Opinión

Venezuela necesita de nuestra solidaridad

La violencia contrarrevolucionaria que intenta destruir la Revolución Bolivariana no cejará en su empeño. Es necesario redoblar la solidaridad con el pueblo venezolano

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Durante mucho tiempo se esperó por un movimiento revolucionario en Venezuela. Al derrocarse la tiranía de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, el nuevo gobierno presidido por el general Wolfgang Larrazábal, fue visto con esperanzas no solamente por la población del hermano país, sino de todo el continente.

En ese período, por ejemplo, Venezuela se convirtió en una importante retaguardia del ejército revolucionario que combatía en Cuba contra otra dictadura. Desde allí se enviaron armas a la Sierra Maestra y desde territorio venezolano se retransmitió hacia la isla la insurgente Radio Rebelde.

Después vinieron los días oscuros de la Cuarta República. La alternancia -cada vez para peor- de los partidos tradicionales, Copey y ADC, solo sirvió para empobrecer al pueblo venezolano y enriquecer a los viejos zorros de la política local. El desprestigio cubrió cada vez más densamente al esquema democrático.

La clarinada de Hugo Chávez en 1992 -muy cercana al llamado “caracazo”, explosión de cólera popular que estremeció al país, en protesta por los insoportables abusos neoliberales— fue el anuncio de que la crisis interminable que vivía uno de los países más ricos del continente, marchaba hacia su solución definitiva. Y había generado un líder.

Lo demás lo hemos vivido de cerca. A través del mismo sistema electoral diseñado para perpetuar el poder de la oligarquía, Chávez accedió a la victoria y emprendió un intenso camino de reestructuración de la nación, de rescate de los pobres de su antigua penuria, de extensión de servicios sociales básicos, como la educación para todos, y la salud, también puesta ahora al alcance de todos en la gran geografía bolivariana.

La obra de la nueva revolución se dirigió también a la integración con los pueblos hermanos, varios de los cuales también habían tomado el camino de la emancipación. Vinieron el ALBA, de alcance económico y social; Petrocaribe, que en tiempos difíciles permitió que otros países pudieran contar con el encarecido combustible, en condiciones de pago ejemplares: las que deben prevalecer entre países convocados por la misma causa. Y la CELAC, símbolo de plena soberanía.

La Revolución Bolivariana tocó a la opulenta burguesía local en sus más álgidas llagas. Y con ella, a sus socios internacionales y sobre todo al amo de siempre, que veía cómo se le desarmaba su hegemonía histórica sobre Latinoamérica.

De ahí la larga secuencia de agresiones que ha enfrentado el proceso bolivariano. Dos casos ilustrativos bastan para caracterizarlas:

Las intentonas por distorsionar lo que hubiera sido una manifestación normal, conforme a la institucionalidad democrática, son alimento para el fuego mediático, que no ha cesado de bombardear la Venezuela revolucionaria.

Una muestra al canto. El diario El Nacional, de probada línea antichavista, ha sido ahora un ejemplo de subversión y, pese a su veteranía profesional, de soberanas contradicciones.

Antes de las marchas, el 11 de febrero, proclamaba en un titular: “Nos mantendremos en la calle hasta el final del gobierno». Luego de afirmar que las movilizaciones buscaban la “liberación de estudiantes retenidos”, informó que los participantes buscaban «un cambio político», y repetían la consigna que dirigieron contra Chávez durante el golpe del 2002: «¡Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer!».

No se puede ocultar la verdad durante mucho tiempo. 

En esas propias páginas, el conocido diario caraqueño admitió luego que «la marcha que se había desarrollado pacíficamente degeneró en violencia luego de que los manifestantes más exaltados se negaron a abandonar la sede de la Fiscalía» y «los que insistían en quedarse levantaron alcantarillas e hicieron barricadas con basura y escombros en las esquinas». «Otros optaban por armarse con piedras y bombas molotov para enfrentarse a los cuerpos de seguridad que tenían acordonada la zona».

Los agresores, concluye, “optaron por el vandalismo”.

Y el otro caso. El propio diario admite la responsabilidad del agitador contrarrevolucionario Leopoldo López Mendoza.

Vale la pena recordar momentos de la vida de este personaje: educado en Kenyon College, conocida institución norteamericana por sus vínculos con la CIA, es difícil encontrar uno de los múltiples intentos desestabilizadores contra la Revolución Bolivariana en que no aparezca su nombre.

Su sombría trayectoria lo define: relaciones con el International Republican Institute, vinculado tanto al Partido Republicano como a la CIA; integración a Primero Justicia, que hoy preside quien, por cosas de la política, es su rival en la derecha, Henrique Capriles; cabeza de la marcha golpista al Palacio de Miraflores el 11 de abril del 2002;  uno de los jefes de la guarimba de Chacao -donde era alcalde-  para forzar la renuncia de Chávez, con consecuencias trágicas para la vida de varias personas; fundador del partido Voluntad Popular, de clara plataforma extremista, y de las llamadas Redes Populares, financiadas por la USAID, “con el objetivo”, dice el periodista canadiense Jan Guy Allard, “de penetrar a las comunidades y romper las filas revolucionarias”.

Son solo dos casos, desde dos ángulos distintos. Luego de estas intentonas, como en otras ocasiones, se ha alzado el Plan Nacional de Pacificación propuesto por el gobierno de Nicolás Maduro.

Nuevas agresiones y campañas sobrevendrán. En ese incesante batallar, ante quienes no se resignan al rumbo liberador e independiente de la Revolución Bolivariana, está y deberá estar, firme y vigilante, la solidaridad combativa de sus pueblos hermanos.

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