Opinión

Egipto: el capítulo que se cierra y el otro que se abre

La nueva constitución egipcia no será sino un nuevo episodio de una larga tragedia. Y no será el último

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Quien piense que la tragedia egipcia concluyó con el referéndum de los pasados martes y miércoles debe saber que su cálculo anda muy lejos de la verdad.

Lo que se viene demostrando desde antes del derrocamiento al régimen de Mubarak es que la integridad de la sociedad egipcia está hoy severamente fracturada.

Generalmente, se ha considerado el levantamiento popular contra Hosni Mubarak como una reacción por simpatía con el que acababa de ocurrir entonces en Túnez contra el presidente Ben Ali. Sin embargo, un extenso descontento existía desde tiempo atrás no solamente con el poder autocrático del veterano general de aviación de 82 años, sino con el desastre económico que lo acompañaba.

Múltiples huelgas se sucedían en el país, en protesta por la difícil situación económica de grandes masas de la población más numerosa del Oriente Medio.

Al estallar las manifestaciones, solamente los Hermanos Musulmanes entre las fuerzas políticas adversarias a Mubarak, tenían un nivel organizativo capaz de capitalizar parte del descontento contra el dictador.

Para la fecha, y a pesar de estar ilegalizados, habían logrado insertar un número importante de legisladores en el Parlamento.

No fue extraño, por tanto, que la veterana organización fundamentalista, junto a los salafistas, también partidarios de un islam duro, obtuvieran una sonada victoria en las elecciones parlamentarias que siguieron al derrocamiento del dictador, y ganaran luego la presidencia.

Pero todos los que conocen algo de esta región saben que el talón de Aquiles de los islamistas es su carencia de una plataforma previa de gobierno y, sobre todo, de un proyecto de política económica. Lo que más necesitaba Egipto.

En lugar de consagrarse a arreglar la economía y a consolidar el orden político con un criterio inclusivo, los Hermanos Musulmanes pecaron del sectarismo que antes los había hecho odiosos para una gran parte de las restantes organizaciones políticas egipcias (y no solo egipcias; es una marca que los acompaña donde quiera que tienen presencia). 

No solo no hicieron ningún esfuerzo por compartir el poder con las fuerzas que se habían opuesto a Mubarak, sino que cargaron contra ellas.

La constitución islamista impuesta por la Hermandad acabó de colmar la copa de esas fuerzas. Y de los militares.

La tradición militar

El ejército egipcio es poder en el país desde 1952. Su imagen ante la población difiere de la que desde Occidente se le suele atribuir. 

No porque les tiemble el pulso antes de tomar una medida drástica, cosa habitual en una región donde la existencia de un poder central fuerte no es noticia. Sino porque, en Egipto, el ejército se estrenó en el poder con Gamal Abdel Nasser, quien se convirtió pronto en un líder regional y más allá de su región. Fue, como Mohamed Ali en el siglo XIX, un reivindicador del orgullo de la nación árabe y el primero que desafió abiertamente a los imperialismos operantes en la zona en 1956, cuando nacionalizó el Canal de Suez.

El orgullo egipcio ante un presidente como Nasser se trasladó a todo el ejército, y las presidencias subsiguientes de los generales Anwar el Sadat y Hosni Mubarak no pudieron borrar su pátina de paternalismo y autoridad ante la población.

Estos conceptos ayudan a explicar por qué, para los egipcios que, en número mayor que durante las protestas contra Hosni Mubarak, salieron nuevamente a las calles a pedir la renuncia del gobierno islamista, la acción  militar no fue vista como un golpe de estado igual a los que  tantas veces hemos visto, por ejemplo, en América Latina.

Tampoco lo fue para las distintas fuerzas políticas, partidos y movimientos adversos a Morsi, que acompañaron a los militares en su derrocamiento.

Pero suponer que los adherentes y simpatizantes con los Hermanos Musulmanes iban a aceptar la derrota hubiera sido un monumental error. Las manifestaciones, ahora de signo opuesto, volvieron a ocupar las calles y a ensangrentar al país, tanto con los actos de represión, como con los de terrorismo.

Es una realidad compleja, que se suele enjuiciar desde este lado del Atlántico intentando, erróneamente, ajustarla a los paradigmas de organización política y social que conocemos. Y que, muchas veces, no funcionan ni en nuestras mismas sociedades.

Por eso es común ver desconcierto en los analistas y confusión en los supuestamente entendidos. O en los propios Estados Unidos, cuyo gobierno se dice y se desdice según van los acontecimientos.

Y en el público, que urge a los periodistas que le expliquen, en un conflicto como este, quiénes son los buenos, y quiénes son los malos.

La nueva constitución -la tercera en tres años- que regirá en Egipto como consecuencia del referéndum, no solucionará el problema real al que, desprejuiciadamente, nos debemos enfrentar.

En el edificio de Oriente Medio, Egipto es una de las piedras fundacionales. Durante muchos años ningún político sensato tomaba una decisión de envergadura, en cualquier país de la región, sin tomar en cuenta la opinión egipcia. Y si era posible, sin preguntar directamente al Rais (presidente), llamárase Nasser, el Sadat o Mubarak. 

No es un país dividido en etnias o naciones, que pueda despedazarse, como ha sucedido en Libia y está sucediendo en Siria.

Es quizás lo que hace más difícil la situación. Aunque desde aquí cueste trabajo calcular su profundidad, una grieta de gran consideración divide hoy al histórico país.

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