exaltan un “sin embargo”, para ajustarse a su difunto paradigma, el presidente Woodrow Wilson (1913-1921). “…en un aspecto crítico, durante la última década, Nicaragua retrocedió: se deterioró la calidad de la gobernanza democrática. Mientras hubo un amplio consenso sobre asuntos económicos, la sociedad nicaragüense se fragmentó fuertemente en temas de gobernanza política. Esta contradicción resultó insostenible…”.

La evaluación es tan “científica” como lo puede ser cualquier mamotreto que trate de explicar la realidad nicaragüense con el espíritu del señor Wilson de hace un siglo. Aunque ambos venden como “investigación” su “trabajo”, “independiente” y elaborado por “expertos en la materia”, apenas es una cantinela de los editoriales-oenegé-siglas-vacías de la derecha elitista, eso que la CIDH degeneró en “informe”.

“En abril de 2018, las latentes divisiones políticas resurgieron con más fuerza, ya que los ciudadanos insatisfechos —la sociedad civil y la empresa privada— expresaron sus protestas en manifestaciones callejeras masivas y huelgas generales”, reciclan los “autores”.

No les interesó averiguar quiénes eran “los ciudadanos insatisfechos”, cómo se armaron las “manifestaciones”, cuál es la autoproclamada “sociedad civil”, ni cuestionaron por qué su cúpula quiere suplantar a los partidos políticos por oenegés generosamente financiados desde el exterior. Tampoco les importó la extraña “vocación democrática” de sus “líderes” que obtuvieron sus cargos a través de selfi-elecciones vitalicias. Mucho menos que les incumbiera saber si lo que afirmaron está debidamente documentado.

Es que los autores son leales “la memoria viviente del Presidente Wilson”, lema del referido instituto.

De acuerdo a la historia, este “carecía del tacto corriente y amaba a la humanidad en abstracto más bien que al pueblo en particular”, amén de exhibir “una arrogancia intelectual que le inclinaba a fiarse sobre todo de su propio juicio…” (Historia de los Estados Unidos de Norteamérica, Fondo de Cultura Económica, México, 1951, citado por Gregorio Selser en “El pequeño Ejército Loco”).

La fábrica ordena que tanto la diatriba como los Fake News son los pernos fundamentales para asegurar la obra. A partir de su “propio juicio” los wilsonistas dieron por verdadero todas las patrañas proferidas contra las autoridades nacionales: “El gobierno respondió con fuerza desmedida y en desproporción a las protestas”.
mem

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