Opinión

Cuba-EE.UU.: ¿tiempo al tiempo?

Muy pocos dudan de las espinas existentes en el camino por venir ni de los actores que pretenden revertir el proceso de normalización de relaciones

Félix G. Chico |

Banderas de Cuba y EE.UU.

Banderas de Cuba y EE.UU.

Cuando el 20 de julio pasado los cubanos izaron su bandera en la sede diplomática en Washington y los estadounidenses hicieron lo propio en La Habana (14 de agosto) para algunos se zanjaba un episodio de la Guerra Fría, pero desatar sus nudos llevará tiempo al tiempo.

Interrumpidas en 1961 por la Casa Blanca, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos vivieron en diciembre de 2014 un sacudón cuando -en un anuncio casi simultáneo- los presidentes Raúl Castro y Barack Obama, respectivamente, dieron paso al inicio del proceso de normalización de vínculos diplomáticos.

Hace unos días, y al cumplirse el primer aniversario de la sorpresiva noticia, a la que antecedieron meses de negociaciones secretas, ambos mandatarios coincidieron en calificar de positivo el camino recorrido.

“Hemos avanzado en nuestros intereses comunes y hemos trabajado juntos en temas complejos que durante mucho tiempo nos definieron y dividieron”, dijo Obama el pasado 17 diciembre, a un año exacto del acontecimiento.

Los cambios no suceden de la noche a la mañana y la normalización será un largo viaje. Sin embargo, los últimos 12 meses son ejemplo del progreso que se puede alcanzar cuando trazamos la ruta hacia un futuro mejor, continuó el jefe de Estado, quien consideró el restablecimiento de los lazos como uno de los logros de su gobierno en 2015.

Un día después, el 18 de diciembre, Raúl Castro aseguró que “las medidas adoptadas (…) aunque positivas, han demostrado tener un alcance limitado”.

El gobierno de Cuba tiene total disposición a continuar avanzando en la construcción de una relación con los Estados Unidos que sea distinta a la de toda su historia precedente, sobre bases de respeto mutuo a la soberanía y la independencia, que sea beneficiosa para ambos países y pueblos, añadió en una declaración leída ante el Consejo de Ministros.

Una relación tormentosa

La mayoría de los patriotas cubanos que se enfrentaron al colonialismo español reconocieron a Estados Unidos como un modelo a seguir por su desarrollo económico y los ideales libertarios, defendidos en la Guerra de las 13 Colonias contra la metrópoli británica.

Sin embargo, ninguna de las administraciones norteamericanas de 1868 a 1898 reconoció la beligerancia de las fuerzas cubanas contra España, un acto que sí contó con el apoyo del resto de las repúblicas de América.

Incluso, ingresaron en la guerra en 1898 cuando los mambises –nombre de las fuerzas revolucionarias- tenían en jaque a lo que fue uno de los ejércitos más poderosos del siglo XIX.

Las negociaciones en París para poner término a la guerra hispano-cubano-norteamericana, además de excluir a las tropas que llevaron el peso de las batallas impuso una intervención en el país que hizo peligrar el estatus independentista por el que murieron cientos de hombres, incluidos los próceres Carlos Manuel de Céspedes (1874), José Martí (1895) y Antonio Maceo (1896).

Como consecuencia de la enmienda Platt (1901), que permitía la intervención en el país cada vez que al vecino norteño se le antojara, al año siguiente nació una república con soberanía cercenada, una situación recurrente en la mayoría de los países de la cuenca caribeña durante gran parte del siglo XX.

Ante tales prerrogativas, los gobiernos republicanos tuvieron una fuerte dependencia del norte e incluso, su sobrevivencia pendió de la ejecutoria vista a los ojos estadounidenses.

Por si fuera poco, Washington apoyó las dictaduras de Gerardo Machado (1925-1933) y Fulgencio Batista (1952-1959), y se opuso a los que derrotaron estos regímenes. En el primer caso revirtieron el conocido como gobierno de los Cien Días y todo lo que oliera a independencia; en el segundo, once administraciones no han podido con la Revolución, que lidera Fidel Castro desde 1959.

Con la llegada al poder de los barbudos del Ejército Rebelde, que al costo de unas 20 mil vidas sustituyó a Batista, se produjeron las mayores desavenencias entre los dos vecinos, en un diferendo histórico que tiene sus gérmenes en la formación de la nación norteamericana.

Los planes de asfixia económica que desembocaron en el aún persistente bloqueo, el apoyo a bandas contrarrevolucionarias armadas, los planes de atentados contra los principales dirigentes y hasta la casi agresión militar directa, forman parte de la larga cadena de hostilidad hacia el país, que sufrió unas cinco mil víctimas entre muertos y mutilados por actos terroristas y pérdidas multimillonarias.

El largo camino hacia la normalización

Tras el ya histórico anuncio del 17 de diciembre de 2014, representantes diplomáticos de ambas partes protagonizaron reuniones preparatorias, tanto en La Habana como en Washington, que condujeran al restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

Otro momento importante en los aprestos para la apertura de las respectivas embajadas lo constituyó la exclusión de Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una posición en la que unilateralmente el Departamento de Estado norteamericano la incluyó en 1982.

El 20 de julio quedaron establecidas las relaciones diplomáticas, en lo que para muchos era la primera piedra de un monumental esfuerzo hacia una convivencia civilizada entre ambas naciones.

Desde entonces la táctica ha sido abordar primero los temas en los que existen posiciones más cercanas, como la cooperación antidrogas, protección del medio ambiente y el intercambio en materia científica.

Gracias a ello, ya se anunciaron acuerdos preliminares para el restablecimiento de vuelos comerciales y el correo postal directos entre los dos países.

Otros asuntos más espinosos como derechos humanos y compensación por daños económicos han tenido algunos encuentros técnicos, sin que hasta el momento se vislumbren soluciones en el corto plazo.

Para Estados Unidos estos dos temas impiden avanzar más rápido en la normalización, a lo que Cuba responde que una relación tal no será posible mientras exista el bloqueo económico, comercial y financiero, no se devuelva el territorio ocupado por la Base Naval en Guantánamo, se mantengan las transmisiones radiales y televisivas hacia la nación caribeña que son violatorias de las normas internacionales y lesivas a su soberanía, no se eliminen los programas dirigidos a promover la subversión y la desestabilización internas, y no se compense al pueblo cubano por los daños humanos y económicos provocados por las políticas de Washington.

Epílogo

Para la mayoría de los entendidos el proceso iniciado públicamente el 17 de diciembre de 2014 truncó una lógica de relaciones tipo guerra fría en la que se mantuvieron Estados Unidos y Cuba durante más de medio siglo y que marcará -probablemente- las próximas décadas en toda la región.

Muy pocos dudan de las espinas existentes en el camino por venir ni de los actores que pretenden revertirlo, amén de las mantenidas intenciones de Estados Unidos de derrotar el sistema político elegido por los cubanos, y de estos, de no traicionar la sangre derramada en más de un siglo de lucha por la emancipación nacional.

Independientemente de las distintas velocidades de percepción a ambos lados del estrecho de la Florida, influenciadas por las respectivas posiciones ideológicas y de intereses, en estos 12 meses ambos gobiernos probaron que con cierta dosis de sentido común se puede establecer una coexistencia pacífica mutuamente beneficiosa.

noa/fel

también te puede interesar