Opinión

El homenaje a un revolucionario inmortal

El masivo y devoto homenaje a Hugo Chávez inundó este miércoles cinco de marzo las calles de Venezuela

Paseo de los Próceres
El pueblo venezolano recordó a Chávez en el Paseo de los Próceres | Yaimí Ravelo

Joaquín R. Hernández |

Para decepción de la derecha internacional y venezolana, lo que distinguió ayer a Caracas no fueron las violentas guarimbas contra el gobierno bolivariano.

Las calles fueron tomadas, con una mezcla de alegría y veneración, por miles de hombres y mujeres, por soldados, todos del pueblo, que honraron la memoria de su líder imperecedero, Hugo Chávez.

La conmemoración sobrepasó las fronteras venezolanas, del mismo modo que las traspasó Chávez. Al morir, tenía garantizada la trascendencia. Físicamente ya no remitía a la imagen del joven soldado, que súbitamente se había adueñado de las primeras páginas de los medios noticiosos con su intento de rebelión en 1992.

Hoy es fácil valorar aquella asonada como el primer llamado en nuestros tiempos a la verdadera independencia de Venezuela, y vincularlo a la apertura de una nueva época en el continente.

Gracias a la revolución chavista y a su raigambre bolivariana, otros procesos, anteriores y posteriores, comprometidos con el destino de los humildes, encontraron el apoyo solidario no solo para la extensión de su obra social, sino para su propia supervivencia, cuando el mundo se sumergió en el abismo de la crisis económica desatada por Estados Unidos.

Y desde entonces también, el imperialismo encontró en una América Latina unida un serio obstáculo para hacer avanzar sus intereses de la forma descarnada que le era habitual. A cada intento por descabezar ese movimiento, seguía una radicalización mayor de los procesos en marcha.

Por segunda vez en dos siglos, Venezuela desempeñó un papel avanzado en las luchas independentistas del continente.

He buscado sin éxito un discurso de Fidel Castro en los inicios de los 70, cuando la explosión de los precios del petróleo transformó absolutamente las capacidades económicas de Venezuela. Fidel emplazó a la dirección venezolana de entonces a desempeñar un papel efectivo, con los cuantiosos recursos de que dispuso, en la ayuda a sus hermanos latinoamericanos.

No fue, por supuesto, un ejercicio retórico: fue la convicción de que Venezuela podía volver a ser puntera, en este caso en la economía, de una solidaridad latinoamericana como pedía la tradición bolivariana.

Un país decisivo

Los ojos latinoamericanos y caribeños siempre estuvieron puestos en la evolución de la política del gran país. Frustradas desde antes las esperanzas guerrilleras, la oligarquía venezolana y su peculiar sistema democrático se entregaban entusiasmadas a lo que se convirtió en su mayor afición: cavar su propia sepultura.

El “caracazo” de 1989 fue la gran alerta de que las estructuras del poder tradicionales de la Cuarta República comenzaban a fracturarse.

Pocos años después llegaba la extraña noticia: jóvenes militares, encabezados por otro joven paracaidista, absolutamente desconocido, habían intentado un golpe militar contra el gobierno corrupto y delincuencial de Carlos Andrés Pérez. Con gallardía marcharon a prisión, no sin antes proclamar sus verdaderas intenciones y prometer que su lucha continuaría.

América Latina ha estado asolada en su historia por las acciones violentas de caudillos de ascendencia militar y por golpes de estado tramados por el imperialismo. Tras ellos aparece siempre una extensa estela de sangre del pueblo.

Pero también ha habido militares que han encabezado procesos populares, con más o menos limitaciones, pero claramente distintos de los anteriores. Son los casos clásicos de Perón, de Getulio Vargas, o de Velasco Alvarado.

Hugo Chávez desapareció de los titulares hasta su salida de prisión.  Al salir, solo un raro signo llamó la atención: cumpliendo una invitación para viajar a Cuba en 1994, abordó un avión de una línea comercial regular. Para su sorpresa, al asomarse a la escalerilla en el aeropuerto habanero, vio que al pie de ella lo aguardaba Fidel Castro.

Por supuesto que ni siquiera Hugo Chávez conocía la frase del presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika: “Fidel tiene la capacidad de viajar al futuro, regresar, y hacernos el cuento de lo que va a suceder”.

Eran épocas difíciles para la izquierda en el mundo. Con el colapso del bloque socialista europeo y de la Unión Soviética, las brújulas ideológicas se apagaron o enloquecieron.

Chávez encontró en el continente, sin embargo, la acción revolucionaria que en el poder, desde fuera de él, u otra vez en el poder -es el caso de Nicaragua- se iba extendiendo desde años atrás en América Latina. 

Chocó de inmediato con las fuerzas internas del mal, que en uno de los países más ricos del continente, mantenía en la pobreza más abyecta a lo mejor del pueblo venezolano. En breve tiempo, su obra social alcanzó cotas impresionantes.

Chocó también con el imperialismo, que acababa de perder, sin percatarse, una de las joyas más preciadas de su corona latinoamericana. Estados Unidos cometió el error de siempre. Antes que por la razón, se dejó llevar por la arrogancia. A cada golpe, a cada conspiración, la revolución bolivariana se profundizó más.

América Latina se unió a las iniciativas integradoras que protagonizó junto a otros líderes. Las instituciones ya existentes se fortalecieron con la presencia venezolana. Otras, como el ALBA, Petrocaribe, la CELAC, todas con el sello distintivo de Hugo Chávez, sustituyeron a los viejos mecanismos de dominación colonial.

El continente, no sin tropiezos y en la mejor tradición bolivariana y ahora chavista, avanza hacia la unidad y enfrenta los intentos por quebrantarla.

Hoy, cuando su revolución se bate valientemente contra los intentos por destruirla, Hugo Chávez, como el viejo Cid Campeador, sigue ganando batallas aún después de su muerte.

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