Opinión

Decidir es de humanos, ¿no?

Entregar ciegamente el control de nuestras acciones a las aplicaciones informáticas y el exceso de confianza en la tecnología pueden conducir a tragedias

Decidir es de humanos
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Juan Raimundo Cervantes |

Vivo convencido de que, en el presente, la vida sin el empleo de la tecnología es casi inconcebible. Las comunicaciones, las labores domésticas y las actividades económicas se han vuelto más eficientes y puede que hasta placenteras gracias a los adelantos de la ciencia.

Sin embargo, la simplificación y “humanización” del trabajo y las tareas cotidianas no escapan a segundas reflexiones, sobre todo cuando estas implican un cambio de rol en la toma de decisiones y la integridad física queda expuesta debido al exceso de confianza en la tecnología.

Traigo a colación en esta oportunidad un caso relatado recientemente en nuestro medio. Se trata de un infortunado accidente sufrido por una canadiense que cayó en su coche a las frías aguas de un lago tras seguir las orientaciones del sistema GPS del vehículo mientras conducía en condiciones de visibilidad limitada.

De acuerdo con la información disponible, aún se desconoce por qué el sistema del auto la hizo seguir por ese camino cuando el diseño del software especifica que las rutas tienen que ser terrestres.

Algo similar les ocurrió a dos estudiantes japoneses que viajaron a Australia para sus vacaciones. Los jóvenes siguieron metódicamente las indicaciones del navegador, pero este hizo caso omiso de los 15 kilómetros de agua que separan al continente de la isla elegida como destino y “decidió” que el trazado más corto era en línea recta, a través del mar. Para ser justos, en el camino señalado por el aparato existía una carretera alternativa, pero, al parecer, se encontraba bajo el agua a causa de la pleamar.

Los jóvenes coronaron el mal rato abonando a la compañía propietaria del auto de alquiler unos mil 500 dólares por concepto de cargos extra, sin dudas un precio mucho menor que el pagado por un senegalés la noche del 10 de marzo de 2010, cuando el GPS del coche en el que viajaba con un compañero de trabajo “hizo” que cayeran a un pantano en Badajoz, España. El hombre, de 37 años, saldó la travesía con su vida.

Llegados a este punto, explicaré los motivos por los cuales al inicio del texto opté por entrecomillar el término humanización, a lo cual responden las verdaderas intenciones de estas líneas.

Si bien no pretendo arremeter contra el uso corriente del vocablo -válido para referirse a las acciones dirigidas a hacer más sencillas y menos engorrosas las actividades humanas-, deseo llamar la atención sobre lo paradójico que resulta en ocasiones como las antes referidas, cuando un individuo confía la determinación de sus acciones a algo y no a sí mismo.

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Los datos y sugerencias ofrecidos por máquinas diseñadas especialmente para un fin son en extremo útiles, pero el día en que ellas lo decidan todo por nosotros o condicionen nuestro juicio habremos perdido nuestra preciada humanidad.

El siguiente ejemplo es arriesgado, pero se adecua en parte al punto de vista que intento explicar. ¿Recuerdan la famosa saga de filmes norteamericanos de acción-ciencia ficción The Terminator, iniciada allá por los años 80? Pues uno de los basamentos dramáticos que sostiene a la historia de esa cinta es precisamente la resistencia de la humanidad a la extinción en un futuro cercano, situación a la cual fue conducida debido a que en determinado momento el control fue entregado a las máquinas.

Claro que aquellas películas iban de armas, disparos a diestra y siniestra y un Arnold Schwarzenegger sintetizado como robot para entretener a la audiencia, pero si obviamos los efectos especiales y llevamos la acción cinematográfica al plano de la conciencia veremos que la supeditación total a la tecnología constituye un temor viejo, documentado y manifestado ampliamente en las distintas formas de la expresión humana, además de un peligro latente y a veces real, como les sucedió a los infortunados conductores mencionados.

Para responder a quienes se preguntan, sí, uso frecuentemente el sistema GPS e infinidad de otras aplicaciones “maravillosas”, pero, como a todo en mi vida, les aplico las máximas personales de tomar siempre decisiones propias y, en consecuencia, asumir por igual errores y éxitos para afrontar las encrucijadas futuras. Las orientaciones en mi teléfono o laptop las tomo en cuenta, pero no determinan si conduzco deprisa, bajo la lluvia, con escasa visibilidad o por un camino que a todas luces no conduce a ningún sitio.

Esas decisiones me recuerdan que en la relación hombre-máquina continuamos teniendo la última palabra y, en estos tiempos de irrupción abrumadora de la tecnología en nuestras vidas, hacen que me sienta más humano y menos autómata.

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