Opinión

Ucrania: expectativas del fin de semana

El referéndum promovido por los separatistas de origen ruso para mañana domingo puede abrir otra difícil etapa en la crisis ucraniana

Joaquín R. Hernández |

El escenario físico y el histórico no podían ser mejores.  Durante décadas, el día en que se conmemora en Rusia la victoria sobre el fascismo hitleriano ha provocado un auténtico estallido de recuerdos y de sentimientos en toda la población de Rusia.

Es un día en que el orgullo nacional alcanza las cimas más encumbradas.

Veinticinco millones de personas, habitantes de las repúblicas que componían la Unión Soviética, murieron en el enfrentamiento a invasiones y a cercos de las tropas hitlerianas y de sus aliados, y los combatientes soviéticos escenificaron una de las grandes epopeyas de nuestro tiempo.

Ahora la fecha venía como anillo al dedo, cuando Rusia, dirigida por un Vladimir Putin que está en el tope de su popularidad, veía desfilar una muestra de sus poderosas fuerzas armadas  en el impresionante y clásico escenario de la Plaza Roja de Moscú.

Y a continuación, concluido el desfile, Putin se trasladó a Sebastopol, en Crimea, y allí presenció, a escala local, una manifestación semejante.

El simbolismo es evidente y agrega un nuevo elemento de valoración a la cambiante escena ucraniana.

Las paradas militares y los pronunciamientos en ellas (“Esta es la fiesta en la que el invencible poder del patriotismo triunfa”, dijo Putin.  “Cuando todos sentimos particularmente lo que es ser fiel a la patria y cuán importante es defender sus intereses”) son más importantes en el plano político que en el militar.

Las conmemoraciones de la victoria sobre el fascismo en Moscú y en Sebastopol fueron una vigorosa muestra de los temas repetidos en los discursos en ambos sitios: fortaleza, heroísmo, lucha, resistencia. Y el mensaje trazó un amplio arco de unión del sentimiento nacional ruso a través de la historia, desde Catalina la Grande, hace 250 años, hasta la resistencia de Sebastopol durante los 225 días que duró su ocupación por los nazis.

Dos días antes, Putin había hecho declaraciones inesperadas.  Al pedir que no se realizara el referéndum para la separación de los territorios orientales de Ucrania y al ordenar el repliegue parcial de las tropas desplegadas en la frontera ucraniana, pareció que se producía un debilitamiento de las posiciones de la dirección rusa.

Pero a la luz de la fuerte imagen demostrada en las conmemoraciones, la lectura es otra.

 

A favor del diálogo

El mensaje sobre el referéndum no es distante de la posición que Rusia, desde temprano, adoptó ante el conflicto ucraniano.  Desde sus inicios, las autoridades rusas propusieron el camino del diálogo  –acompañado de las advertencias a los grupos fascistoides y del apoyo a los pobladores de origen étnico ruso–  y de reformas constitucionales que ofrecieran una mayor autonomía a las regiones de Ucrania oriental.

Desde ese ángulo, el llamado al diálogo y a no precipitar nuevas situaciones  –como resultaría del referendo– refleja más una posición de confianza en las propias fuerzas que de rectificación o debilidad.

Rusia sabe que la crisis ucraniana tiene para Occidente un efecto más mediático que real.  Estados Unidos mantendrá una voz alta y amenazante, pero nadie allí apoyaría una confrontación con Rusia por causa de Ucrania.

Europa es un caso todavía peor.  Fragmentada y dependiente, no haría un papel honroso ni siquiera en una eventual negociación.

El periodista español Lluis Bassets, en el diario El País, sin ahorrarse críticas personales a Vladimir Putin ni afirmaciones tendenciosas, contrasta la asimetría que, ante el caso ucraniano, existe entre la Unión Europea (UE) y Moscú: ese bloque, “casi con tantas posiciones como Estados conforman la UE, sin claridad de objetivos ni apetito alguno de acción, que no cuenta con el poder duro (hard power) ni siquiera el de las herramientas más elementales que son la información y el espionaje”, y enfrente, Vladimir Putin, “exjefe de la KGB, al mando de una fuerza militar centralizada y disciplinada y de unos excelentes servicios secretos, perfectamente preparados para acciones encubiertas, esmerados en la técnica de la provocación y cada vez más modernizados en la propaganda y el contraespionaje”.

Y en Ucrania, “el Gobierno de Kiev, de dudosa legitimidad de origen, no se ha legitimado en el ejercicio del poder”.  “Ucrania es lo más parecido a un Estado fallido que hay ahora mismo dentro de Europa, con el añadido de que se halla fuera del perímetro defensivo de la Alianza Atlántica y en una situación de desequilibrio abismal de fuerzas respecto a Rusia.”

Mientras,  las sanciones mantienen un efecto limitado: los líderes europeos y estadounidenses temen dañar sus propias economías al castigar a Moscú.

De cualquier manera, se juega un delicado ajedrez, al que el referéndum del domingo añadirá componentes imprevisibles.

Desaconsejados por Putin, y deslegitimados por Occidente, los abanderados de la Nueva Rusia (Novorossia), integrada por las regiones de Donetsk, Lugansk, Járkov, Odessa y Nikoláyev, han insistido en el referéndum.

De aprobarse la separación, enfrentarían una difícil labor de estabilización y de gobierno y, de cualquier forma, tendrían que abordar el entonces más delicado tema de las relaciones con el gobierno de Kiev.

Este, por su parte, acometerá el próximo día 25 la realización de elecciones presidenciales, en busca de la legitimidad que le niega la oscura, tormentosa y hasta criminal forma en que llegó al poder.

Que es, en esencia, la verdadera explicación de la crisis que vive el país.

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