Opinión

¿Quién necesita un nuevo calendario?

El viejo calendario gregoriano está sometido al fuego de la crítica. Nuevas propuestas intentan solucionar sus insuficiencias.  ¿Vale la pena?

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Los fines de año los periodistas hacen gala de su imaginación frente a una cruda realidad: hay pocas noticias. Los más veteranos guardan temas a lo largo del año para enfrentar la sequía temática de estas fechas.

Es por eso que un tanque pensante como Stratfor, más conocido por las escandalosas revelaciones de Wikileaks sobre los orígenes de sus informaciones, haya dedicado su servicio especial de inicios del 2014…  al calendario gregoriano.

El calendario que rige nuestro tiempo en Occidente fue introducido por el papa Gregorio XIII en 1582, como forma de resolver los problemas del que entonces estaba vigente, el calendario juliano -por Julio César-, que durante siglos organizó el tiempo de los habitantes del imperio romano y durante la expansión del cristianismo. 

El calendario gregoriano resolvió una dificultad del juliano. Si este tenía una inexactitud de once minutos al medir la rotación de la tierra alrededor del sol, el nuevo calendario la rebajaría a solo 26 segundos:  el peligro, por ejemplo, de que la Semana Santa se alejara del equinoccio de primavera quedaba solucionado.

El calendario gregoriano era fruto de la globalización del comercio y de las relaciones políticas. Los diversos calendarios pre existentes -maya, egipcio, griego, chino, y el mismo juliano— respondían con necesidades locales y no tenían -no podían tener- vínculos o sincronizaciones entre sí. Los descubrimientos de fines del siglo XV y el desarrollo de largas rutas comerciales requirieron un nuevo sistema.

De cualquier modo, la nueva norma temporal no encontró las puertas abiertas en todas partes y, de hecho, todavía hoy coexiste con otras formas de medir el tiempo. 

En sus inicios, la obligación de utilizarlo no sobrepasaba los Estados Papales. España y Portugal lo adoptaron rápidamente, pero en países donde el protestantismo o las iglesias ortodoxas predominaban, se le vio como un intento de expansión de la iglesia de Roma.

Inglaterra y Alemania se resistieron a adoptarlo, y solo lo hicieron por necesidades comerciales. Rusia debió esperar la revolución de 1917 para aplicarlo -por eso la Revolución de Octubre se conmemora hoy en noviembre— y la iglesia ortodoxa rusa sigue utilizando el calendario juliano. Grecia lo vino a adoptar en 1923.

Otros calendarios surgieron. La Revolución Francesa tuvo el suyo propio, que trajo grandes complicaciones –variaciones en la fecha de inicio del año, semanas de diez días- que lo hacían incompatible con el entorno geográfico de Francia. El sha de Irán reemplazó el calendario islámico  por uno imperial, hasta que el anterior fue restituido por la revolución de 1979.

Aún hoy, nos cuenta Stratfor, países como Afganistán, Arabia Saudita, India, Bangladesh, Israel, Myanmar, Sri Lanka, Cambodia, Tailandia, Corea del Norte y China, entre otros, utilizan calendarios diferentes, en lugar o al mismo tiempo que el calendario gregoriano.

Defectos y propuestas

Al calendario gregoriano se le señalan hoy varias insuficiencias. Por ejemplo, los meses tienen duraciones diferentes y las fiestas pueden caer en cualquier día de la semana y casi nunca los mismos de un año a otro. O trimestres y semestres no iguales, con las consiguientes complicaciones para la actividad económica y las estadísticas.

La imaginación se ha desplegado en la creación de nuevos sistemas para evitar estas dificultades. El proyecto conocido como Raventos Symmetrical Perpetual and Colligan’s Pax propone 13 meses de 28 días, mientras que otra variante, el Symmetry 454 elimina la posibilidad de que el día 13 caiga nunca en viernes. George Eastman, el fundador de Eastman Kodak, introdujo un calendario propio que no variaba de un año para otro, y cuyas fechas caían siempre en el mismo día de la semana, con lo que podía regularizar las reuniones año por año y comparar con mejor base las estadísticas de su compañía.

En el 2012, a juicio del artículo citado, apareció la mejor propuesta, presentada por Richard Cohn Henry, astrofísico, y Steve H. Hanke, economista. Propone un año de 364 días y trimestres exactos: se evitan inexactitudes actuales como cuando se consideran los meses como de 30 días para el cálculo, digamos, de los intereses, a sabiendas de que la duración del mes no es esa. Igual ocurre en los cálculos del año.

Pero los argumentos más convincentes de estas iniciativas, explica Stratfor, no tienen que ver necesariamente con su mayor funcionalidad, sino con el ahorro que se supone traerá a la economía, en este caso norteamericana: entre 130 y 150 mil millones de dólares anuales.

La realidad es que nadie le ha hecho mucho caso a las nuevas propuestas. ¿Vale la pena la sustitución? La pregunta puede responderse desde varios ángulos. Si el considerable ahorro, que tiene como una de sus fuentes impedir que los trabajadores unan días feriados con fines de semana, se distribuyera equitativamente, y no fuera solamente a engrosar las ya repletas arcas de las corporaciones, valdría la pena la gran aventura que supone licenciar la norma del papa Gregorio. 

De lo contrario, parece mejor seguir con nuestros años bisiestos y con nuestros puentes vacacionales. 

Quizá la ventaja más visible sea la que vio Benjamin Franklin en 1752, cuando Inglaterra ajustó sus fechas al calendario gregoriano: “Es agradable para un anciano poderse ir a la cama el 2 de septiembre y no levantarse hasta el 14”.

también te puede interesar