Opinión

Muhammad Ali, unas letras al desnudo (Parte I)

Ali hizo revolución y rompió barreras. Un negro con estilo dentro y fuera del ring. “El más grande”, se dijo

Muhammad Ali
Muhammad Ali |

José A. Quintero |

Vivió hasta una fatídica noche, apertrechado en un cuerpo que huele a historia y es sinónimo de grandeza. Eso. El 3 de junio será, desde ahora, un día que convoca a la tristeza. No hay manera de quedar conforme con aquello que, sin previo aviso, sin alertar al menos, pone punto final a una leyenda.

El éxito, dicen, no es un fin, el éxito es un proceso inacabable. Eso lo supo hasta su último suspiro, hasta el adiós sin vuelta, un mito llamado primero Cassius Marcellus Clay y Muhammad Ali después. Un moreno desafiante que no titubeó para hacer temblar a los hombres con sus puños, al gobierno de Estados Unidos con sus decisiones y al mundo con sus verdades.

Louisville, Kentucky, escuchó el 17 de enero de 1942 los quejidos de un niño, que luego sería un soñador, un optimista, un campeón, un religioso, un testarudo, un hombre de pueblos, un aglutinador de masas, un tipo amado, adorado hasta los tuétanos. Un afronorteamericano imponente, de más de seis pies de estatura quien solo detuvo, y no totalmente, la enfermedad de Parkinson.

El primogénito de Cassius Marcellus Clay y de Odessa Grady resultó uno de esos tipos bravucones, que no frenan ante los obstáculos ni temen a las alturas ni se dejan molestar por las moscas. Gracias a esa mentalidad hizo época en el boxeo amateur y en el profesional. También cruzó la franja de lo común lejos de los ensogados. Demasiado esplendor encerraba en su anatomía.

Desde lo deportivo, él, Clay Jr., que “flotaba como una mariposa y picaba como una abeja», es visto como el mejor boxeador de todos los tiempos. Lejos de los cuadriláteros, será recordado como el domador de los equivocados que le vieron a Vietnam costillas endebles.

Cassius, además, fue Ali, el pugilista que se unió al islam y que mantuvo precisión de cirujano en cuanto a sus creencias religiosas. Ese que sacudió a la sociedad estadounidense de los 70 e hizo escuchar su lucha por los derechos civiles de la minoría negra. Una mezcla de doctrinas que, precisamente, lo llevaron a negarse a formar parte del ejército.

Un día, de cualquier mes, de algún año, Muhammad Ali se catalogó: “Soy el más grande. Ya lo decía antes siquiera de saber que lo era. Si lo digo lo suficiente convenceré al mundo de que realmente yo soy el más grande».

Por eso no resulta engorroso advertir que en una fatídica noche, esa del pasado 3 de junio, a los 74 años de edad, nos dejó un grande, “el más grande”. Alguien que legó historias que pueden sonar a cuentos, que muchos calificarían como fábulas, pero que fueron parte de su realidad. Pasajes, verídicos todos, que nos place contar.
ros/jos

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