Opinión

Nigeria: más allá de Boko Haram

El secuestro de más de doscientas niñas en Nigeria por el grupo extremista no es un hecho aislado.  Hay razones profundas tras este hecho

Grupo radical islámico nigeriano Boko Haram
Miembros del grupo radical islámico nigeriano Boko Haram |

Joaquín R. Hernández |

Es una noticia que sigue indignando al mundo. Un secuestro colectivo, y el anuncio de que más de doscientas escolares nigerianas pueden ser vendidas como esclavas, es decir, como candidatas a la prostitución, han causado una alarma internacional.

El nombre de Boko Haram surgió de repente ante una opinión pública que ignoraba su existencia, a pesar de que realiza acciones terroristas desde hace por lo menos cinco años y de que ha secuestrado antes a miles de personas.

La  organización se fundó en el 2002 y opera en el norte de Nigeria.  Nucleada desde sus inicios en torno a una interpretación extrema del islam, consideró que los males de su país y de su región no podían resolverse por vía pacífica.

No obstante, sus primeras operaciones no apuntaron contra objetivos civiles.

En el 2009 su líder fundador, el clérigo islámico Mohamed Yusuf, veterano de otras luchas sociales, murió mientras se encontraba bajo custodia policial.  Fue sustituido por su dirigente actual, Abubakar Shekau, bajo cuyo liderazgo Boko Haram recrudeció sus actividades,  que ahora no escatimaron objetivos.

Instalaciones militares, policíacas, dignatarios islámicos rivales, políticos, escuelas, edificios religiosos, instituciones públicas y civiles han figurado entre sus blancos, con la justificación de enfrentar la ineficacia del gobierno central nigeriano, los abusos de sus fuerzas de seguridad y las desigualdades económicas del país.

A lo que se añaden ataques que han costado la vida de estudiantes, quema de aldeas, vínculos con otros grupos terroristas, y secuestros.

Un análisis más detallado del contexto en el que actúa Boko Haram arroja información para comprender, más allá de la religión, su verdadero fundamento: Boko Haram, dice un experto, no es una causa.  Es un efecto.

Nigeria alcanzó la independencia en 1960.  Como ocurrió con otras antiguas colonias africanas, debió contentarse con las fronteras que le impusieron a sus poblaciones las metrópolis imperialistas.

El país se compuso con antiguos estados musulmanes semi autónomos del desértico norte, y con las poblaciones cristianas y animistas en el sur y en el este, donde radicaba la gran riqueza del país, el petróleo.  Y tres etnias principales: los hausa y los fulani en el norte, los yoruba en el sudoeste, y los ibo en el sudeste.

Es el país más poblado de África, con 174 millones de habitantes, cerca de 350 grupos étnicos y 250 lenguas diferentes.

Grandes paradojas

Y como muchos otros, con terribles paradojas.  Es el mayor productor petrolero de África y uno de los mayores del mundo.  Sus ingresos per cápita son muy altos para el continente, 2 700 dólares anuales.  Sin embargo, su población es una de las más pobres del mundo: un 70 por ciento vive con menos de 1,25 dólares al día.

Diferencias que tienen también una expresión territorial.  La pobreza mayor se concentra en el norte, donde el 72 por ciento de sus habitantes viven en una terrible pobreza, mientras que en el sur la cifra es de un 27 por ciento, y un 35 en el delta del río Níger.

Sus extraordinarias riquezas petrolíferas son explotadas por sus exclusivos beneficiarios, las élites de todo signo religioso y étnico y de todas las regiones.

Nigeria ostenta también el récord mundial de niños sin recibir educación escolar.

Nada que no hayamos visto antes.

Y que condujo ya, a pocos años de la independencia, a la terrible guerra de Biafra, donde se mezclaron motivaciones económicas con étnicas, religiosas y una clara lucha por el poder.  El conflicto, ante el cual Occidente guardó silencio, causó un millón de víctimas en un tiempo récord.

Factores todos que están en la base del éxito movilizativo de una organización que, bajo la bandera de una religión, se propone modificar este estado de cosas recurriendo a cualquier procedimiento, e instaurar un estado islámico ajeno a la corrupción del sistema y que, además, corrija las deformaciones éticas provenientes de Occidente (Boko Haram quiere decir eso, “la educación occidental es un pecado”).

El recurso a la religión no es, por supuesto, privativo de los musulmanes.

En Uganda, país diferente, pero con las mismas constantes básicas de Nigeria, existe otra organización bastante similar a la nigeriana, el Ejército de Resistencia del Señor, de filiación cristiana.

Su líder Joseph Kony dice que su objetivo final es imponer el cumplimiento, en una interpretación literal y estricta, de los diez mandamientos tal como figuran en la Biblia.

Kony secuestró a miles de niños y los obligó a sumarse a sus fuerzas paramilitares, que según algunos llegaron a tener más de cien mil efectivos. Intentó derrocar al gobierno ugandés, pero fue derrotado por el ejército nacional.  Hoy se asume que encabeza una pequeña fuerza que se esconde probablemente en el Congo.

No hay una sola explicación para la existencia de tales organizaciones, ni justificación alguna para sus métodos bárbaros.

No es solo, desde luego, la simple interpretación de una religión, que tiende a restituir sus interpretaciones originales, casi siempre vinculadas al cumplimiento de una ética pasada.

Es sobre todo la existencia de gigantescas disparidades y de un abandono colosal de regiones y poblaciones, castigadas por el hambre y la represión.

Que han existido durante muchos años, ante la mirada insensible y cómplice de los mismos que ahora descubren a Boko Haram y se escandalizan ante el secuestro de las escolares.

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