Opinión

Oriente Medio o el conflicto permanente

Dos procesos, unidos al caso sirio, pondrán en tensión a las diplomacias del Oriente Medio y de las potencias implicadas

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Las masas han dado cumplida respuesta a las provocaciones de la derecha en Venezuela, con una marcha ejemplar en Caracas a favor de la paz y de la concordia entre todos los venezolanos.

Pero en otra parte del mundo empiezan, terminan y continúan procesos negociadores de alta tensión y sin visibles perspectivas.

Si el segundo ciclo de Ginebra 2 sobre el conflicto sirio concluye sin resultados, y con posiciones de las partes que, al final de las conversaciones, están más distantes que al principio, otros dos procesos en esa región vuelven a ocupar primeras planas en los diarios.

Esta semana tienen lugar nuevas conversaciones en Viena que dan seguimiento a las efectuadas en noviembre sobre el programa nuclear iraní. Entonces el grupo llamado G5+1, es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania, encontraron un insospechado espacio de consenso con los representantes del nuevo presidente iraní.

El acuerdo adoptado era limitado y, aunque benefició a Irán en el descongelamiento de 4 mil 200 millones de dólares embargados en bancos extranjeros, en el levantamiento de sanciones menores y, de hecho, legitimó la existencia de su programa nuclear, no fue más que un signo de que se podía avanzar hacia un entendimiento mayor.

Según lo acordado, Irán detenía su enriquecimiento de uranio de alto nivel y reduciría sus existencias de uranio enriquecido en un alto porcentaje.

Esta vez todo indica que no habrá rápidas sorpresas. 

Tras los acuerdos de noviembre, muchas y poderosas fuerzas se alzaron, dentro y fuera de Estados Unidos, en su contra. Y si ha habido tiempo para preparar estas conversaciones, también lo ha habido para socavarlas.

El líder supremo iraní, ayatollah Ali Khamenei, dijo el lunes que “las negociaciones nucleares no conducirán a ninguna parte”, en muestra de desconfianza hacia los motivos verdaderos de Estados Unidos y sus aliados. Pero también agregó que “Irán no destruiría lo que ha comenzado” y que apoyaría el esfuerzo negociador.

Del lado norteamericano, y ante un Congreso belicoso, el presidente Barack Obama piensa que las posibilidades de éxito son del cincuenta por ciento. Un fracaso devolvería a su país, y a la región mesoriental, al punto de partida, pero agravado, y la perspectiva de conflagración militar estaría más cercana.

Las premisas occidentales para un acuerdo permanente son de gran complejidad, y parece difícil que alcancen el consentimiento iraní antes de la fecha acordada, julio 20. Occidente, encabezado por Estados Unidos, pretende fijar nuevas y complejas restricciones al programa iraní, pese a las reiteradas declaraciones del país persa de que éste no tiene intenciones militares. 

Lo único cierto es que será un proceso difícil y lento. Pero vital para la preservación de la paz en la región y en el mundo.

El conflicto central

Aunque desaparecido durante semanas de las noticias mundiales, el conflicto palestino-israelí es, sin duda, el corazón histórico de la inestabilidad de esta estratégica zona.

Cuando John Kerry anunció el inicio de un nuevo intento de negociaciones entre palestinos e israelíes, no encontró prácticamente a nadie que apostara por su éxito. Parecía simplemente la continuidad de una costumbre: ningún gobierno estadounidense que se respete ha dejado de intentar una solución -defendiendo sus intereses y los israelíes- al conflicto iniciado en 1948 con la fundación de Israel y la expulsión sangrienta de miles de palestinos de sus territorios.

Los interlocutores pasaban momentos difíciles: Benjamin Netanyahu se había distinguido por sabotear todo intento anterior de solución; el presidente Mahmoud Abbas enfrentaba una importante división interna en las fuerzas políticas de su pueblo.

El plan propuesto por Kerry no se diferencia mucho de otros anteriores: retirada israelí de Cisjordania hasta las fronteras de 1967, compensación a los palestinos por las tierras ya ocupadas por algunos colonos, capital de Palestina en Jerusalén Oriental y, a cambio, reconocimiento de Israel como la nación de los judíos y no aceptación del retorno de los palestinos refugiados en otros países a las tierras de propiedad israelí.

Y un punto adicional: permanencia de tropas israelíes en el Valle del Jordán durante cinco años.

Aunque las discusiones son complejas, las concesiones esta vez parecen más difíciles para los israelíes que para los palestinos. La fuerza de Netanyahu para aceptarlas es escasa. El primer ministro se mantiene en el poder por su alianza con grupos de extrema derecha, que presumiblemente no aceptarían esta plataforma. Y un viraje hacia el centro, buscando otros apoyos, es en el caso de Netanyahu impensable.

Pero un fracaso, del cual se culparía a Israel, y lo ha advertido Kerry, dispararía una fuerza hasta ahora contenida: un boycot contra su economía que ya no provendría de los países árabes, sino de la Unión Europea y de quienes se oponen a las posiciones sionistas.

El ministro de Finanzas Yair Lapid afirmó que un fracaso “golpeará el bolsillo de cada israelí”. Un boycot que afecte las exportaciones a Europa en un veinte por ciento, dijo, costará a Israel más de 5 mil millones de dólares y miles de empleos en un año.

Un nuevo chasco será doloroso, no solo para los palestinos, que durante más de sesenta años han vivido en una bien conocida ominosa condición, sino para el propio Israel, que se verá condenado otra vez al aislamiento y al descrédito moral internacional.

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