Opinión

Pocas sorpresas en Ucrania

Los sucesos que ocurren en la zona este de Ucrania eran previsibles desde el inicio de la crisis

Protestas Ucrania
Protestas contra el Gobierno autoproclamado recorren ciudades de Ucrania | RIA Novosti

Joaquín R. Hernández |

Nada de lo que ocurre hoy en Ucrania estaba fuera de los pronósticos.

En el gran país de Europa oriental, históricamente, coexistieron orígenes étnicos y culturales diferentes.  Durante la mayor parte del siglo 20 las contradicciones internas o no existieron o no alcanzaron niveles significativos.  No obstante, al sobrevenir la implosión de la Unión Soviética, y comenzar a operar en Ucrania intereses ajenos,  las divisiones internas en la población del país adquirieron otras connotaciones.

La zona occidental tomó un rumbo ideológico propio, diferente a las regiones no solo lindantes con Rusia, sino donde la población de origen ruso predominaba en cantidad y en influencia social.

Y en ese espejo se miraron las renovadas contradicciones geoestratégicas entre una Europa Occidental obediente a Estados Unidos, y una Rusia que volvía a levantar su lastimado orgullo nacional, y expandía en todas direcciones una economía y una influencia política crecientes.

Para la OTAN  había surgido el enemigo que necesitaba para legitimar su existencia y su elevado gasto militar.

Ucrania no era solamente otro escenario de enfrentamiento a la renaciente influencia rusa, sino que era la perla de la corona del espacio post soviético.

Pero los procesos sociales no pueden dirigirse burdamente y desde miles de kilómetros de distancia.  De ahí que un golpe de estado, presentado como una revolución, con participación de grupos variopintos, desde oportunistas residentes dentro y fuera del país, hasta neonazis convictos e inescrupulosos, no fuera capaz de torcer tranquilamente el rumbo de la gran nación euro oriental.

La rus ucraniana fue un antecedente histórico de toda la cultura rusa.  El parentesco antropológico fue seguido por una historia común, que alcanzó cumbres en el enfrentamiento al fascismo, contra las tropas nazis y sus colaboradores internos.

Un golpe de estado inorgánico y aventurero no podía resolver de un plumazo la adhesión de las regiones étnicamente rusas a un gobierno que hacía filas con Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN, contra Rusia.

Lo que tenía que suceder, por lo tanto, sucedió.

Hoy una noticia de la toma de los edificios principales de una ciudad oriental, sean Donetz, o Luhansk o Horlivka o Slovyansk no anuncia nada imprevisible, sino la marcha creciente de una oleada separatista que actúa con perfecta lógica histórica, cultural y política.

No hace falta “la mano de Moscú” para alentar a las poblaciones de la región a tomar distancia por cualquier vía, incluidas las armas, del nebuloso gobierno de Kíev.

Ni puede el gobierno golpista cortar este movimiento.

Es el propio presidente actuante Oleksandr V. Turchinov quien lo admite: “Es difícil aceptarlo, pero es la verdad.  La mayoría de las fuerzas (afines a Kíev) son incapaces de llevar a cabo sus deberes”, plagadas de “inactividad, impotencia y criminal traición”.

 “Seré franco”, añadió.  “Hoy, las fuerzas de seguridad son incapaces de hacerse cargo de la situación rápidamente en las regiones de Donetsk y Luhansk…  es más, algunas de estas unidades están o ayudando o cooperando con las organizaciones terroristas”.

Es decir, con las fuerzas nacionalistas de origen étnico ruso, que por otra parte se preparan para una jugada mayor: la realización de un referéndum el 11 de mayosobre  su autonomía  — y no sobre la adhesión a Rusia, variante que no ha aparecido en ninguna declaración.

Referéndum que no solamente cohonestaría  estas aspiraciones, sino que daría un tiro de gracia a la convocatoria de Kíev a elecciones presidenciales para dos semanas después, elecciones para las que no se ha realizado tarea preparatoria alguna.

La gran prensa hace de las suyas

Ciertamente, los separatistas de Ucrania oriental han recibido toda la atención de la gran prensa de Occidente. Con sistematicidad han referido sus acciones, la toma de rehenes y sus intenciones políticas.

Sin embargo, como suele suceder, otros sucesos de interés han sido remitidos al olvido o al silencio premeditado.

Nadie habla ya de la agresión a los diputados comunistas y del Partido de las Regiones en febrero pasado, a raíz del golpe de estado.

Ni de los ataques contra canales de televisión, como el Inter, el segundo en teleaudiencia nacional, ocupado por hombres armados.

O de la interrupción de las transmisiones de los canales rusos que se difundían en Ucrania,  ordenada por la Comisión Nacional de Radio y Televisión.

Ni de la ocupación de la agencia de prensa Golos.ua por hombres armados.

Ni del asalto a la sede del periódico Comunista, órgano del Partido Comunista de Ucrania.

O del arresto más reciente, en la oriental ciudad de Jarkov, de setenta militantes en una llamada operación antiterrorista.  Según trascendió, en la operación participaron mercenarios extranjeros, posiblemente contratados a la empresa Greystone, que se dedica a operaciones militares.

El listado existe, y es interminable.

Por tanto, no es difícil profetizar en estas circunstancias:  el gobierno ucraniano es incapaz de hacerse cargo de la situación creada, en virtud de su origen y de su tenebrosa constitución;  la región oriental de Ucrania, en cualquiera de las variantes que están sobre la mesa  –repúblicas populares y democráticas, autonomías, federación–  marcha indeteniblemente hacia un status que reconozca su personalidad y su identidad histórica, cultural y étnica.

Lo que nos sitúa en un nuevo plano en la evolución de la crisis ucraniana.  Y nos acerca más al peligro de la guerra civil,advertido hace semanas por Vladimir Putin.

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