Opinión

Chile: realidades ocultas

La perla del neoliberalismo esconde más de lo que muestra tras sus llamativas cifras económicas

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Emir Sader ha saludado la ascendencia en América Latina de un amplio movimiento de gobiernos por él llamados posneolbiberales, dotados de plena legitimidad -todos han extendido sus mandatos en las urnas-, por contraste a la época en que la deriva neoliberal causó daños que parecían irreparables.

Fue aquella, dice Sader, “una ola devastadora que liquidó, entre otros, al Estado social chileno y a la autosuficiencia energética de Argentina, además de dejar al continente como una región intranscendente en el plano internacional, de bajo perfil, subordinada a las potencias del centro del sistema, intensificando aún más la desigualdad y miseria entre nosotros”.

Caracterizada durante mucho tiempo como el símbolo de las bondades del neoliberalismo, las cifras de la economía chilena ocultaban duras realidades, que se presentan hoy como la trama sobre la cual el nuevo gobierno tendrá que realizar un difícil ejercicio, especialmente en lo relacionado con la distribución de las riquezas.

Porque si Chile fue líder continental de crecimiento neoliberal, lo ha sido también -lo sigue siendo- del incremento feroz de las desigualdades.

Michelle Bachelet no dudó en pronunciarse sobre el tema: decidió agarrar el terco toro de la distribución desigual por los decisivos cuernos de la educación, del sistema tributario y de la reforma constitucional.

Los jóvenes sufren directamente las consecuencias del desbalance social. No es por acaso que la dirigente estudiantil, ahora electa para un escaño congresional, Camila Vallejo, declarara que había llegado la “hora de grandes cambios en el modelo económico y en el sistema político”.

Es lógico que sea una figura juvenil quien proclame esta necesidad. En un solo ejemplo, el de los jóvenes que no estudian ni trabajan en el país, se aprecian ya las difíciles realidades: según la CEPAL,  representan el 17.1 por ciento de los jóvenes hasta 30 años, lo que hace a Chile el país con el mayor porcentaje de jóvenes sudamericanos en esta situación, que no hace sino complicarse cada vez más.

Pero es, sin embargo, una estadística incompleta. Entre los desocupados, no aparecen aquellos que hacen trabajos ocasionales, por cortos períodos, sin remuneración en espera de una plaza fija, o en una aventura comercial de la familia.

Estos jóvenes que ni estudian ni trabajan, indica un artículo del diario Pulso -y como era de esperarse- pertenecen en su gran mayoría al 40 por ciento de la población más pobre. Y si nos concentramos en el 20 por ciento más pobre, veremos que uno de cada tres jóvenes no está trabajando, ni capacitándose.

Subtítulo: Los abismos de la desigualdad

Pero si el sector juvenil llama la atención por su sensibilidad y por la atención que provocaron las manifestaciones estudiantiles -cuyas demandas sobrepasaron el tema puramente académico-, las cifras globales son cruelmente ilustrativas.

Los economistas Gonzalo Durán y Marco Kremerman, de la Fundación Sol, explican profusamente la situación.

Son cifras, dicen, vergonzosas y elocuentes.

“El 1% más rico concentra el 31% de los ingresos, 45% más de lo que concentra este segmento en Estados Unidos, 152% más que en Alemania y 235% más que en Suecia”.

Pero si cerramos más el ángulo, y nos detenemos en los ingresos del 0,1 por ciento, nos asomaremos a realidades más ominosas: “¿de cuánto estamos hablando?, ¿30 veces más de lo que representa su tamaño en la población total, vale decir, 3% de los ingresos?, ¿50 veces más?, ¿100 veces más, o sea, 10%? Ninguna de las anteriores: concentra el 18% (en Suecia es un 3,4%, para que se haga una idea)”.

Datos adicionales indican que la riqueza de la minoría se multiplica –con índices superiores a Suiza o Luxemburgo- a costa de la pobreza de la enorme mayoría.

Y que durante la década comprendida entre 1990 y el 2011, la brecha entre los ingresos por persona del 5 por ciento de los hogares más pobres, y el 5 por ciento de los hogares más ricos, creció en un 100 por ciento, acumulando una desigualdad 257 veces mayor entre un segmento y otro.

La enumeración de los desastres que afectan a los sectores populares es extensa, y se refiere al desempleo y a las trampas -como las mencionadas en el caso de la juventud- en las estadísticas, a los obstáculos incluso legales para que los trabajadores puedan dar curso a sus reclamaciones, a la precariedad de la seguridad social y a la ausencia de un auténtico sistema de pensiones, o al contraste creciente entre el salario mínimo, y las grandes remuneraciones, siempre en aumento, de la plana gerencial de las grandes empresas chilenas.

La derecha chilena oculta todavía hoy, bajo un doble manto de hipocresía y falacias, esta dura realidad. Nada más ilustrativo que la expresión del senador derechista Víctor Pérez, cuando para oponerse a la crítica de las fuerzas populares, llamó a defender lo que considera “valores cristianos” que han permitido que Chile desarrolle “un modelo moral y ético, que nos ha permitido tener una sociedad ordenada”.

Lo que equivale a intentar una imposible cuadratura del negro círculo dejado por la larga dictadura pinochetista, y la auténtica moral cristiana: la que emana de momentos fundacionales como el sermón de la montaña o la expulsión de los mercaderes del templo.

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