Opinión

El mundo se queda sin memoria

La guerra se plantea como una de las principales causas de la destrucción del patrimonio cultural de la humanidad

Vista aérea de parte de la antigua ciudad de Palmira, Siria
Vista aérea de parte de la antigua ciudad de Palmira, Siria | AFP

Ana Patricia García |

El escritor mexicano Octavio Paz estaba convencido de que “la arquitectura es el testigo insobornable de la historia porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él, el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones”.

De ahí la importancia de las edificaciones, y no solo las monumentales, para ayudar a resguardar la memoria de lo que hemos sido, las huellas del crecimiento de la humanidad hasta su mayoría de edad, los diversos componentes identitarios que nos conforman como entes sociales, las rutas que tomó el hombre para llegar a su presente y perfilar su futuro.

Sin embargo, diversas son las causas que pueden provocar la pérdida de este legado, por ejemplo, la desidia, tanto de los gobiernos como de las instituciones encargadas de velar por la preservación del patrimonio cultural de las naciones.

Dicha indiferencia puede ser el catalizador más certero para que se pierdan construcciones inestimables para la historia de un país y de las personas que lo componen.

Otro de los motivos del deterioro y posterior pérdida de la herencia cultural, en términos de edificaciones, es la puesta en práctica de actividades sociales como el turismo.

El trasiego constante de personas sin que se tomen las medidas adecuadas para la protección patrimonial pueden perjudicar seriamente el estado de edificios y otras estructuras de valía para la reafirmación de la identidad de las comunidades.

En relación con este tema la guerra se plantea como una de las principales causas de la destrucción del patrimonio cultural de la humanidad. Tanto es así que la II Guerra Mundial era considerada el conflicto bélico que más daño propinó a la herencia cultural del mundo, pues los nazis planificaron el exterminio de los judíos europeos junto con la eliminación de sus huellas culturales, muestra de su afán irracional de borrarlos de la historia del mundo.

En esto consisten las guerras: someter al otro, subvertir el poder, y al mismo tiempo dejar al adversario sin asideros culturales desde los cuales levantarse. Obligarlo a perder su pasado, la identidad que le permita recordar adonde pertenece y quién es, de cara a construir el futuro.

Muestra de ello es lo que sucede en los conflictos armados en Irak, Afganistán, y más recientemente en Siria, donde la acción del Estado Islámico cada día demuestra que puede ser aún más devastadora.

Pero si la II Guerra Mundial marcó un hito en cuanto a pérdidas humanas, desplazamientos, devastación simbólica y patrimonial, los integrantes de este grupo terrorista están protagonizando “una destrucción sistemática de bienes culturales en una región que ha sido cruce de culturas desde el neolítico”, señalan diversos especialistas, pues “la violencia contra la cultura representa sólo una parte de la destrucción sistemática de un pueblo”.

El Estado Islámico ha reducido a polvo lugares simbólicos para la humanidad no solo desde el punto de vista religioso, sino desde el arquitectónico, histórico, antropológico y cultural.

Concienzudamente hace desaparecer siglos de civilización humana, cruces medulares de culturas, expresiones artísticas, muestras de las costumbres y tradiciones de nuestros antepasados que hoy perviven entre los más diversos conglomerados humanos.

Lo peor es que dado el avance de esta fuerza pueden seguir aconteciendo destrozos como lo ya constatados en las ciudades de Alepo, Palmira o Quaryatain.

Entonces será inevitable asistir a que el recuerdo de lo que fuimos sea cada vez más endeble. Con cada ciudad que queda en ruinas, la memoria del mundo languidece, se difumina, al no poder contar con los testigos inmutables del paso del tiempo, los que nos dan las coordenadas de nuestra identidad histórica, de nuestras raíces.

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