Opinión

Yo conocí a dos Juan Bautista Arríen

Nos enseñaba la apasionante cátedra Antropología Filosófica

Doctor y Profesor Juan Bautista Arríen
Doctor y Profesor Juan Bautista Arríen |

Juan Maltes |

Conocí a dos Juan Bautista Arríen: el extraordinario educador de generaciones y al excelente jugador de fútbol.

Me tocó, por suerte, ser su alumno en la Universidad Centroamericana (UCA). Todas las semanas esperábamos, con ansiedad, que fuera jueves, si mal no recuerdo, día en que nos impartía y nos enseñaba la apasionante cátedra Antropología Filosófica.

Y es que escuchar al Doctor Arríen impartir esta cátedra sobre el desarrollo y evolución del ser humano lo hacía con tanta claridad, que los estudiantes deseábamos que la lección no terminara. Eran 50 minutos, si mal no recuerdo, el espacio de tiempo del que disponía el eminente filósofo.

Todavía lo recuerdo como si fuera hoy, moverse de un lado hacia otro del salón de clases exponiendo sus explicaciones o sentado sobre el borde de su escritorio y de repente contar un chiste o soltar una broma para mantener nuestra atención de sus extraordinarias ponencias. Aunque con franqueza les digo, que el Doctor Arríen no necesitaba de esas “estrategias”, porque nuestra atención era total.

Alto. Delgado, pero fuerte, con su casi perenne sonrisa entre sus labios, siempre tenía tiempo para escuchar las preguntas, aún las impertinentes. Su paciencia franciscana le permitía dar las explicaciones a esas interrogantes… aún las impertinentes.

Todo eso no era más que el resultado de su vocación por la enseñanza, vocación que nunca dejaría, sino hasta el desenlace final.

El otro Juan Bautista Arríen que conocí, fue el deportista, pero sobre todo, al excelente futbolista.

Tuve la inmensa suerte de que Juan Bautista no solo fue mi profesor, sino que mi compañero de equipo en el Club de Fútbol de la UCA.

A estas alturas de mi vida, el tiempo se me vuelve nebuloso. No recuerdo bien si fue en 1967 o 1968 que tuve el privilegio de jugar al lado del Padre Arríen, como normalmente le llamábamos.

Por cierto, ese año (¿1967 o 1968?) fuimos campeones nacionales compitiendo con los mejores clubes de esa época, entre ellos el legendario Diriangén, de Diriamba.

Recuerdo perfectamente al Padre Arríen movilizándose por el centro de la cancha, a la espera de un buen centro por la izquierda o la derecha para que su fulminante remate de cabeza anotara el ansiado gol.

Porque hay que decirlo, el Padre Arríen era el mejor cabeceador que existía en esos momentos en Nicaragua. No había quien le igualara en ese renglón.

Dentro del campo y aunque siempre le respetábamos como el Padre Arríen, el era otro jugador más que intercambiaba bromas y juegos de palabra con los otros jugadores y en algunas ocasiones, cuando se enojaba, soltaba una que otra palabrota. Gajes del oficio, dentro de una cancha de fútbol.

Estos, pues, son los dos Juan Bautista Arríen que yo conocí.

Y como bien manifiestan el Presidente Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murillo, nuestro eterno reconocimiento al entrañable amigo de los nicaragüenses, y a través de estas brevísimas, le envío mis condolencias a toda su familia.

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