Opinión

Tailandia: de crisis en crisis, de golpe en golpe

El país del sudeste asiático vive en una permanente inestabilidad, sin solución a la vista

Tailandia en crisis
Tailandia en crisis |

Redacción Central |

Manifestaciones, una tras otra, durante semanas y, finalmente, un golpe de estado, con centenares de detenciones, han caracterizado en los últimos días la escena política del que es, para los latinoamericanos, un lejano y enigmático país.

No lo es, sin embargo, para sus vecinos del sudeste asiático.  Y no lo es tampoco para Estados Unidos, su gran aliado.

Para su región, la importancia de Tailandia es clara:  es la segunda economía del sur de Asia.

Para Estados Unidos, es un viejo amigo, en una época compinche de la guerra criminal contra el pueblo vietnamita.

Tailandia fue no solamente el lugar de estacionamiento de la aviación que castigaba a Vietnam del Norte y a Laos, sino la retaguardia logística contra Laos y contra Cambodia.

En algún momento hubo allí 50 mil soldados estadounidenses.  Los B52 y los helicópteros que actuaban en Vietnam partían de las bases construidas al efecto, y las instalaciones llegaban incluso a la hoy famosa Agencia Nacional de Seguridad.

Para la región, se trata de un estremecimiento, aunque no sorpresivo, inquietante.  Se trata de un país mayor en la zona, de medio millón de kilómetros cuadrados y de casi 70 millones de habitantes.

Su dinámica económica ha sido considerable en las últimas décadas, con crecimientos importantes en el sector industrial –automovilístico, electrónico–, financiero, y en el turismo, una de las piedras angulares de su economía, y con crecimientos anuales de hasta un 7 por ciento.

Los sucesos actualeshan generado intranquilidad en Japón, el principal inversionista en la economía tailandesa.

La democracia en la Tailandia parece un simple eufemismo.

El antiguo reino de Siam se convirtió en 1932 enla monarquía constitucional actual, cuyo rey, Rama IX, es el monarca más antiguo del mundo.  Su función, como es habitual, es solo representativa, en tanto que jefe de estado y, en una extraña relación con la cúpula militar, jefe de las fuerzas armadas.

También es el sucesor de mayor permanencia de una secuencia de reyes y dinastías que se caracterizaron a lo largo de la historia por su extraordinaria habilidad para manejar, en su provecho, las contradicciones de los imperios occidentales que ocupaban la zona.  De tal suerte, Tailandia nunca fue ocupada por las antiguas potencias coloniales.

Pero estas habilidades no han funcionado en favor de la estabilidad interna.  Luego de apostar a la carta equivocada  –Japón—durante la segunda guerra mundial, Tailandia se convirtió en aliado de Estados Unidos y en escenario de una sucesión de golpes de estado.

Con el que acaba de ocurrir, son 12 desde que se estableció el sistema político actual.

Los hermanos Shinawatra

Los sucesos recientes tienen como telón de fondo la vieja y creciente rivalidad entre las zonas urbanas de Tailandia  –y las clases sociales correspondientes–  y el campo del país.

Los participantes en las manifestaciones precedentes al golpe opinaban que los gobiernos sucesivos de los hermanos Thaksin Shinawatra y su hermana Yingluck, favorecían al campo, el cual había sido desatendido en otros gobiernos.

Sus políticas, calificadas por los protestantes de populistas y demagógicas,  no solamente les habían ganado adeptos entre los campesinos, sino entre los tailandeses pobres.

Una fuente local explicó a la BBC: “Hace 30 años sólo el 10% del presupuesto nacional se destinaba a áreas fuera de Bangkok. Hoy en día la cifra es 25%”.

Es una tensión que ha acompañado a ambos hermanos durante casi una década.  Thaksin Shinawatra fue derrocado por un golpe de estado en el 2006, luego de otros episodios de manifestaciones, y debió abandonar el país.  Fue acusado entonces de corrupción.

Sus seguidores ocuparon varios lugares de Bangkok en el 2010 y 90 de ellos murieron víctimas de la represión militar.  En el 2011 fue electa Yingluck como primer ministro.

Hasta que decidió reincorporar a su hermano a la lid política tailandesa: en noviembre, la cámara de diputados aprobó una ley de amnistía que permitía a Thaksin regresar del exilio.

Fue el paso que disparó las manifestaciones de los adversarios al antiguo primer ministro, generalmente pertenecientes a las clases medias urbanas.

La secuencia fue galopante: en respuesta a la presión de las manifestaciones, Yingluck disolvió el parlamento en diciembre y convocó a elecciones generales en febrero, las que fueron boicoteadas por la oposición y anuladas por el Tribunal Constitucional.

Este mismo tribunal la hizo dimitir.  Uno de sus ministros se hizo cargo temporalmente del cargo de primer ministro, en espera de otras elecciones convocadas para el 20 de julio.

Pero tampoco estas representan una solución viable, mucho menos después del golpe, toda vez que la oposición desconoce la legitimidad de estos comicios.

En una situación de tanta tensión, los militares, que muchas veces han actuado en connivencia con la corona tailandesa, decidieron una vez más agarrar el complicado toro por los cuernos.  El golpe, como los anteriores, se hizo invocando la necesidad de devolver la tranquilidad al país, donde más de treinta personas han muerto desde el inicio de las manifestaciones del pasado año.

Sin que se aprecien salidas fáciles en el corto plazo: no hay otro factor o grupo, más allá de los militares, con capacidad para lograr un compromiso entre las partes que intervienen en esta enredada y sangrienta historia.

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