Opinión

La CIA, el Senado y la galería de los horrores

Nuevas revelaciones del informe del Comité de Inteligencia del Senado estadounidense ha evidenciado los bárbaros métodos utilizados por la CIA contra sus prisioneros

Activistas de Amnistía Internacional protestan por las torturas en Guantánamo
Activistas de Amnistía Internacional protestan por las torturas en Guantánamo | Reuters

Joaquín R. Hernández |

Semanas atrás comentamos el encontronazo de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos con el poderoso  –y hasta ese momento su aliado–  Comité de Inteligencia del Senado, por el espionaje sobre el personal de ese Comité que investigaba la utilización de la tortura en los  interrogatorios de la Agencia.

Las investigaciones han posibilitado conformar un ultrasecreto informe de más de seis mil páginas,  donde se describen con abundancia los métodos brutales e inhumanos empleados contra los prisioneros vinculados a la famosa lucha contra el terror, iniciada durante el gobierno de George W. Bush.

En un país que enarbola la defensa de los derechos humanos como bandera y pretexto para justificar sus acciones punitivas contra otras naciones, las revelaciones del informe    desnudan su verdadera raíz.

La presidenta del Comité, Dianne Feinstein, antes defensora de la Agencia en momentos para ésta difíciles, había encabezado esta vez la ofensiva contra el servicio de inteligencia. 

Sin embargo, luego de un vigoroso cruce de espadas con el actual director de la CIA, Feinstein, entrevistada en el programa State of the Union, de la cadena CNN, y según una información de Prensa Latina, “evitó seguir hablando sobre las acusaciones que hizo a la CIA el pasado 11 de marzo, aunque comentó que la Agencia hizo algo incorrecto, de lo cual no quería seguir hablando”.

Pronto sabríamos más.  La confrontación ha alcanzado en estos días un nuevo y más alto nivel, al producirse una de las interesadas filtraciones, habituales en la política norteamericana, que vuelve a poner en jaque a los dirigentes de la Agencia.

Fuentes que pidieron respeto a  su anonimato, revelaron al diario Washington Post momentos del informe en que se evidencia que la CIA ocultó y engañó al gobierno y al público sobre su brutal programa de interrogatorios.

La información reveló detalles sobre la severidad de los métodos, sobre la sobreestimación con que la Agencia presentaba las conspiraciones y los prisioneros contra los que actuaba, y sobre su obtención con recursos violentos de informaciones que, en realidad, los prisioneros habían revelado antes, por otros procedimientos y ante otros actores, sin necesidad de recurrir a la fuerza.

El caso bin Laden 

Las torturas, revela el informe, no han sido productivas en los interrogatorios.

El caso más escandaloso fue la ubicación y ajusticiamiento posterior de Osama bin Laden.

En el momento de producirse la operación contra bin Laden, altos funcionarios del pasado gobierno de Bush utilizaron el hecho para defender las prácticas salvajes de interrogatorio que ellos habían legalizado.  El éxito de la cacería, dijeron, había sido el resultado de estos métodos.

Sin embargo, los funcionarios que filtraron partes del informe argumentaron que una gran cantidad de registros de interrogatorios indican que la información más valiosa sobre al Qaeda, incluida la localización de su líder y su posterior asesinato en el 2011, tenía poco que ver, o casi nada, con las llamadas “técnicas de interrogatorio ampliadas”.

El uso del “waterboarding” o simulacro de ahogamiento de los interrogados, entre otros métodos brutales, no habían producido evidencias que condujeran a la ubicación del saudita.

El Washington Post explica que el detenido más importante vinculado a la investigación sobre bin Laden fue Khalid Sheikh Mohamed, acusado de ser el cerebro tras los atentados del 11 de septiembre. Khalid Mohamed fue sometido al “waterboarding” ¡183 veces!, tras lo cual, afirma la Agencia,  entregó el nombre de un supuesto correo que lo enlazaba con el dirigente de al Qaeda.

La realidad, dice el informe, es que Mohamed resistió la tortura y solamente entregó el nombre del supuesto correo meses después, en un interrogatorio convencional.  Mohamed, además, nunca dio tanta relevancia al supuesto correo y negó conocer su verdadero nombre.

Las secciones filtradas del voluminoso informe narran otros casos como éste, en los que la CIA, para legitimar el uso continuado de estas formas de interrogatorio, les atribuye éxitos inexistentes.

El detalle de estas técnicas conforma una galería de horrores, que revela la sucia entraña, no solamente de estos servicios, sino del sistema que los autorizó.

Porque si el ya famoso “waterboarding” es indignante, otros métodos que se citan compiten con éste en crueldad y en agresión a la dignidad y a la vida de los detenidos.

Es el caso de la violación de detenidos con palos de escoba, o de la inmersión de los sospechosos en tanques de agua helada. 

Así ocurrió con Ammar al Baluchi, interrogado en una cárcel secreta, Salt Pit, cerca de Kabul.  Como parte del interrogatorio, se le introducía en un tanque de agua helada, donde se le hundía la cabeza hasta casi ahogarlo, se le golpeaba con una porra y se aplastaba literalmente su cabeza contra la pared.

El informe cita también la continuación de las torturas, pese a que los interrogadores saben que los prisioneros ya no tienen nada más que revelar.

Y el abandono de los interrogatorios por oficiales de la CIA en Tailandia, repugnados por las barbaridades que presenciaban. 

¿Derechos humanos?  Salvajismo e hipocresía convertidos en política de estado.

Nada que los latinoamericanos no conozcamos. 

Métodos equivalentes, y peores, fueron empleados contra nuestros pueblos por las dictaduras militares del continente, asesoradas por especialistas norteamericanos.

Dictaduras,  todas,  aliadas de Estados Unidos.

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