Opinión

Decadencia y ¿caída? de François Hollande

Las políticas fracasadas del presidente francés lo han hecho el más impopular de la historia reciente

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

El oscuro panorama que describimos sobre el presente y el futuro de Europa tiene manifestaciones concretas en cada país. En Francia, François Hollande ha perdido el respaldo de sus conciudadanos.

Para Occidente, Francia fue siempre un referente para el estudio de las evoluciones políticas y sociales. Su historia a partir de 1789 ha sido seguida por europeos y americanos con un interés compartido por militancias políticas y tendencias académicas diferentes.

Concluida la segunda guerra mundial, Francia e Italia fueron también países de esperanza, donde los respectivos Partidos Comunistas eran fuerzas políticas populares de alto peso en los destinos inmediatos de ambas naciones. 

Fue la época de oro, por ejemplo, del órgano de los comunistas franceses, L’Humanité. Los franceses decían: “Las noticias en Le Monde, la línea en L’Humanité”.

Poco de eso queda. No es necesario relatar los avatares de aquellas fuerzas ni su casi desaparición del juego político principal. El Partido Socialista ya no guarda tampoco muchas diferencias, en su actuación práctica, en la economía o en política exterior, con los tradicionales partidos de derecha.

La noticia no es ya el éxito de las izquierdas, sino el papel peligrosamente creciente de las formaciones de extrema derecha.

La candidatura de François Hollande no era, ciertamente, la más lucida de las que manejaron los socialistas. Vale recordar que, dentro del PS, otros candidatos lo aventajaban. Por ejemplo, Strauss Kahn, el preferido por los electores socialistas. Pero ante los deslices personales de Kahn, que lo sacaron abruptamente del juego, Hollande fue escogido antes que Martine Aubry, demasiado radical para las tendencias dominantes dentro de los socialistas.

La elección de Hollande como candidato socialista fue la decisión de quienes prefieren dejar las cosas como están, a la manera pequeño burguesa: garantías de un nivel de vida superior al de los trabajadores y cierto espacio para la crítica intrascendente a la gestión de cualquier gobierno.

Alejandro Teitelbaum, en un reciente artículo, “François Hollande, socialdemócrata”, aparecido en el sitio Rebelión, deja para los estudios sociológicos un hecho singular: si bien las políticas de estas supuestas izquierdas no difieren casi nada de las adoptadas por la derecha, particularmente en lo referido al neoliberalismo económico, justamente por provenir de la llamada izquierda son aceptadas con displicencia por la opinión pública.

De ahí que en un inicio no hayan provocado mayores reacciones las políticas económicas de Hollande, que buscando incrementar la oferta  -para movilizar la demanda y con ella toda la economía- apoyó en todos los órdenes a los capitales en desmedro de los trabajadores.

Como era de esperarse, los resultados fueron buenos para los empleadores y malos para los trabajadores. 

Los estímulos recibidos centralmente a la productividad no hicieron sino incrementar las ganancias de los empresarios sin que variaran los ingresos de los asalariados. De hecho, los salarios congelados, los impuestos al consumo y el desempleo de un 11 por ciento fueron exactamente lo opuesto a lo proclamado por la peregrina teoría del incremento de la oferta. La demanda no solo no creció, sino que disminuyó, y solo aumentó la brecha de la distribución de los ingresos.

Recientemente Hollande anunció medidas que avanzan en la misma dirección.

En conferencia de prensa argumentó un nuevo y severo apretón de tuercas: recortes al gasto público entre el 2015 y el 2017 por 50 mil millones de euros, es decir, reducción de los servicios a la población y un incremento en los despidos de la esfera pública.

Todo lo cual tiene un sabor diferente y más desagradable en un país donde el estado durante muchos años protegió servicios públicos esenciales  hasta las arremetidas privatizadoras, encabezadas, por cierto, por el gobierno socialista de Leonel Jospin).

Y si en economía la ruta del gobierno socialista difiere poco de cualquier entidad de derecha, en política internacional sus posturas pueden ser más agresivas.

El caso paradigmático fue el de Siria. Sin embargo, cuando la región mesoriental parecía abocada a una criminal escalada, protagonizada por Estados Unidos y Francia, el gobierno de Hollande se quedó solo y descolocado ante el repentino cambio de política de Barack Obama. Si repudiable era su vocación neoimperial, la retirada estadounidense dejó al gobernante francés en una posición entre patética y desconcertada.

África fue también el destino de su apetito intervencionista. Mali fue un ejemplo. Y luego la República Centroafricana.

Si el esfuerzo militarista tenía como objetivo adicional ganar en imagen pública, el resultado  fue adverso. En el momento más alto de sus amenazas contra Siria, solo contaba con el apoyo del 35 por ciento de la población.

Únanse entonces la pérdida de 139 mil puestos de trabajo en sus primeros meses de presidencia (en el mismo período de Sarkozy solo se perdieron 69 mil), un crecimiento previsto de solo un 0,1 por ciento, y un incremento de la presión fiscal -3 mil millones más a recaudar en el 2014- sobre un contribuyente ya agobiado.

Y el resultado es previsible. Las encuestas citadas en las últimas semanas arrojan que el incoloro Hollande es aceptado solamente por tres de cada diez franceses: un récord de impopularidad.

De ahí que la revelación de su affaire extramatrimonial no haya tenido grandes consecuencias: a la opinión pública no le hacían falta más elementos para desautorizar a su primer mandatario.

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