Opinión

La Humanidad sin la hazaña del pueblo soviético

¿Seríamos nosotros lo que hoy somos de haber triunfado el fascismo?

El Ejercito Rojo recibido en Praga como libertadores
El Ejercito Rojo recibido en Praga como libertadores |

Manuel Segovia |

“Hoy, a las 4 de la madrugada, sin advertencia previa a la Unión Soviética ni declaración formal de guerra, tropas alemanas invadieron nuestro país, atacaron nuestras fronteras en varios puntos y sometieron a bombardeos aéreos nuestras ciudades: Zhitómir, Kíev, Sevastópol, Káunas… La razón está de nuestra parte. El enemigo será destruido. La victoria será nuestra”.

Con este comunicado del gobierno soviético trasmitido por Radio Moscú comenzó el nuevo día en la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) aquel 22 de junio, hace 70 años. Es cierto que muchos de los ciudadanos fueron despertados mucho antes de que se escucharan estas palabras en la mañana. Su sueño había sido interrumpido bruscamente por el ensordecedor ruido de las explosiones de los cientos de bombas lanzadas desde los aviones alemanes sobre las ciudades dormidas. A muchos ciudadanos no les fue posible incluso despertar aquella mañana. Había comenzado el día número 173 del año 1941.

Los sucesos, las noticias y partes militares del día que apenas comenzaba se sucedían uno tras otro con una rapidez de espanto. Como en una pesadilla, se mezclaban la sangre, el miedo, el dolor, la locura, la incomprensión y la inesperada muerte.

En toda la vasta geografía soviética se sintió el fulminante y artero ataque. En la capital de Moldavia, Kishinióv, a las 4:15 de la madrugada comenzó el ametrallamiento de la población y de los puestos fronterizos. Cerca de Lvov destacamentos de guardafronteras se enfrentaron con pocos minutos de diferencia con los grupos que intentaban penetrar en el país. Los alemanes comenzaron el avance hacia el este; bombardearon la ciudad de Vladimir. En Tallin, la ciudad del pribáltico había comenzado la ofensiva fascista después de un bombardeo artillero. Los incendios destruían los edificios. En Bielorusia las hordas enemigas barrieron toda la extensión de la frontera y se dirigían a sangre y fuego hacia Minsk, la capital. Eran las 6:40 de la mañana.

Al recordar aquel primer día y los sucesos posteriores, cabría preguntarse ¿De haber vencido el fascismo, cómo hubiera vivido el pueblo soviético? ¿Cómo se habría vivido en Europa? ¿Cómo habría vivido la Humanidad entera?

La Segunda Guerra Mundial había comenzado dos años antes con la invasión alemana a varios países, mientras la URSS se mantenía en un estado de precario equilibrio de paz gracias a un tratado entre ambos países al que le quedaban pocos días de existencia. La muerte y la destrucción se acercaban a pasos agigantados a la frontera soviética. Los territorios ocupados servían de base al ejército alemán para dar el paso siguiente. Proveían al Reich de alimentos, materias primas, combustible y esclavos.

El Holocausto fue el exterminio de una nación dispersa. El pueblo judío, asentado por toda Europa, se convirtió, por obra y gracia de la mente de un psicópata en el poder, en el culpable de las desgracias de los germanos y de la llamada raza aria en general. Cual una nueva versión del malthusianismo, la aniquilación programada, metódica y sistematizada de los así denominados seres inferiores se convirtió en una de las tareas principales del nazismo.

Y no solo los judíos estaban en la lista de los seres destinados a convertirse en jabón y en fertilizante para los cultivos, o a servir de conejillos de Indias en repugnantes experimentos médicos y militares. Los gitanos también estaban en ella. Los árabes y los negros se incluirían tan pronto las tropas nazis tuvieran el control de África. Y sus miradas apuntaban a América.

De haber triunfado esta filosofía, nuestros pueblos latinoamericanos hubieran sido esclavizados, si no exterminados por completo, nuestros padres e hijos hubieran servido como mano de obra barata y materia prima de laboratorios. Nuestra cultura hubiera sido saqueada y desaparecida; nuestras tierras, bosques y ríos repartidos. No estaría yo escribiendo y usted leyendo. Es una verdad aterradora. Recordemos que ya para finales de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler había reunido a científicos de varias especialidades y estaba desarrollando la bomba atómica. También estaba dando los toques finales a la producción de cohetes balísticos capaces de llevar la destrucción a miles de kilómetros de distancia y sus submarinos llegaban a las costas del Caribe. La idea de dominar el mundo no sólo era una idea.

Japón, Italia, España y algunos gobiernos se habían aliado a Hitler en su carrera de dominio. Quizás ellos mismos tendrían que sucumbir más tarde, cuando ya no quedaran judíos, ni negros, ni latinos por gasear.

¿Quién podía detener aquella mente genocida con un brazo tan poderoso, largo y destructor? ¿Quién estaba dispuesto a pagar el alto precio que suponía contener aquella maquinaria de guerra y exterminio? ¿Quién disponía de los recursos materiales y humanos necesarios para aquella inmensa tarea? ¿Quién disponía de la voluntad, la disciplina y la capacidad para en breve tiempo, antes de que fuera demasiado tarde, atajar aquella ofensiva aniquiladora de la raza humana, de la cultura y de la Humanidad?

Si echamos una mirada rápida a la Europa, Asia, África y América de aquellos años, difícilmente podríamos encontrar una nación y un pueblo capaz de ofrecerse para tal empeño, a no ser que esa nación fuera la Unión Soviética y ese pueblo fuera el pueblo soviético.

No fue por arte de magia que el Ejército Rojo y el pueblo soviético pudieron detener la ofensiva militar alemana hacia el este, empujar al ejército nazi de nuevo hacia la frontera estatal y perseguirlo hasta su propia madriguera, hasta aniquilarlo. Detrás estaba la creación de un Estado monolítico, unido, con sus orígenes en la Gran Revolución de Octubre de 1917. Detrás estaba la concepción de Lenin acerca de un Partido único, rector y organizador de las grandes tareas que debían cambiar el sistema socio económico. Detrás estaba un ejército constituido por obreros y campesinos, con una doctrina de defensa de toda la nación.

Gracias a ellos nació, al finalizar la contienda bélica, el campo socialista, formado por algunos de los países víctimas del fascismo. La Unión Soviética salió fortalecida de esta prueba. Y otros pueblos comenzaron a ver que existía una forma de vivir más justa, sin amos ni explotadores. El sistema neocolonial sufrió un duro golpe en África y en Asia. Pueblos como los de Vietnam y Argelia, en continentes diferentes, decidieron cambiar el sistema político. Y Cuba, la pequeña isla del Caribe, tuvo un aliado en su enfrentamiento con Estados Unidos cuando decidió terminar con la dictadura de Batista, explotadora de su pueblo y aliada del gobierno yanqui. Esa es la segunda clave. Cuba pudo sobrevivir a la invasión mercenaria por Playa Girón y a la amenaza de una invasión directa del ejército norteamericano gracias al apoyo con armas, hombres, combustible y alimentos de la Unión Soviética. El resto es bien conocido. Entonces, ¿somos lo que somos hoy gracias a la victoria del pueblo soviético en la Gran Guerra Patria?

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