Opinión

Conflictos en La Española

Los mecanismos de solución pacífica de conflictos se ponen en acción para solucionar un nuevo diferendo entre Haití y la República Dominicana

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Era la isla preferida de Cristóbal Colón. Tampoco tuvo mucho el Almirante donde escoger. Tras su llegada a la pequeñísima Guanahaní, que confirmó su teoría de que, navegando al oeste de Europa encontraría nuevas tierras, decidió proseguir su aventura.

El siguiente arribo fue a una costa ancha, que encontró hermosa y con indígenas amables. Pero su afán de descubrimiento no estaba saciado.  Dejó Cuba y dio por fin con el remanso de una bahía en un paisaje paradisíaco. Allí fue el deslumbramiento final de Colón. 

En La Española, como la llamó, sufrió las traiciones y la falta de gratitud de sus promotores. Decepcionado y resentido, pero también desorientado, murió convencido de que se hallaba a orillas del actual Japón.

La historia hizo de las suyas con la isla. A espadazos fue vencida la insurrecta población indígena. Los franceses recibieron de España, a fines del siglo XVII, la mitad oeste, y allí introdujeron 300 mil esclavos negros frente a 12 mil personas libres. 

La mitad este, separada de la otra por una difusa frontera montañosa y agreste, siguió siendo española.

La vecindad fue desde un inicio difícil. Y la situación no varió cuando, François Toussaint L’Ouverture encabezó la fase final de una revolución y estableció en Haití la primera nación independiente de América Latina y el Caribe en 1804.

Nunca hubo simetría entre ambas naciones. Las tropas haitianas ocuparon el territorio dominicano entre 1822 y 1844, hasta la recuperación de la independencia de la República Dominicana.

El siglo inclinó la balanza en otra dirección. En 1937 el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo ordenó una matanza masiva de inmigrantes haitianos. Durante seis días el ejército protagonizó, a machete limpio, un verdadero genocidio, cuyas víctimas se calculan  entre 17 mil y 35 mil habitantes de la zona fronteriza.

Quizás en lo único que se dan la mano ambas naciones es en haber recibido en varias ocasiones la visita no deseada de las tropas de Estados Unidos: en Haití llegaron en 1915 y allí permanecieron hasta 1934. En el 2004 volvieron, esta vez bajo el manto de los Cascos Azules de la ONU.

En la República Dominicano desembarcaron en 1916 y permanecieron hasta 1924. Volverían después, en 1965, a aplastar el movimiento revolucionario encabezado por un líder memorable, Francisco Caamaño.

También la simetría sería real por la presencia de dos dictadores igualmente asesinos: Trujillo en la República Dominicana y François Duvalier en Haití.

La balanza es hoy favorable a la República Dominicana. 

Los cruces ilegales de trabajadores haitianos, en busca de cualquier trabajo en el territorio contiguo, no son noticia. Se asume que hoy viven en la República Dominicana casi medio millón de trabajadores haitianos.

El recuento de los conflictos es numeroso y mayor que el de las acciones de acercamiento mutuo. En 1963 llegaron a interrumpirse las relaciones entre los dos países, y las amenazas de una solución armada de la disputa anunciaban una posibilidad real.

El año pasado se caracterizó por tensiones que fueron en aumento. Muy temprano, las autoridades dominicanas reforzaron la zona norte de su frontera con el país vecino, en prevención de una entrada masiva de inmigrantes haitianos. Luego de negociaciones, se acordó autorizar una cifra de inmigrantes de unas mil personas.

Fue una actitud realista: deseada o no, la inmigración haitiana representa el 70 por ciento de la fuerza laboral empleada en la agricultura, la construcción y otras esferas diversas.

Sobrevienen nuevas diferencias

A pesar de esfuerzos conjuntos para interconectar los respectivos sistemas energéticos y de acordar proyectos de reforestación y protección al medio ambiente, las relaciones se enrarecieron nuevamente.

El gobierno haitiano prohibió la importación de aves vivas, carne de aves y huevos de República Dominicana, alegando una infección con gripe aviar, negada por sus vecinos. Además, según el presidente Michel Martelly, Haití pierde casi 300 millones de dólares por evasión de impuestos en el comercio avícola con Dominicana.

Sin resolverse este tema, dos meses después Haití prohibió la importación de bolsas de polietileno y otros plásticos, para mejorar las condiciones ambientales no solo de su país, sino de los mares vecinos. Pero la mayor parte de estos productos venían de Dominicana.

En el ambiente flotó una posible denuncia de la República Dominicana ante la OMC.

Y rodeando estos incidentes, una sentencia del Tribunal Constitucional dominicano excluyó de la nacionalidad de este país a los nacidos en su suelo después de 1929, hijos de extranjeros -léase haitianos-  indocumentados, y que puede dejar en condición de apátridas a 200 mil personas.

Venezuela, en el espíritu de las organizaciones regionales, en especial la CELAC, toma parte activa en las conversaciones para desarmar la crisis, iniciadas en enero sobre migración, comercio, seguridad fronteriza y regularización de los mercados binacionales.

Deberá seguirse el curso del diálogo. El canciller venezolano, Elías Jaua, fue enfático al proclamar el deseo de la región: “que esto se solucione aquí, entre latinoamericanos y caribeños, por la vía del diálogo, por la vía pacífica, respetando la soberanía y la independencia de los países y salvaguardando fundamentalmente los derechos de quienes se sienten afectados.”

De lograrse, y de consolidarse el ambiente de paz y la solución conjunta de diferencias entre dos naciones vecinas para siempre, se habrá conseguido, en un importante caso concreto, uno de los grandes objetivos de la unidad latinoamericana y caribeña.

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