Opinión

Dos elecciones diferentes

A miles de kilómetros de distancia, dos países enfrentan decisiones capitales en situaciones distintas

Elecciones presidenciales
Elecciones presidenciales | La Republica

Joaquín R. Hernández |

Distantes en la geografía, en la historia y en la realidad, Colombia y Egipto han llenado las primeras páginas de los diarios del mundo durante varios días: sus procesos presidenciales han sido acompañados en detalle por los grandes medios de comunicación.

Son dos países centrales en sus regiones respectivas.

Egipto, por su larga historia, ejerce una influencia decisiva en esta sensible zona del planeta.  Durante las décadas del 50 y del 60, la personalidad de Gamal Abdel Nasser logró el mayor nivel de unidad que se recuerde en un Oriente Medio vapuleado por la hipocresía de los imperios.

Egipto, él mismo ocupado en épocas distintas por el imperio otomano, por Francia o por Inglaterra, se situó a la cabeza de su región e  integró la vanguardia de los países del que por esa época se llamó tercer mundo.

Colombia es un país mayor de América Latina.  Escenario durante más de medio siglo de un amplio movimiento guerrillero, que reivindica la justicia social en un país donde se manifiestan todos los males que han asolado tradicionalmente a los latinoamericanos, Colombia ha conocido avances significativos en los últimos meses hacia la paz definitiva.

Es  también un país agobiado por otras violencias: la vinculada con el narcotráfico o con la inseguridad callejera, alimentada ésta por las propias injusticias sociales.

Es, como Egipto, uno de los grandes receptores de ayuda estadounidense: ambos países son, después de Israel, los más beneficiados por el aporte militar anual del gobierno de Estados Unidos.

Su gobierno actual copatrocina la Alianza del Pacífico, peligroso antecedente neoliberal para las independencias económicas del continente.

Pero el gobierno de Juan Manuel Santos ha acudido a la mesa de diálogo con la guerrilla, dispuesto a encontrar puntos de coincidencia que abran el camino a una paz que suponga, además, encaminar hacia su solución varios males fatídicos para el pueblo colombiano.

La votación final del 15 de junio, entre Santos y el uribista Oscar Iván Zuluaga, será una votación entre dos visiones diferentes y divergentes del camino hacia la paz: el diálogo llevado adelante por el gobierno actual, o la continuación de la guerra, propuesta por el uribismo.

Para Santos, el enfrentamiento a los males de la economía, que motivan decisivamente a un gran sector electoral, no puede realizarse con éxito si no es consecuencia de la paz.

Probablemente en estos días se esté decidiendo el destino colombiano para los próximos años.  Los partidos que obtuvieron menores votaciones intentan dirigir el sufragio de sus adeptos hacia uno u otro candidato.

Clara López, candidata de la izquierda que se agrupa en el Polo Democrático y en Unión Patriótica, debe decidir si respalda, por encima de diferencias esenciales, la candidatura de Santos.  O si por el contrario induce a sus seguidores al voto en blanco.

Marta Lucía Ramírez, candidata de la derecha tradicional, el Partido Conservador, da su voto a Zuluaga.  Sin embargo, encuentra divididos a sus correligionarios, como se expresa en la oposición que encontró en la mayoría de los congresistas de su partido.

Ambas obtuvieron votaciones similares en primera vuelta, lo que dejaría a Enrique Peñalosa, candidato del Partido Verde, quien obtuvo la votación inferior, en la posición matemática de kingmaker.  Peñalosa dejó a sus electores en libertad de votar por quién estos entiendan, pero reiteró su apoyo a los diálogos de paz.

El escenario final es aún imprevisible, y estas apreciaciones anteriores se derivan de los porcientos de votación iniciales, que pueden cambiar bruscamente.

Sobre todo ante el convidado de piedra de estas elecciones: los ausentes.  Ellos pueden cambiar el escenario en segunda vuelta.  O mantener su abstención.

Quien gane la justa en segunda vuelta, de mantenerse los números actuales, gozaría de una muy dudosa representatividad.  A las elecciones concurrió menos del 40 por ciento de los votantes posibles, y los candidatos obtuvieron solamente una parte de esa minoría.

De continuar la tendencia, el nuevo gobierno, sea el que fuere, tendría una legitimidad discutible.

Pero será poder, y podrá inclinar la historia colombiana en un sentido u otro frente al desafío de la guerra y la paz.

Otra crisis de legitimidad

También en el complicado escenario egipcio  la apatía ante el proceso electoral y su efectividad para la real solución de los problemas del país, ha reinado en las elecciones recientes.

Solamente algo más de la mitad de los votantes posibles fueron a las urnas y eligieron, aplastantemente, al mariscal Abdel Fatah al Sisi.

Los militares regresan así al poder que ocuparon desde 1952, y del que se apartaron relativamente tras la caída de Mubarak, cuando los Hermanos Musulmanes, como una de las pocas fuerzas políticas organizadas entonces, capitalizaron el descontento masivo contra el régimen.

El descontento no era fruto solamente del autoritarismo del gobernante, sino de una temible crisis económica que no ha cesado aún.  Los Hermanos Musulmanes, como casi todas las organizaciones islamistas, no tuvieron un programa económico alternativo y, todo lo contrario, se empeñaron en la creación de una república islámica.

El respaldo a al Sisi es el reclamo del regreso de la estabilidad y de la atención a la economía, dolores de cabeza de una población zarandeada por los acontecimientos de los últimos dos años, sin soluciones a la vista.

Sobre ambos temas, tendremos que regresar próximamente.

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