Opinión

Cien años de Violeta Parra

Su legado y obra, inspiradora de la nueva canción chilena, sigue vigente y presente

Violeta Parra
Violeta Parra. | Internet

LA VOZ DEL SANDINISMO |

Dr. Alex Soza Orellana

Este año, 2017, es el año de Violeta, de Violeta Parra. Se cumplirán 100 años de su nacimiento, aunque también serán 50 años de su partida de este mundo terrenal.

Violeta nació en San Fabián de Alico, en la provincia de Ñuble, el 4 de octubre de 1917, aunque ella se define chillaneja, hija de Nicanor Parra, un profesor de música y su madre fue doña Clarisa Sandoval. “Mi padre, era el mejor folklorista de la región y lo invitaban a todas las fiestas. Mi madre cantaba hermosas canciones campesinas mientras trabajaba en la máquina de coser”.

De este matrimonio nacieron sus 8 hermanos, se le suman también dos hermanastros más por parte de su mamá. Con el tiempo todos los hijos de Nicanor Parra, sus parritas, se dedicaron de una u otra forma al arte, a la poesía, a la música y otras de sus manifestaciones.

“Mi padre no quería que sus hijos cantaran. Escondía su guitarra bajo llave. Yo descubrí que era el cajón de la máquina de coser de mi madre donde la guardaba y se la robé. Tenía 7 años. Me fije como hacía las posturas y aunque la guitarra era demasiado grande para mí y tenía que apoyarla en el suelo y comencé a cantar las canciones que le escuchaba a los grandes”, “Un día mi madre me oyó y no podía creer que fuera yo”. A los 9 años ya tocaba la guitarra y a los 12 compone una que otras canciones.

Aunque cursó estudios primarios y estuvo en la Escuela Normal de Santiago, su escuela fue la calle para ella y sus hermanos. Allí estaba dondequiera sonaran los ritmos de una cueca o una tonada, en el campo, en una quinta, en la vendimia y la trilla, allí donde sonaban las controversias de payadores, donde se recordaban catástrofes, pasiones y crímenes u otros sucesos sensacionales. Incluidos mercados, bares o cantinas y el circo.

Aunque se dice que su padre definitivamente les enseño a cantar, ellos tenían buenas aptitudes para el arte, así que cuando el enfermó y falleció, tuvieron que salir a buscarse el dinero para su sustento. En 1931 su hermano mayor Nicanor la lleva a Santiago para que termine sus estudios en la Escuela Normal, pero no le gustaba y se dedica al canto con su hermana Hilda. En 1935 llega a Santiago su madre y el resto de sus hermanos y todos se juntaron para vivir en la comuna de Quinta Normal. Violeta oficialmente inicia su carrera artística en el restaurante “El popular” en la Avenida Matucana, interpretando de todo, boleros, cuecas, rancheras y corridos mexicanos con sus hermanos Roberto, Clara, Eduardo e Hilda.

En esos trajines conoce a Luis Cereceda, trabajador ferroviario y  militante del Partido Comunista, con quien se casa, se van para Valparaíso y tienen dos hijos, Ángel e Isabel, que luego también se dedican a la música y adoptan el apellido de su madre. Violeta coopera junto a su esposo en la campaña del presidente González Videla en 1946. Luego se separan, “Estoy separada de él. No apreciaba mi trabajo y no hacía nada cuando estaba con él. Quería una mujer que le limpiara y le cocinara”. Posteriormente se casa nuevamente con Luis Arce y tiene con él dos hijos más, Carmen Luisa y Rosita Clara.

Posteriormente instado por su hermano Nicanor se dedica de lleno a la música campesina, tradicional chilena, investiga y recopila, labor importantísima en su legado que sumo más de tres mil canciones.

En 1954 viaja invitada a un festival juvenil en Varsovia, Polonia, va también a Unión Soviética y otros lugares, pero se queda en Francia, París,donde graba sus primeros discos de larga duración. Regresa a Chile en 1957 conociendo la muerte de su hija Rosita. Llega a Chile y se establece en Concepción donde funda el Museo Nacional del Arte Folclórico y luego se vuelve a Santiago, se mantiene en su quehacer de cantautora pero ya también se dedica a la cerámica, a la pintura, al tejido y arpilleras.

En 1961 inicia un recorrido por Europa y se queda nuevamente en Paris, donde compone, canta, da recitales en teatros, radios y televisión junto a sus hijos Ángel e Isabel, borda arpilleras y esculturas en alambre y realiza la proeza de ser la primera latinoamericana en exponer en el famoso Museo del Louvre en 1964. En esos trajines conoció a Gilbert Favre, un antropólogo suizo, del que se enamoró perdidamente, fue el gran amor de su vida e inspirador de hermosas canciones. Alegrías y penas fue su relación con él.

Vuelve nuevamente a Chile, 1965, ya sus hijos Ángel e Isabel tienen su vida artística enrumbada y cantan en la Peña de los Parra, allí ella colabora, pero inquieta como es ella se fue a hacer su propia vida levantando una Carpa en la Comuna de La Reina. Trajo con ella a su “gringuito”, pero este se le fue para Bolivia en 1966. En la carpa colaboran con ella Víctor Jara, Rolando Alarcón, Patricio Mans y otros grupos como El Inti IIlimani y Quilapayún, pero no prospera el proyecto como ella hubiese querido. Muchos problemas, muchas incomprensiones se fueron sumando a su alma ya adolorida por su “Run Run” que se le fue para el norte, que culminaron con su trágica muerte el 5 de febrero de 1967, hace 50 años.

Violeta rescató el folklore chileno, lo vistió de pueblo, le cantó al campesino, a la mujer, al niño, al minero, al pescador, a la pobreza, a la injusticia, al amor. Su legado y obra, inspiradora de la nueva canción chilena, sigue vigente y presente. Agradecidos de ello es que iniciamos, en su centenario, este merecido homenaje, repasando momentos importantes de su vida, su poesía y su arte

Dr. Alex Soza Orellana
Chileno, iquiqueño, residente en Cuba

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