Opinión

Muhammad Ali, unas letras al desnudo (Parte III)

Ali era un icono de la sociedad mundial. Al negarse a formar parte del ejército y unirse al Islam, mostró a todos su inagotable grandeza

Muhammad Ali, unas letras al desnudo (Parte III)
Muhammad Ali |

José A. Quintero |

Muhammad Ali nunca escondió sus palabras, sus pensamientos o sus creencias. Entre detractores y defensores, desafió los pronósticos y no tuvo términos medios. Pocos olvidan aquel 29 de abril de 1967, cuando le arrebataron su faja de campeón mundial por el mero hecho de ser consecuente con sus actos. Nunca temió.

Saldada exitosamente la pelea ante el grandulón Sonny Liston, en 1964, el ya mítico Cassius Clay adoptó el nombre de Muhammad Ali y se unió a la Nación islam. Aquello despertó un sinnúmero de comentarios negativos, pero Ali no vaciló en medio de las críticas y se abrazó a los musulmanes negros, esos que predicaban una doctrina de la estricta separación de las razas y describieron a los blancos como los “demonios”.

El bautizado como Muhammad Ali se unió a los líderes de la Nación del Islam (NOI, según siglas en inglés). Los discursos de Elijah Muhammad y Malcolm X le impactaron notablemente, aunque, tras la separación de los dirigentes, prefirió quedarse al lado del primero.

«Darle la espalda a Malcolm (asesinado el 21 de febrero de 1965 mientras se preparaba para hablar en Harlem) fue uno de los errores más grandes de mi vida, seguramente del que más me arrepiento», confesó décadas después el campeón supercompleto.

En 1967, Ali se negó a incorporarse al ejército de los Estados Unidos. Su  protesta para no ser parte de las Fuerzas Armadas y servir a su país en Vietnam derivó en un castigo de cinco años de prisión y una multa de 10 mil dólares. Su personalidad y su fe lo llevaron a tomar tales decisiones.

Desde 1966 el Tribunal Supremo decretó varios requerimientos en busca de no declararlo apto para el servicio y concederle aplazamientos para defender su título del orbe. Empero, algunas de sus expresiones en los medios no lo ayudaron y debió presentarse –un 29 de abril de 1967- en el recinto de entrenamiento del ejército de Houston.

Tranquilo, sobrio, sin comentar o replicar, Ali escuchó reiteradamente que, si no se alistaba, sería condenado por desertor. Nunca abandonó su postura. Ese día, la Comisión Atlética del Estado de Nueva York le quitó su título mundial y la licencia de boxeador. Su postura sobre el servicio militar y la conversión al Islam traspasaron las líneas raciales y, por contradictorio que parezca, engrandecieron su figura hasta convertirlo en un icono de la sociedad mundial.

En la Guerra de Vietnam sirvieron más de 2,5 millones de estadounidenses. Ali no fue uno de ellos. Más de 58 mil norteamericanos y al menos 1,1 millón de vietnamitas murieron en ese dilatado conflicto. Ali no asesinó a nadie. Naciones como Corea del Sur, Tailandia, Australia, Filipinas, entre otras, también perdieron efectivos. Ali no combatió contra ningún país. Su lucha fue con guantes en sus manos y con el sabor de sus palabras.

Regresó al ring en 1970 y ganó un par de duelos. La tercera pelea fue su derrota contra Joe Frazier en marzo de 1971. Así, perdió oficialmente el título, pero no su grandeza, pues ese mismo año el Tribunal Supremo de los Estados Unidos revocó la condena y le devolvió su autorización como pugilista.

Ali abrazó hasta su último suspiro la corriente principal del Islam, esa que alecciona que los creyentes deben abarcar todas las razas y grupos étnicos. A la hora de su fallecimiento, era considerado uno de los musulmanes más famosos del planeta. Durante más de medio siglo llevó sus doctrinas por cientos de tierras y difundió los mensajes del Islam como una religión de paz.

“El más grande” fue un prodigio cerca o lejos de los cuadriláteros. Sacudió al mundo con sus jabs, swines y ganchos, y también con su lucha por los derechos civiles de la minoría negra. Estremeció a todos con su fe musulmana y sus frases trepidantes viajaron los continentes.

No fue hasta 1981 que sus puños dejaron de hablar. No fue hasta 2016 que sus discursos dejaron de fluir. Todavía no se conoce un deportista del carisma de Cassius Clay, nuestro Muhammad Ali. Un negro con estilo dentro y fuera del ring, sin dudas “el más grande”.

Mel/Jos

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