Opinión

Afganistán: ¿el final?

Un anuncio del presidente Barack Obama indicaría que la guerra de Afganistán ha llegado a su fin.  ¿Cuál es el saldo?

Barack Obama - Casa Blanca
El presidente Barack Obama |

Joaquín R. Hernández |

Tanto con alivio, como con críticas y escepticismo ha sido recibido el anuncio del presidente de Estados Unidos de que, conforme a lo acordado por la OTAN en el 2010, las tropas estadounidenses que restan en Afganistán se retirarían a fines del 2014.

En la misma declaración, Barack Obama anunció que un remanente de 9 800 soldados permanecería en el país asiático dos años más, en funciones de entrenamiento de fuerzas locales.

En dos presentaciones públicas seguidas, Obama salió al paso de quienes señalan a su administración debilidad y falta de iniciativa  –citan el caso de Ucrania–  y planteó el problema de otra manera.

Las bases de su política exterior, explicó, han cambiado.  Si bien la lucha contra el terrorismo aparece en el tope de su lista de prioridades, llevarla adelante sería obra de un empeño concertado con países aliados que no supusiera utilizar tropas en el terreno.

No pasaron ni minutos, para que la riposta de sus críticos apareciera en medios de suma importancia y con firmas clásicas de las teorías neoconservadoras.

El Washington Post arremetió en una nota editorial.

No es hazaña, sino error, a juicio del influyente diario, haber retirado tropas no solo de Afganistán, sino de Iraq,  o la renuencia a involucrarse directamente en conflictos como los de Libia y Siria.
Y Frederick Kagan, veterano neoconservador, entusiasta de las aventuras guerreristas del gobierno de George W. Bush, se apresuró a desmontar cada párrafo de las alocuciones presidenciales.

Un barraje de hipocresía

Ni el presidente, ni el Washington Post ni el belicoso Kagan dicen toda la verdad.  Y a veces no dicen ninguna verdad.

No es cierto que la retirada se haya producido porque la misión en Afganistán haya sido cumplida.
Definir la misión de esta guerra, la más larga en que haya participado Estados Unidos, resultaba desde hace mucho tiempo un quebradero de cabeza.

En sus inicios consistió en derrocar al régimen talibán y aniquilar a al Qaeda.  Lo primero se logró: salió el talibán de Kabul, pero no fue derrotado.  Hoy los talibanes son actores inevitables en el escenario afgano, con o sin presencia estadounidense: debe recordarse que el movimiento talibán nació para combatir a las tropas soviéticas, y luego fueron parte de las guerras interétnicas que no han concluido en el país.

Solo su solidaridad con Osama bin Laden los hizo blanco de los norteamericanos.  Los mismos norteamericanos que en sus inicios les hacían amistosos guiños de ojo.

Alternativamente, la misión podía ser perseguir a bin Laden, o destruir a al Qaeda, o edificar un nuevo país, contra toda comprensión de la complejidad étnica, regional y tribal afgana.  Al final,  nadie, ni los soldados,  podían definir claramente cuál era el objetivo de aquella guerra.

Al inicio de su presidencia, Barack Obama aceptó casi bajo protesta el incremento de 30 mil hombres que le exigía el mando militar, alegando que eran decisivos para terminar la contienda.

Lo que explica que el anuncio hecho ahora no es el resultado de haberse concluido una heroica misión, sino el final de la puja entre presidencia y jefes militares.

Ni se produce tras los cándidos éxitos en la reconstrucción de Afganistán, que la Casa Blanca proclama en un texto que ha distribuido.  Afganistán vive aún, y  seguirá viviendo, una genuina pesadilla que, todas las guerras incluidas, se prolonga ya por más de treinta años.

Arrogancia e inexactitud

Los argumentos del Washington Post son abundantes en arrogancia e inexactitudes.  Para el editorialista, la retirada de Estados Unidos de los países que mencionan es la causa de la turbulencia con que se vive hoy en ellos.
La realidad es muy diferente: ha sido la intervención norteamericana y de otros países, y los abundantes errores cometidos, los que han alterado la estructura interna profunda de estos países, y sembrado los gérmenes de un caos que ya existía durante la permanencia de las tropas, por ejemplo, en Iraq.

Estados Unidos no ha recibido de ninguna parte el encargo de componedor de desastres que, dientes hacia afuera, suele atribuirse a sí mismo: tras cada intervención norteamericana hay intenciones ocultas y objetivos malsanos, vinculados todos a profundos intereses económicos y geoestratégicos.

La nueva política proclamada por el presidente no cede un ápice a la búsqueda de estos fines.  Solamente escoge otros métodos, políticamente más viables en las condiciones internas e internacionales actuales.

No vale la pena hablar de la argumentación del señor Kagan, que se corresponde con su línea tradicional, imperialista.  Quizás reconocerle un acierto: al Qaeda sigue siendo un peligro.

Pero no por haber sobrevivido a la persecución de Estados Unidos, sino porque se nutre del descontento que el apoyo norteamericano a las peores causas provoca en las regiones donde florece la organización terrorista.

Para él,  esta guerra debería haberse dejado “abierta”, y 30 mil soldados estadounidenses deberían haber permanecido allí todo el tiempo necesario para que este lejano país, tan distante de Estados Unidos, inestable por definición, hubiera alcanzado su definitiva normalidad.

Al final, lo que queda de esta interminable aventura y de esta prolongada ocupación  –la más extensa, después de la larga presencia yanqui en la península coreana–  es el sufrimiento de quienes lloran a los más de 3 mil muertos estadounidenses y a las decenas de miles de civiles inocentes afganos, triste saldo de esta –otra– aventura imperialista.

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