Opinión

¿En camino a un nuevo fracaso?

Una próxima reunión en Ginebra para seguir negociando una salida pacífica a la crisis Siria ya ha sido convocada. Nada hay en el horizonte que augure el éxito no logrado en la última ronda

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Con las manos vacías terminó Lajdar Brahimi su intervención mediadora en la primera ronda de las conversaciones en Ginebra, entre el gobierno sirio y la oposición que, aliada de Occidente, intenta derrocarlo desde hace tres años.

El lunes próximo, diez de febrero, deben reiniciarse estas reuniones, que tienen poco de diálogo y sí de enfrentamiento de posiciones incompatibles.

Es normal que al iniciarse un proceso negociador, las partes opuestas partan de posiciones maximalistas, que pueden prever cesiones mutuas para que conduzcan a una verdadera negociación.

En este caso no aparecen segundas posibilidades: la solicitud del gobierno sirio de abordar el problema del terrorismo que asola al país, es difícil de asumir por la parte contraria. 

Aceptar su existencia desarmaría una buena parte de sus argumentos. Y revelaría que el llamado Consejo Nacional Sirio carece de representatividad –se ha afirmado que solo representa a 44 de las 170 organizaciones que lo integran- para hablar en nombre de las organizaciones islamistas, extremistas, que hoy pululan en los territorios en guerra.

La solicitud de la oposición tampoco tiene mejores perspectivas. Pedir la salida del presidente Bachar el Assad es poco menos que un absurdo.

Y una contradicción con los objetivos de los grupos combatientes extremistas. A diferencia de los negociadores oposicionistas, que viven por cierto en un cómodo exilio, no es esto  lo que ellos buscan. Su real objetivo es cambiar todo el sistema político instaurado desde el año 1963 por el partido Baath, e implantar un estado islamista de orientación wahabita -derivación extrema del Islam— que sometería a las religiones minoritarias -chiitas, alauitas, cristianas- que existen y son respetadas por el actual gobierno. La Constitución sería reemplazada por la sharía o ley islámica.

Tampoco hay ninguna evidencia de que en los círculos internos cercanos al presidente haya fuerzas presionándolo para que renuncie. El Assad cuenta con la legitimidad de unas elecciones, con un parlamento, con una oposición interna legal que lo critica, pero lo respeta. Con un ejército cuya unidad no parece resquebrajarse. Y con un país que, en medio del fraccionamiento de algunas regiones y de las penurias de la guerra, funciona.

La verdadera Siria

Ha habido respuesta a reclamos de la población. En Siria se vivía bajo el imperio de una ley de emergencia desde 1963, que nunca se levantó por los conocidos enfrentamientos  del gobierno sirio e Israel. 

La ley de emergencia se levantó y se añadieron otras medidas: el respeto a las diversas religiones no solo se mantiene, sino que contrasta con la intolerancia de los numerosos -casi incontables- grupos extremistas que ajustician personas inocentes por razones religiosas, en especial chiitas y alauitas.

La presencia de los servicios de inteligencia sirios había llegado a ser agobiante y su poder casi ilimitado. Ahora han sido regresados a su función original.

El propio partido Baath solamente contaba con una pequeña oposición interna, tolerada. Hoy, dice el periodista francés Thierry Meyssant, que informa desde el interior del país, “hay tantos partidos que cuesta trabajo seguir su nacimiento y desarrollo. Y todos ellos pueden presentarse a las elecciones y ganar. La única oposición que, con tal de no perder, prefirió boicotear las elecciones fue la oposición «democrática» que tiene sus sedes en París y Estambul”.

En Siria, nos cuenta, se habla de política intensa y libremente en cualquier lugar. Menos en las zonas bajo el control de la oposición armada.

Y llegan algunas noticias llamativas. Por ejemplo, el presidente de la Asociación de Exportadores de Siria, Muhammad al Sawah, anunció el logro de contratos por más de 70 millones de dólares en la sofisticada exposición Syria Moda II, efectuada en el también sofisticado y vecino Beirut, con la participación de cien empresas industriales sirias.

¿Tiene algún sentido que el presidente constitucional de Siria renuncie, ante el reclamo de una parte de la llamada oposición, o de su padrino mayor, el secretario de Estado estadounidense John Kerry?

Ginebra II ha sido, en su primera sesión, una conferencia al menos curiosa: aunque las cifras varían, se habla nada menos que de 31 países participantes, cuyo papel es difícil de imaginar, y dos organizaciones internacionales.

Y de la falta de uno, sin el cual no se puede avanzar, por su extraordinaria influencia en el conflicto y en la región: Irán, cuya ausencia es obra del empecinamiento y la arrogancia yanqui.

La realidad es que Ginebra II se mueve en dos dimensiones. La primera, evidente: el diálogo de sordos entre gobierno y una delegación opositora fragmentaria y con poca legitimidad a los ojos, no solamente del pueblo sirio, sino del conjunto de grupos opositores.

La segunda, de mayor alcance. En ella Estados Unidos -y algunos de sus aliados occidentales y regionales- cruzan sables con Rusia y China, que han entrado con singular ímpetu y hasta con liderazgo en la disputa geopolítica.

Que tiene como centro a una zona del mundo donde se concentran casi la mitad de las reservas de petróleo del mundo y la tercera parte de su producción, y el 43 por ciento de las reservas mundiales de gas.

Veremos a donde conduce, si llega a conducir a alguna parte, la próxima ronda de conversaciones en la sede ginebrina.

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