Opinión

El ocaso final de Ariel Sharon

El crimen de Sabra y Chatila acompañará siempre la memoria del dirigente israelí

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Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Esa mañana Elie Hobeika salió de su casa hacia el gimnasio donde se ejercitaba regularmente. Se sentó en el asiento delantero de su Range Rover, junto al chofer. Detrás subieron dos miembros de su escolta.  Otro jeep, también de su seguridad, lo siguió por la calle que serpenteaba entre las elevaciones de las afueras de Beirut, a las que se adosaban mansiones de visible opulencia.

El jeep se acercó a una curva que bordeaba un pequeño farallón. A su derecha, alguien había dejado un auto vacío, recostado contra la pared de piedras. Aquel auto tenía gruesas planchas de acero que reforzaban su costado derecho.

Por esa razón la metralla que estalló al paso de Hobeika salió íntegramente en su dirección, y pulverizó su jeep y a sus tripulantes.

Elie Hobeika, de esa manera, no pudo asistir al tribunal de Bruselas donde había pedido atestiguar sobre la complicidad de Ariel Sharon en la famosa masacre cometida en los campamentos palestinos de Sabra y Chatila, del 17 al 18 de septiembre de 1982, veinte años antes de su violenta muerte en el 2002.

Pocos días atrás había muerto en un atentado Bashir Gemayel, la joven promesa del partido falangista libanés, la entidad cristiana más poderosa de la derecha libanesa, aliada de Israel. Bashir había sido designado presidente de la República en medio del caos tormentoso de la guerra civil que azotó al pequeño país durante quince años.

Sharon, al mando de la invasión militar israelí al Líbano, dirigió sus tropas hacia Sabra y Chatila. La inteligencia israelí opinaba que debía haber en ellos unos dos mil combatientes palestinos. Sin embargo, los soldados recibieron una orden precisa: no entrar en los campamentos.  Las milicias cristianas falangistas se harían cargo de la operación.

Al frente de ellas iba el joven Elie Hobeika.

La realidad era que los palestinos, para preservar la vida de las mujeres, ancianos y niños que vivían en Sabra y Chatila, habían retirado sus combatientes. Al entrar los milicianos buscando venganza por la muerte de Gemayel, vieron con frustración que su presa había desaparecido. Entonces desquitaron su furia con todos quienes encontraron a su paso: mujeres, ancianos y niños, en cantidades que aún hoy es difícil calcular, asesinados a tiros, pasados a cuchillo, en algunas ocasiones desmembrados.

En un edificio que todavía hoy se alza a doscientos metros de Chatila, Ariel Sharon aguardaba el final de la matanza. Los reflectores israelíes iluminaron durante las noches el escenario del crimen. Los gritos de las víctimas hacen imposible creer la excusa que luego, ante el escándalo internacional, dieron los oficiales del sionismo: no sabían lo que estaba pasando.

Investigaciones internacionales posteriores señalaron la responsabilidad de Sharon. No tuvieron consecuencias. Por una de esas inexplicables volteretas de la política, al concluir la guerra civil, Hobeika llegó a ser ministro en un gabinete libanés. En el momento de su muerte vivía en un cómodo retiro y, por razones que nunca se sabrán, había decidido poner en limpio su conciencia denunciando a Ariel Sharon.

Ahora Sharon aguarda el momento definitivo de su muerte, luego de ocho años en estado vegetativo, como resultado de un infarto cerebral. 

A lo largo de su vida, Sharon cubrió una intensa carrera militar y política. Fue jefe de una unidad de paracaidistas en la primera guerra árabe israelí en 1948, combatió en el Sinaí durante el conflicto del canal de Suez en 1956, adonde volvió en 1973, en la tercera guerra contra los árabes. Al general Sharon lo llamaron El rey de Israel y El león de Dios.

En 1982 fue designado ministro de Defensa. Planificó la invasión al Líbano, para destruir las fuerzas palestinas que operaban desde ese país y para dar caza a su némesis de siempre, Yasser Arafat. El escándalo de Sabra y Chatila, pese a la absolución oficial, averió su prestigio en Israel. El mundo árabe lo conoció desde entonces como “el carnicero”.

La Explanada de las Mezquitas

Político de habilidad indudable, volvería a las primeras páginas de los diarios cuando orquestó una provocación que el pueblo palestino no podía pasar por alto. Como reacción a su visita a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, en el año 2000, estalló la segunda intifada, de sangrientos resultados para palestinos e israelíes.

Logró capitalizar el sentimiento revanchista del electorado y, vencedor su partido Likud en las elecciones de ese año, fue designado primer ministro.

Desde allí, dijo, promovería la paz. Sharon fue el creador del famoso muro, que aísla en bantustanes a bolsones de población palestina. Se retiró de Gaza, territorio sin interés para Israel, y abrió las puertas así a los inhumanos cercos que esta populosa porción de tierra padece hasta hoy.

Luego de retirarse del Likud y fundar el centrista partido Kadima, le sobrevino el accidente cerebrovascular.

No hay que ser demasiado aguzado para saber que Ariel Sharon será recordado por muchos, incluida la gran prensa dominada por intereses judíos, como un héroe. Polémico, pero su héroe al fin.

En Chatila hay un pequeño espacio con un descuidado monumento dedicado a los caídos. Una gran foto mural presenta la imagen de una mujer que llora desgarrada por los asesinatos que se acababan de cometer al tomarla. Hoy, una anciana suele acercarse a los visitantes y, en un árabe incomprensible, les explica que ella es la mujer de la foto. 

Tampoco es difícil prever que esa mujer guardará otro recuerdo, muy diferente, de Ariel Sharon.

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