Opinión

Las vueltas que da el mundo

El viaje actual de Barack Obama a Arabia Saudita era impensable meses atrás

El presidente de EEUU, Barack Obama y el rey Abdalá cerca de Riad
El presidente de EEUU, Barack Obama y el rey Abdalá cerca de Riad | Reuters

Joaquín R. Hernández |

Retrocedamos en el tiempo solo unos meses.  El presidente estadounidense Barack Obama se había introducido en un complejo compromiso, cuando hizo depender una escalada en su política hacia Siria, de la utilización de armas químicas por parte del gobierno de Damasco.

Al fin ocurrió.  Todavía hoy abundan las evidencias de que el uso de armas químicas fue el resultado de una acción de la fragmentada e incontrolable insurgencia contra el presidente Bachar el Assad.

Pero la situación estaba creada y, por supuesto, la versión occidental, largamente amplificada por sus poderosos medios, culpó al gobierno sirio.  Barack Obama se vio en la peor situación: escalar violentamente una guerra en la que evidentemente no ha querido involucrarse, más allá de los apoyos logísticos y de inteligencia.

Fue el momento en que Rusia, paradójicamente, acudió en su ayuda.  Con la sartén tomada por el mango, la dirección rusa le ofreció la posibilidad de una salida airosa, mediante la disposición del gobierno sirio de entregar todo su armamento químico.

Luego se vio a los estadounidenses y a los rusos intentando mediar de conjunto, en colaboración difícil, pero colaboración al fin, en el ya prolongado y sangriento conflicto.  Igualmente, las elecciones iraníes abrieron las puertas para el acercamiento entre Washington y Teherán, para negociar una salida al dilema del programa nuclear iraní.

Ahí comenzó la ira de dos de los aliados más estrechos de Estados Unidos: Israel  –no hace falta explicar por qué–  y Arabia Saudita, primer exportador mundial de petróleo y el pilote fundamental  –perdido el régimen de Mubarak–  de los estadounidenses en el mundo árabe.

Para Riad fueron dos pésimas noticias el acercamiento con Irán, su némesis en el orden confesional  –los sauditas, guardianes de los lugares santos del islam, pretenden ser la máxima autoridad del mundo sunita;  Irán es el más poblado e influyente país chiita, incluida la población chiita de la zona petrolera de Arabia Saudita– , al igual que unas negociaciones sobre Siria que podrían dejar a un lado a los terroristas generosamente estimulados material y políticamente en su lucha contra el gobierno del partido Bath.

A esa mala noticia seguiría otra: Estados Unidos avanzaba consistentemente hacia la reducción de su independencia energética del Oriente Medio, léase de Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo Pérsico.

El fin de la luna de miel

La situación de Ucrania y Crimea parece haber terminado, para un largo rato, la pequeña luna de miel entre estadounidenses y rusos.

Si las especulaciones apuntaban a un cambio en la estructura de las relaciones de las dos potencias en la región  –en virtud de la cual Estados Unidos aceptaba distribuir sus áreas de influencia con Rusia, manteniendo sus nexos con sus aliados petroleros, mientras mirarían hacia otro lado ante los lazos crecientes entre Rusia, Siria e Irán–, ahora todo parece comenzar a cambiar nuevamente.

La visita de Obama a Riad es un síntoma.  Estados Unidos no puede desentenderse de su amistad con el reinado de la casa Saud. 

Un despacho de Russia Today recuerda que los estadounidenses mantienen una importante base militar a escasos veinte kilómetros de la capital árabe, Eskan Village, así como la hoy inactiva de King Fahr.

Son, por cierto, testimonio de un hecho que tuvo trágicas consecuencias para Estados Unidos.  Ambas fueron utilizadas como punto de partida para las tropas norteamericanas en su primera invasión a Iraq, en 1991.  Y fue la ayuda del reino saudita a los invasores de un gran país árabe e islámico, la que indignó a quienes en otro tiempo  –la lucha contra los soviéticos en Afganistán–  habían recibido todo el apoyo de Estados Unidos. 

Ossama bin Laden consideró inadmisible la cooperación saudita con los norteamericanos en aquella primera guerra del Golfo y se convirtió, junto con sus seguidores, de aliado en feroz enemigo de ambos.  El resto de la historia es bien conocido.

Ahora Obama intenta tranquilizar al rey y a los príncipes sauditas.

Recibido con los honores correspondientes, sus voceros anunciaron que el presidente norteamericano intentaría serenar a sus anfitriones y convencerlos de que Estados Unidos no se desentenderá del mundo mesoriental.

El Consejero de Seguridad Nacional Adjunto, Ben Rhodes, explicó que la coordinación con el reino ya es hoy superior al “otoño, cuando tuvimos algunas diferencias tácticas con relación a nuestra política respecto a Siria”.

A su vez, Riad tratará de sacar partido del cortejo que recibe de los yanquis para urgirlos hacia una posición de mayor compromiso con el suministro de armas a las facciones insurgentes sirias que reciben respaldo saudita.  Incluidos cohetes portátiles tierra aire, que Estados Unidos hasta hoy se ha negado a suministrar, por temor al uso que sus receptores, terroristas, puedan hacer de ellos contra objetivos estadounidenses.

En un terreno más especulativo, otras  versiones sugieren que Obama pedirá ayuda para bajar los precios mundiales del petróleo  –en los que Arabia Saudita es decisiva–  y golpear así los ingresos de la economía rusa.

Son signos, importantes signos, de la velocidad a la que se mueve hoy la política internacional.

Abrumados por el empuje ruso, preocupados por la posibilidad de que nuevas zonas de Ucrania se desgajen del endeble gobierno espurio que resultó del golpe de estado, Estados Unidos y sus aliados se repliegan sobre sus viejas alianzas.

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