Opinión

Un padre amoroso

El General de Hombres y Mujeres Libres, Augusto C.  Sandino, supo entrelazar su amor a la Patria con su amor paternal

Augusto C. Sandino
Augusto C. Sandino |

Aurora Rondón |

La convocatoria hoy a toda la familia para homenajear a la figura paterna resulta ocasión propicia para recordar a nuestro Augusto C. Sandino, el héroe, el General de Hombres y Mujeres Libres  que abrió el camino al fortalecimiento del amor filial en nuestra Patria.
El cumplimiento de su deber al frente de la guerrilla lo sometió a duras pruebas, como la pérdida de sus familiares más queridos y el alejamiento de su hija huérfana.
Pero no le impidió que su única descendiente -en el escaso tiempo que le pudo dedicar- sintiera el amor que le profesaba un revolucionario al servicio de la noble causa de la libertad, recuerdo que aún está grabado en su corazón.
Una de las facetas menos conocidas de la vida de Sandino es su amor paterno, que manifestó en el campamento guerrillero donde vivió con su pequeña hija en los primeros días de nacida, sin incumplir sus deberes militares.
Era jefe de un pequeño ejército popular formado principalmente por campesinos, cuando él y su estado mayor se hospedaron en una casa de San Rafael del Norte, donde funcionaba la oficina de correos y telégrafos.
Allí pasaba largas horas estableciendo comunicación con sus tropas en los diferentes frentes de batalla contra el invasor, a las que enviaba las instrucciones del día con el auxilio de la telegrafista Blanca Estela Arauz, joven de 18 años de quien se enamoró.
La boda del líder se realizó el 27 de mayo de 1927 en el templo de San Rafael del Norte, una ciudad en la que trabajaba por la patria y donde recibió muchas felicitaciones del pueblo y de todos los frentes de guerra del país.
Dos días después del feliz acontecimiento, Sandino tuvo que dejar a su esposa y se internó en las selvas de  Las Segovias para defender el honor de la patria, iniciando de este modo la guerra de guerrillas en el país.
Amor en tiempos de guerra
Con esta actitud demostraba lo que  le había dicho antes a su esposa, “el amor a mi patria lo he puesto sobre todos los amores, y tú debes convencerte que para ser feliz conmigo, es menester que el sol de la libertad brille en nuestras frentes”. Ella lo siguió.
Según documentación recopilada por su nieto Walter Castillo Sandino, el General  recorrió el país junto a su esposa Blanca, consejera y compañera de lucha en tiempos de guerra, quien compartía, además, el amor por Nicaragua.

Durante seis años, Blanca sufrió todas las calamidades del monte, en los campamentos guerrilleros de Las Segovias, desde donde el líder dirigía la guerra de liberación, y en ese  período perdió a sus dos primeros hijos, a los tres y seis meses de nacidos. 
Y cuando parecía que al fin llegaba la paz  y una mejor situación para la pareja, Blanca Estela concibió de nuevo, fruto de ese amor nació su hija, quien quedó huérfana muy pronto,  porque la madre murió por complicaciones en el parto.
A esa etapa de sus vidas se refirió doña Blanca Segovia Sandino Arauz, única hija del general nicaragüense del que recordó varias anécdotas -contadas por su abuela Esther y sus tíos- que agigantan la estatura humana de este prócer independentista.
Sandino protegía a su pequeña hija
La orfandad la privó de la lactancia materna, cuando la pequeña aún no podía sostener el biberón entre sus labios, y el general ideó unos chuponcitos de algodón mojados en jugos de frutas y otros líquidos, mezclados con miel de jicote, para alimentar a su niña.
En ocasiones -recuerda Blanca- no dejaba que nadie la tocara por miedo a que se enfermara, y cuando su abuela le decía ¡démela mi general!, Sandino le respondía: “No, el poco tiempo que voy  a estar aquí, yo la voy a cuidar”,  y me abrazaba fuerte.
Sus brazos le daban seguridad y su presencia cercana calmaba cualquier lloriqueo infantil, pero como las exigencias guerrilleras demandaban cada día más tiempo de aquel insigne soldado, requirió de varias nodrizas para cuidar a su hija.
Cuando la niña cumplió seis meses, el general Sandino andaba con sus tropas en los preparativos de los Acuerdos de Paz. En esa etapa la menor gozaba de aparente buena salud pero tuvo varias recaídas, por lo que la abuela materna asumió su crianza.
De esa etapa quedó un hermoso recuerdo del amor patriótico y paternal de Sandino, quien sacó una foto de la hija sentada en una silla, en cuyo respaldo había cruzado dos banderas -la roja y negra y la azul y blanca- y había colocado su revólver calibre 45 a un lado, y al otro, la pistola calibre 32 de su mamá.
Aquello parecía una despedida. Sandino besó a la niña, luego la cargó y la llevó al cementerio, donde se sentaron en la bóveda de la mamá, y lloró largo rato, en silencio, absorto en sus pensamientos, contó la abuela.
Cuando regresó a la casa, le encargó la crianza de la niña a su tío Pedro Antonio Arauz, quien fue uno de sus más cercanos colaboradores, le entregó dinero para la nodriza y le dio un fuerte abrazo a la pequeña y al resto de la familia, luego de expresar: Aquí les dejo Pedrito, lo único que me queda de esta lucha en Las Segovias. Cuidala, hagan lo imposible para criármela si yo ya no puedo regresar.

Lo asesinaron. Pero aún sigue cuidando la paz, para que los nicaragüenses, bajo el Gobierno Sandinista, disfruten de todos sus derechos y cada día, padres e hijos, sean más felices.

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