Opinión

Falsas lecciones de democracia

Las críticas estadounidenses a procesos electorales foráneos tienen tejado de vidrio

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Estados Unidos acaba de mostrar su extraordinaria preocupación por el desarrollo de las elecciones parlamentarias…  en Bangladesh.

Es así que la señora Marie Harf, portavoz del Departamento de Estado anunció su decepción con el proceso electoral sostenido en el lejanísimo país asiático y exigió que se repitieran los comicios, que fueran esta vez “justos y creíbles”.

Los resultados de las elecciones recién concluidas “no parecen expresar de forma creíble la voluntad del pueblo bangladesí”.

La funcionaria, de sensibilidad y alcance transoceánicos, urgió al gobierno de Bangladesh y a los partidos de oposición “a implicarse en un diálogo inmediato para encontrar una forma de mantener cuanto antes elecciones que sean libres, justas, pacíficas y creíbles, que reflejen la voluntad del pueblo bangladesí».

Estados Unidos, esta vez al nivel de una funcionaria de segunda categoría, vuelve a ser juez, y su democracia unidad de medida de la forma de gobierno que debe aplicarse en el mundo.

Sin embargo, las informaciones que llegan de Estados Unidos sobre sus propias elecciones parlamentarias, a celebrarse en noviembre, pondrían a pensar a los criticados bangladesinos.

En noviembre se renovará un Congreso que pasará a la historia como uno de los menos productivos de la historia, cuya ejecutoria pone en solfa el pretendido carácter ejemplar de la democracia estadounidense.

A fines del pasado año, una encuesta realizada por la cadena CNN y la organización ORC arrojó resultados desastrosos. 

Las dos terceras partes de los encuestados consideraron que el actual Congreso es el peor que jamás tuvieron.  El 75 por ciento criticó duramente la falta de actividad y de resultados de sus legisladores.

Los encuestados no tuvieron compasión con ninguno de los dos partidos que se dividen el dominio de las cámaras y que competirán en noviembre por obtener, cada uno de ellos, su control total.

Sobre los demócratas, el 52 por ciento consideró que conducían al país en una dirección errónea, y un 54 por ciento opinó críticamente sobre las políticas propuestas por los republicanos.

El presidente Barack Obama no se libró del aluvión.  El 54 por ciento extendió las críticas anteriores a la ejecutoria presidencial.

De forma rotunda, el 68 por ciento de los interrogados opinó que este Congreso era el peor que habían visto en su vida, criterio que fue mucho más fuerte entre los encuestados de mayor edad, es decir, los que habían visto más.

Finalmente, casi las tres cuartas partes dijo que el Congreso no había hecho nada para resolver los problemas que afronta el país, la crítica más lapidaria que se pueda hacer a un conjunto político.

Las fuentes de la ira

Las razones de la ira de la opinión pública no son difíciles de explicar.

No solamente los norteamericanos, sino el mundo entero, presenció a lo largo del pasado año la penosa pugna política, de baja ralea, entre el gobierno y el partido opositor, que bloqueaba el presupuesto propuesto por el ejecutivo sin tener en cuenta las graves consecuencia sociales que se iban creando:  no solamente la paralización de vitales servicios públicos -hasta los servicios meteorológicos en tiempo de huracanes- sino el desempleo de centenares de miles de empleados públicos, muchos de ellos sin indemnización y sin opción de regreso a sus antiguos trabajos.

Otro espectáculo penoso fue el chantaje a la propuesta presidencial, a cambio de detener un programa de salud que pretende beneficiar a millones de estadounidenses.

Ha empezado enero y ya se cruzan sables en cuestiones que influirán decisivamente sobre los resultados de las congresionales de noviembre.

Barack Obama entra en desventaja en la liza.  Sus índices de aprobación son los más bajos y nada indica que sus relaciones con el Congreso vayan a mejorar.

No obstante, su proverbial habilidad política tendrá que desplegarse si quiere conseguir que el malhadado programa de salud acabe de salir adelante y, de ser posible, hacer avanzar su prometida reforma migratoria, en un Congreso del que no recibió el pasado año apoyo efectivo alguno.

En el momento actual ya está planteada una nueva batalla:  los republicanos obstaculizan el pago de la asistencia a 1,3 millones de los llamados desocupados a largo plazo, con el argumento de que el desempleo ha caído de un 10 por ciento en el 2009, a un 7 por ciento actualmente. 

Los argumentos demócratas creen que la recuperación es aún incipiente e incierta, y que la ayuda a estos desempleados será positiva para el incremento del consumo, del cual depende la economía norteamericana.

Es el contexto que hasta ahora se avizora y que condicionará la campaña electoral de las elecciones de noviembre.  Que no deben traer grandes cambios.

La falta de entusiasmo del electorado augura grandes abstenciones.  Si por alguna razón los republicanos llegan a creer que pueden ganar lo que hoy les falta, el dominio del Senado, no harán ningún esfuerzo por lograr entendimientos con el gobierno a lo largo del año.

Hasta ahora, los analistas atribuyen a Barack Obama un papel destacado en la campaña demócrata.  Pero no por la realización de sus compromisos.

Obama, se explica, puede ser un gran recaudador de dinero para las campañas de sus correligionarios.

¿Cómo explicarles a los bangladesinos que esta es la real democracia?

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