Opinión

Obama y sus generales

Un nuevo libro del ubicuo Robert Gates, quien ha trabajado para todos los gobiernos, afirma que Barack Obama es culpable de desconfianza en sus mandos militares

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Bob Woodward se hizo famoso cuando, junto a Carl Bernstein, echó a andar, con su periodismo investigativo, la bola de nieve que arrasó con la presidencia de Richard Nixon.

Woodward ha compuesto hasta hoy varios libros que acceden a la intimidad de la toma de decisiones por la presidencia y el aparato militar de Estados Unidos y nos ha revelado -si todo lo que dice es cierto- entresijos de algunos de los momentos originarios de las guerras libradas por Estados Unidos en los últimos veinticinco años.

La invasión a Panamá, la primera guerra del Golfo, la guerra de Iraq, la guerra de Afganistán, Ronald Reagan, George H. W. Bush, William Clinton, George W. Bush, han pasado por las páginas de sus libros, acompañados de los actores militares de cada momento.

A la presidencia de Barack Obama le correspondió un libro diferente: la historia de cómo terminar, sin éxito, una guerra anterior. La guerra de Afganistán.

Su Obama’s Wars es un detallado y muchas veces aburrido relato de las decenas de conversaciones de Obama con sus mandos militares, con su equipo de trabajo, con su gabinete, y de nuevo con todos ellos, intentando definir una solución para una guerra que llevaba olvidada, en el desván de la administración Bush, siete años cuando tomó posesión.

Afganistán fue, para George W. Bush, más un golpe de efecto, obligado por las circunstancias del 11 de septiembre, que una aventura deseada. La guerra que le interesaba era la que su padre había dejado incompleta en 1991. La guerra contra Saddam Hussein.

Obama, antes de ser presidente, como casi todo el mundo -salvo la caterva de neoconservadores del primer período de Bush- estuvo contra la guerra de Iraq. Y aunque no sabía bien qué hacer con Afganistán, dedicó largos meses, casi un año, a reunirse con todos los que he mencionado para encarar el ya veterano conflicto.

Finalmente, su decisión fue intermedia entre la posición de Joe Biden, su vicepresidente, que abogaba por cantar victoria y retirarse lo antes posible -pero mantener las operaciones especiales y el uso de los drones-, y varios de sus jefes militares, que no pensaban irse del lejano país sin que ello les valiera, si hubiera marco para ello, una estrella más.

Así, tropezó violentamente con el mayúsculo ego de David Petraeus, quien había dejado una posición superior en Washington para asumir la dirección de las tropas de la OTAN -léase Estados Unidos- en el país centroasiático. Para Petraeus se trataba de repetir la estrategia que había empleado en Iraq para disminuir las bajas norteamericanas. Solo que, aunque no lo creyera, su victoria había sido básicamente mediática. Y Afganistán ni lejanamente podía compararse con Iraq.

Tres opciones

Obama pidió a los militares tres opciones: una minimalista, otra intermedia y una máxima. Los militares solo le ofrecieron la más larga. Que suponía un incremento considerable de tropas y no incluía lo que ya Obama quería desesperadamente: una estrategia de salida, que dijera cuándo se acababa aquella guerra a la que nadie le veía sentido, en especial la opinión pública norteamericana.

El jefe del Pentágono entonces era el republicano Robert Gates. Viejo analista de la CIA, integrante de los equipos de Henry Kissinger, Brent Scrowcroft, Zbignew Brzezinski, nominado por Reagan para director de la CIA, pero rechazado por el Congreso, y finalmente aceptado bajo la presidencia de George W. H. Bush. Tenía un desarrollado don de la adaptabilidad.

Había ganado fama de hombre sereno. De tal forma que, luego de haber sido secretario de Defensa en el segundo mandato del segundo Bush, Barack Obama le pidió que continuara en el cargo, pese a ser republicano y provenir del desprestigiado gobierno anterior.

Obama se enfrentó a Petraeus -después tuvo que destituir violentamente a su sucesor, el también general Stanley Mc Chrystal- y a sus teorías. Al hacerlo, tuvo que chocar también con Gates. Robert Gates apoyaba el plan de los militares.

Tenía varias motivaciones. Coincidencia de ideas. Pero Gates admite que una vez, cuando intentó objetar un criterio de Petraeus sobre Iraq, Este le advirtió con violencia que recordara que “podía hacerle la vida miserable”.

Finalmente, la decisión fue intermedia: ni tantos soldados como pedían los mandos ni para toda la vida. Se aprobó un incremento de 30 mil hombres, ante los gritos de alarma de los militares, y se les fijó fecha de regreso. 

Que no ha podido cumplirse, como otras promesas de Obama. La OTAN alargó el regreso de las tropas -léase de Estados Unidos- hasta el año actual, y ya se habla de dejar varios miles de soldados en misiones de entrenamiento de las fuerzas locales. Y de apoyo a las operaciones contra al Qaeda.

Ahora Robert Gates ha filtrado párrafos de sus segundas memorias, donde critica a Obama por desconfiar de sus militares. La Casa Blanca ha hecho frente al escándalo y ha pasado por alto la muestra de deslealtad porque, a estas alturas, no se sabe bien a quién ha sido leal Robert Gates.

Entre tanto, las tropas siguen en el lejano y enredado Afganistán, y solo el 17 por ciento de los norteamericanos encuentra algún sentido a aquella guerra sin fin, la más extensa que hayan librado los Estados Unidos.

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