Opinión

Libia, el caos y la irresponsabilidad occidental

El norteño país de África no ha conocido estabilidad tras el derrocamiento de Muammar el Gadafi

Joaquín R. Hernández |

Quien haya creído en la sagrada misión liberadora de la OTAN contra Libia, que culminó en el asesinato del líder Muammar el Gadafi, debe estar comprendiendo desde hace ya tiempo que algo oscuro le fue ocultado en el relato de los medios afines a los países autores de aquella intervención.

Y quienes hayan conocido algo de Libia, de su historia, de su estructura, y de la actitud esencialmente hipócrita de los mismos países que intervinieron allí en 2011, deben estar viendo cómo los acontecimientos ratifican sus previsiones sobre lo que iba a ocurrir tras la caída del régimen libio.

En el Oriente Medio hay pocos países donde el esquema tribal no sea decisivamente importante para comprender la evolución de su política interna, el posicionamiento de sus personajes, las afinidades, lealtades y deslealtades que se tejen y se destejen casi a diario.

Un conocido columnista del diario The New York Times, Thomas Friedman, complejo y polémico, pero buen conocedor de la región, señala que en lugar de países, en Oriente Medio hay puñados de tribus, con la excepción de Egipto y probablemente Túnez.

En cualquier análisis, los intereses y la pertenencia tribales deben considerarse muchas veces por encima de las clases sociales, los intereses económicos o las definiciones políticas.

Libia es en tal sentido un país paradigmático.

El enfrentamiento a el Gadafi no fue, como se nos presentó, una sublevación, afín a las ocurridas en otros países de la región, contra un régimen autocrático. Los derechos humanos tuvieron poco que ver con las motivaciones profundas de las fuerzas que protagonizaron el enfrentamiento.

Tampoco tuvieron mucho que ver con la agenda de la OTAN, que se valió de las luchas intestinas libias para librarse de un molesto personaje, que durante muchos años le dio más de un quebradero de cabeza: el gran enigma seguirá siendo la oportunidad de la agresión, que se produjo cuando el Gadafi llevaba varios años saldando sus deudas con Occidente y colaborando estrechamente con algunos de sus antiguos enemigos.

Pero el Gadafi había acumulado deméritos suficientes –especialmente su antigua ayuda a los movimientos de liberación y su discurso antiimperialista- para que sus actitudes más recientes no fueran capaces de variar la imagen que de él tenían los partidarios de la agresión.

En lo interno, los alzamientos fueron el aprovechamiento de la coyuntura por parte de tribus, regiones y personajes para producir un recambio en el poder, que les permitiera beneficiarse de las extraordinarias riquezas que genera el petróleo libio.

Agréguesele también la diversidad del origen étnico de la población libia. Su sangre es básicamente berebere, población que vivía ya en el norte de África a la llegada de la conquista árabe. Sangre también de fenicios, cartagineses, griegos, romanos, mamelucos y turcos otomanos, y de tuaregs y etnias negras vinculadas al África subsahariana. Ha sido el destino de un país situado estratégicamente a mitad del Mediterráneo, en el que recalaron esos pueblos, y algunos de ellos, como los fenicios -fundadores de Trípoli y Cartago- establecieron una pujante fuerza capaz de disputar el dominio del importante mar al imperio romano.

Un gobierno que no gobierna

El gobierno surgido de la intervención noratlantista no ha conocido descanso desde su instauración. Tampoco ha podido afirmar nunca que ejerce realmente el poder en todo el país.

Tras la caída –asesinado- de el Gadafi, las milicias creadas en torno a jefes tribales, políticos y regionales, o las tres cosas a la vez, continuaron campeando por sus respetos en sus zonas de operación. El ejército creado por el nuevo gobierno no ha sido más que un eufemismo.

Los acontecimientos de estos últimos días, que se encuentran aún en desarrollo, son una muestra de esto.

El alzamiento en Bengasi primero y luego en Trípoli, donde se tomó la sede del Parlamento, fue protagonizado por el general retirado Califa Haftar, jefe también de una de las formaciones militares que tomó parte en el derrocamiento de el Gadafi: da la dimensión del alcance del caos libio.

No se trata solamente de la incapacidad del gobierno para rendir a los insurgentes, sino que éstos no se han alzado contra el gobierno, sino para ejecutar una tarea que este no puede cumplir: rendir a los grupos de fundamentalistas islámicos que florecieron como verdolaga durante el alzamiento contra el Gadafi y se armaron hasta los dientes con las armas que suministró la OTAN.

Lo cual ha hecho sonar una vez más las alarmas en Washington.

El envío inopinado de armamento a estos grupos extremistas por Estados Unidos ya ha traído más de un dolor de cabeza al gobierno de Barack Obama: el partido republicano, desde el Congreso, ha retomado el atentado que costó la vida al embajador estadounidense cuando se encontraba en Bengasi, realizado por parte de estos grupos, armados según se dice por la Agencia Central de Inteligencia.

Ahora se sabe además que el armamento entregado a estos grupos aparece en conflictos como el de Mali y -más leña al fuego del escándalo- en los de Nigeria, sobre todo Boko Haram.

Estamos ante otro episodio, que no será el último, del desenfreno creado por Estados Unidos y sus aliados en ese país norafricano. Más cosas hemos de ver en los próximos días.

Nuevamente, el apetito petrolero, la irresponsabilidad y la prepotencia de los poderosos hacen correr sangre inocente.

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