Opinión

Nicaragua, paradigma del respeto al Derecho Internacional

América Latina y El Caribe tienen que caracterizarse como áreas de entendimiento y progreso, de diálogo y fraternidad

Nicaragua, paradigma del respeto al Derecho Internacional
Corte Internacional de Justicia de La Haya | AFP

Edwin Sanchez |

Nicaragua es de una sola pieza en Derecho. Y, desde 1984, cuando se recurrió a la Corte Internacional de Justicia, como lo comprueba la Historia, nuestro país ha puesto en manos del máximo órgano dirimir las controversias con otros Estados, por una cualidad que está en la naturaleza del nicaragüense: la paz.

Más de tres décadas de presentar, exponer y defender posiciones en La Haya, también confirman que Nicaragua es dialogante, que hace todo lo posible por resolver por la vía de la negociación bilateral, cualquier disputa fronteriza, y cuando esta se agota, acudir a la CIJ.

Ejecutar los fallos de La Haya en todos estos procesos es, ciertamente, un record que abona al prestigio de Nicaragua como miembro responsable de la Comunidad Internacional. Y es lo que ha sucedido con los instrumentos habilitados por el Tribunal, como en los casos de Costa Rica y Colombia.

Con este último Estado, Nicaragua siempre quiso solucionar el diferendo por vías civilizadas, más aún si vivimos en el siglo XXI, cuando las discrepancias deben atenderse utilizando la razón y el derecho.

Sí, la paz y no la guerra, como algunas potencias que se blindaron con el uso de las armas –y la arrogancia– como primer expediente para “remodelar” sus mapas y pasar por encima de la democracia, los derechos humanos y las libertades que hoy predican.

Aún hoy estamos lavando los platos del suculento banquete que se dio, a costa de Nicaragua, el presidente republicano, Calvin Coolidge. Bajo la intervención de sus marines, nuestra patria fue obligada a firmar, sumisamente ante el gobierno de Colombia, el Tratado Bárcenas-Esguerra. Ahí empezó todo: 1928.

Muchos problemas nos evitaríamos en la actualidad si la metrópolis hubiese atendido este planteamiento nada marxista: “El principio de no intervención es una de las primeras obligaciones de los gobiernos, es el respeto debido a la libertad de los pueblos y a los derechos de las naciones” (Benito Juárez).

Como lo dijo el doctor Carlos Argüello, la decisión de La Haya, de declarase competente para atender los dos casos presentados por nuestro país, constituye “una victoria total para Nicaragua”.

El primer tema es en relación a la violación de los derechos de Nicaragua por parte de Colombia, sobre la sentencia de la CIJ del 19 de noviembre de 2012. La segunda demanda es el derecho de Nicaragua a una plataforma continental extendida más allá de las 200 millas náuticas desde la Costa Caribe.

La intelectual sandinista, Rosario Murillo, como es costumbre en un alto porcentaje de la población nicaragüense, dio gracias a Dios por “esa enorme victoria de Nicaragua en La Haya”.

Tiempo de gratitud, porque nada de ello sería posible si no es por el Altísimo, quien bien sabe lo que hay en el corazón de las personas que dirigen los destinos de sus repúblicas.

Colombia, lo han expresado juristas nicaragüenses e incluso de la nación sudamericana, debe someterse a la jurisdicción de la Corte. Y aceptar sus pronunciamientos, porque es la única forma, y fondo también, de hacer del mundo un mejor lugar para vivir.

“Esa no es una cuestión opcional y lo dispuesto por la Corte no tiene apelación, es decir no existe un tribunal más allá de la Corte. Lo resuelto por la Corte es definitivo, así que todos los países que respetan el derecho internacional no ponen en duda el cumplimiento de una sentencia de la CIJ”, subrayó el doctor Argüello.

América Latina

Al margen de que sean Nicaragua y Colombia las protagonistas de esta historia, hay que tener en cuenta cómo en otras latitudes del planeta están viendo a América Latina: cuánto es nuestro aporte a la armonía o a la inestabilidad; en qué medida hemos desarrollado la cultura del respeto al Derecho Internacional o si preferimos reciclar épocas atroces, cuando la espada primero y la voz del cañón, después, se encargaban de arbitrar nuestros asuntos.

Es decir, algo más está en juego: nuestra imagen a nivel global. Hay que establecer la diferencia con ciertas partes del orbe donde, en otros contextos, hay serias amenazas a la convivencia pacífica.

América Latina y El Caribe tienen que caracterizarse como áreas de entendimiento y progreso, de diálogo y fraternidad, donde prevalezcan los veredictos de la CIJ y no los conflictos.

Nuestra República avanza como un modelo paradigmático en la observación de sus compromisos para fortalecer la concordia, al honrar, citamos de nuevo, al gran latinoamericano: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”

Hay también que ponderar este nuevo capítulo de justicia y, así como se toma amablemente esta vez por todos los sectores, comprender que los asuntos partidarios y las malquerencias de unos pocos, no deben contaminar nuestro frente común en el exterior.

Si el Tribunal mundial hubiese descartado las solicitudes de Nicaragua, no dudamos que algunos estarían lapidando al equipo jurídico –y al Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional– que se ha anotado limpios y firmes triunfos en Holanda. Es que no solo basta que nos asista la verdad, sino que hay que demostrarla, y a veces, ni aun así se puede esperar una resolución en que las partes queden plenamente satisfechas.

Insatisfechos o no, algo es claro en todo esto: que Nicaragua no transgrede las sentencias… aunque vayan en contra de sus intereses. Los hechos hablan por sí solo del enorme respeto del Estado nacional a lo que emane de La Haya.

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