Opinión

Ucrania, los peligros no cesan

Las grandes potencias se enfrentan en torno al futuro de Ucrania y de Crimea. Es la reedición de una vieja historia, hoy con mayor gravedad

Ucrania-Rusia
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Joaquín R. Hernández |

Mientras en Venezuela los focos de vandalismo están bien localizados en zonas tradicionalmente “guarimberas”, del otro lado del Atlántico la crisis ucraniana entra cada día en una nueva y más peligrosa fase.

Una de las mayores sorpresas que nos ha deparado la información sobre este país de Europa oriental es comprobar cuán poco sabíamos de Ucrania y, menos aún, de Crimea.

Sin embargo, en su historia abundan otras sorpresas.

El parlamento de Crimea, como se ha informado, votó por la separación de Ucrania y por unirse a Rusia, y convocó un referendo al respecto para el próximo 16 de marzo. Inmediatamente sonaron las alarmas en Occidente, las voces de los personeros de Estados Unidos y la Unión Europea se alzaron con advertencias a Rusia y hasta se empezaron a prefigurar sanciones para el gran país euroasiático.

No es la primera ocasión que Ucrania es fuente de conflicto.

La historia de Ucrania gusta de los números cerrados. Hace 360 años, Bogdan Khmelnitski, jefe de un destacamento cosaco que se enfrentaba a la dominación polaca de entonces, juró fidelidad al zar ruso. Así Ucrania entró en el imperio zarista definitivamente y, salvo un corto período de independencia entre 1917 y 1920, su integración a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas reforzó la identidad de una parte del país, étnicamente rusa, que convivía en difícil coexistencia con la etnia propiamente ucraniana.

No es nuevo que la zona occidental de Ucrania mire hacia el oeste europeo: a lo largo de los siglos, esa región fue parte de Polonia, de Lituania y del imperio austro húngaro. La religión dominante, aunque sigue el rito ortodoxo, reconoce la autoridad del Papa de Roma.

Del lado oriental, la población es básicamente ortodoxa rusa, y el ruso es hablado por la mayoría de su población: el 31 por ciento era, en la década del 90, étnicamente rusa y esa proporción no debe haber variado sustancialmente.

Crimea forma parte de ese contexto. Pero allí los rusos son el 60 por ciento, lo cual es lógico: integraba Rusia hasta que en 1954, el ucraniano Nikita Jrushov, al conmemorarse los 300 años -otra vez las cifras cerradas- de la histórica decisión de Khmelnitski, la transfirió a Ucrania.

Samuel Huntington, veterano profesor de Harvard, publicó en 1996 su obra más conocida -más sonada, comentada y criticada— El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Si bien sus conclusiones reaccionarias fueron justamente criticadas, sus análisis no carecen de interés.

Ucrania, por ejemplo, fue un caso de estudio, por la convivencia, difícil, de estas dos civilizaciones.

La ruta histórica

Tal como relata, después de 1992 comenzaron las tensiones entre ambas culturas en el interior ucraniano. Una elección presidencial entre un líder -Leonid Kravtchuk-, candidato de las regiones occidentales, y otro -Leonid Kutchma- que representaba a las trece provincias del este, con fuerte población rusa, lo puso de relieve.

Las elecciones fueron en 1994 -340 años después de la decisión de Khmelnitski, otra fecha cerrada- y por un estrecho margen venció Kutchma. El proceso electoral mostró claramente la división a la que ya Ucrania no podría escapar.

Huntington prefiguró escenarios futuros, uno de los cuales parece de estos días: Ucrania podría dividirse a lo largo de la línea imaginaria que divide a ambas culturas.

Y explica interesantes antecedentes sobre Crimea.

Aunque al desaparecer la Unión Soviética la población de esta península saludó la independencia de Ucrania, en 1992 el parlamento local -como hizo ahora- votó por la independencia. Las presiones ucranianas no se hicieron esperar -como sucede ahora también- y el parlamento dio marcha atrás a su decisión.

Por su parte, el parlamento ruso en 1994, -en actitud paralela a la asumida ahora- votó por la anulación de la decisión de Jrushov que cedía Crimea a Ucrania, tomada 40 años antes.

Los crimeenses eligieron entonces un presidente que hizo campaña a favor de la unidad con Rusia, llamó a un referéndum y a negociaciones en tal sentido con Kíev. Pero también se replegó ante las presiones ucranianas.

Fue el momento en que los votos dieron la presidencia a Kutchma, y el ardor secesionista de Crimea, dice Huntington, cedió.

Pero la secesión podría ser total. Y advierte premonitoriamente: “Una Ucrania pro occidental no sería viable sin un fuerte apoyo occidental.  Lo que solo sería posible si las relaciones de Occidente con Rusia se deterioraran gravemente a semejanza de lo que fueron durante la guerra fría”.

¿Para qué el recorrido histórico?

Porque la historia permite entender mejor el presente. Y nos alerta que esta reiteración de ahora es la más grave de todas. Si antes los reclamos secesionistas miraban a una Rusia cuya proyección internacional, de un día para otro, se había hecho irrelevante, ahora el viejo gigante euroasiático ha recuperado una dimensión mundial que lo convierte en factor inevitable en el orden internacional vigente, y opuesto a los intereses occidentales.

Y si entonces la influencia europea se limitaba a los países limítrofes con Ucrania, en los últimos años el control de este país, frontera o zona tapón, como se quiera, con la reemergente Rusia, es apetecido por Estados Unidos, por sus aliados, y por su organización militar, la OTAN.

El conflicto está planteado. Veremos qué logra la diplomacia.

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