Opinión

¿Geopolítica sin petróleo?

Un mundo con otro esquema energético comienza a ganar terreno

Joaquín R. Hernández |

Causa de guerras o componente de los mayores conflictos del mundo en que vivimos, el tema energético, sin que nos percatemos, está evolucionando de forma tal que cambiará una buena parte de los supuestos geopolíticos conocidos.

Hoy está presente en varias regiones y en varios conflictos.
El caso del Oriente Medio es paradigmático.  El control del gigantesco asiento petrolero de la zona por las potencias occidentales ha sido el fundamento de dos guerras recientes: la invasión yanqui a Iraq y la participación de la Unión Europea y los estadounidenses en la revuelta libia.

Las cifras ayudan a comprender estas realidades.  Según cifras de British Petroleum de 2012 y 2013, en Oriente Medio se encuentra el 49 por ciento de las reservas petroleras del mundo.  Arabia Saudita posee el 16 por ciento del petróleo de estas, solamente adelantada  por Venezuela, con el 18 por ciento.

Iraq, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos representan el 21 por ciento.
En la producción pasa otro tanto.  Nuevamente Arabia Saudita lidera la producción regional –que es la tercera parte del petróleo que se extrae en el mundo–, con un 13,3 por ciento del total.

Pero existen otros grandes productores: Rusia, el segundo en el mundo, extrae el 13 por ciento del petróleo que se consume, y Estados Unidos, con números en incremento, el 9,6. Pero estas cifras no cobran sentido si no las cruzamos con las del consumo.

Estados Unidos consume nada menos que el 20 por ciento de todo el petróleo extraído en el planeta, muy por delante de las economías que le siguen en el escalafón mundial: China, con un 11,3 por ciento, y Japón con un 5,3.

Los tres campeones de las reservas de gas son Rusia, con casi un 18 por ciento de las existencias mundiales y una cifra similar de producción, Irán, con un 18 por ciento, y Qatar, con un 13 por ciento.  Estados Unidos es el mayor productor, con el 20 por ciento, pero con igual cifra de consumo.

Si agregamos a la presencia y la producción petrolera otros elementos, como el trazado de los oleoductos, tendremos un entramado significativo para comprender muchas de las complicaciones de la política internacional.

El caso más reciente es el de las tensiones ruso europeas.  Como se ha esclarecido tantas veces cuando se ha hablado de sanciones, para Europa el enfrentamiento tiene el gran límite de su sensible dependencia energética de Rusia.

Para Rusia es una ventaja para hoy, pero un problema a largo plazo, por la extrema dependencia de su economía de las exportaciones energéticas.

Pero no es solo el problema de Rusia.  Estados Unidos intenta elevar a toda costa su producción petrolera para disminuir significativamente su dependencia del volátil Oriente Medio, donde tiene pocos amigos y demasiados problemas.

Y poderse consagrar al que considera su escenario más importante, actual y sobre todo futuro: la región de Asia Pacífico.

Durante su reciente gira asiática Barack Obama ha instado a Japón a lograr también su soberanía energética, apostando, como lo ha hecho su administración, a la extracción de petróleo y gas de esquisto.

Con poco éxito, los japoneses, importadores sedientos de combustible, y  más preocupados que nadie por la otra opción que conocen,  la energía nuclear, pueden llegar a tener más petróleo o más gas, y caer en un problema mayor: la escasez de agua potable, especialmente sensible en el caso de las islas.

La solución final

En silencio y entre incredulidades ha avanzado más de lo que imaginamos la opción del futuro: la producción de energía utilizando fuentes renovables.

Lo que hasta ahora parecía un sueño de innovadores, inicialmente con un alto componente financiero y una eficiencia discutible, es ya, en algunos países que no han cejado en este empeño, una realidad palpable y económicamente ventajosa.

El caso más conocido es el de Dinamarca.  Con 7 mil 300 kilómetros de costa y buenos regímenes de viento, los daneses obtienen el 43 por ciento de su energía del viento y de la biomasa, y planean llegar al 70 por ciento en el 2020 y al cien por ciento en el 2050.

Una firma sueco germano danesa proyecta, por ejemplo, una instalación eólica de 600 megavatios  –lo que produciría, o más, un reactor nuclear–  en aguas compartidas por los tres países, en el 2020.  Y ya el pasado año se inauguró otra de 400 en una isla danesa, con turbinas de viento Siemens.

No son los únicos ni los más avanzados. Desde los años 80, Islandia y Noruega casi no utilizan otra energía que no sea renovable.

El problema hoy en otros países consiste en romper la inercia  –es decir, recomponer toda la estructura de producción de energía–  y alzarse contra los intereses asociados al statu quo.

¿Cómo serán las relaciones mundiales cuando se haya concluido el largo proceso de transformación del esquema energético actual, y convivan los combustibles fósiles con la energía solar, la eólica, la proveniente de la biomasa, y otras que escapan a nuestra imaginación?
Por ahora, inimaginables.

Pero el planeta será mucho más limpio y el clima, hoy en constante degradación, lo agradecerá.

Los hombres tendrán que buscar otros pretextos para guerrear entre sí. Es necesario que, junto a la permanente evolución de las tecnologías, evolucionen crezcan también la sensatez y la voluntad política en esa dirección, para beneficio de toda la humanidad.

Otros datos de interés:
La energía eólica proporciona el 3 por ciento de la demanda global de electricidad, y pronto sobrepasará a la generada por plantas nucleares.

En España y Dinamarca, la energía eólica provee el 20 por ciento de la electricidad, y en Alemania el 10 por ciento.  Los expertos alemanes indican que en su país esta cifra crecerá hasta el 20 o el 25 por ciento en el 2020.

A fines del 2011, según la World Wind Energy Association,  las turbinas eólicas generaban 237 gigawats: equivalentes a la generación de 280 plantas nucleares (hoy existen 380 plantas nucleares en el mundo, cifra que tiende a disminuir).

Cada año crecen las turbinas eólicas en un 20 por ciento, y la WWEA pronostica que su generación llegará a mil gigawats en el 2020.
China tiende a convertirse en puntera en este proceso.  En el 2011, la mitad de la nueva capacidad creada se instaló allí, por delante de Estados Unidos y Alemania.  Pero aún, como era de suponer, su per cápita es bajo y solo el 3 por ciento de su energía proviene del viento.

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