Opinión

Cuba: razones profundas de una Revolución

Falseados sus motivos por la propaganda enemiga, la Revolución Cubana respondía a realidades crueles y profundas. Documentos interesadamente olvidados lo demuestran

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Muchos cubanos aún narran su despertar el 1º. de enero de 1959 con singular emoción.

Más que el timbre de un reloj, una frase los puso en actividad esa mañana: Batista huyó en la madrugada.

Los testimonios recuerdan cómo, en todo el país, la población se volcó a las calles. Camiones repletos de hombres y mujeres recorrían pueblos y ciudades, sin rumbo preciso, tocando sin cesar su claxon mientras sus tripulantes vitoreaban a Fidel Castro, a la Revolución o condenaban a Batista.

Miles de personas se lanzaron a la calle en la espléndida capital del país no solo a festejar, sino también a destruir símbolos de la decadencia moral imperante: los lujosos casinos, operados desde Estados Unidos, fueron objeto de la ira popular.

Y en medio de la gigantesca agitación, por las emisoras de la antigua radio comercial, se escuchó una voz que hasta entonces solo se podía oír a través de la clandestina Radio Rebelde. Fidel Castro llamaba a la huelga general para destruir la última intentona de preservación del viejo régimen: la sustitución de Batista, fugitivo, por una junta militar.

El festejo siguió. Pero el país, de acuerdo con la orden recibida, se paralizó totalmente. El día dos el éxito final de la Revolución se materializó con la entrada en La Habana de las tropas del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos.

Fidel entró en la capital el 8 de enero. En su discurso desde el antiguo campamento militar de Columbia, dijo algo que muy pocos podían entonces comprender: la lucha contra Batista era solo una primera etapa.

La lucha mayor, la más compleja, acababa de comenzar.

El resto es historia conocida.

De una parte, la obra revolucionaria, tanto en el orden económico como cultural, incluida la práctica internacionalista.

De otro lado, las agresiones interminables del imperialismo, que hasta hoy continúan en la forma de un bloqueo económico tan torpe como criminal, persistente y recrudecido.

Una parte importante de esta agresión ha sido la hostilidad mediática contra la Revolución.

Su origen es comprensible: si los grandes medios obedecen a la hegemonía ideológica de las grandes oligarquías, una revolución que cortó las bases del dominio de la oligarquía nacional y de su patrón imperial, no podía recibir otro tratamiento de estos mismos medios.

Entre las matrices de la propaganda anticubana se instaló una, cruelmente engañosa, que intenta demostrar que Cuba, en 1958, era un país notable por sus avances tecnológicos, a la cabeza de América Latina en varios aspectos, guías para la prosperidad de la nación. La Revolución Cubana no había sido más que una revuelta multitudinaria para expulsar un régimen dictatorial.

Y nada más.

Realidades inicuas y profundas

Es un sofisma en auge, acríticamente aceptado incluso por personas que intentan acercarse al fenómeno cubano con cierta honestidad. Pero es un sofisma cruel, interesado y esencialmente falso.

Las raíces más profundas de la revolución tienen que ver con realidades inicuas, hoy sepultadas en el interesado olvido de los grandes medios de comunicación.

Un documento olvidado es la encuesta que realizó en 1957 la Agrupación Católica Universitaria. Vale la pena la relectura hoy de lo que encontró en los campos cubanos, donde residía la mayor parte de la población.

No se trataba solamente de la situación educacional; el abandono absoluto de todos los gobiernos republicanos, convertía el interior cubano en reino del analfabetismo y de ausencia de escolarización.

La encuesta es particularmente sensible en el terreno de la salud. O mejor, de la insalubridad imperante. Según sus datos, el 14% de los entrevistados había padecido de tuberculosis, el 31% de paludismo y el 36% se encontraba parasitado.

En ese país que se intenta caracterizar como uno de los más avanzados de la región, los campesinos medios tanto como los campesinos pobres, vivían en tierras bajo condiciones de propiedad semifeudales, con alto atraso técnico y productivo, altas rentas, ausencia de vías de comunicación, bajos precios para sus productos y debilidad del mercado interno.

Y hambre.

La encuesta de la Asociación Católica Universitaria arrojó que cada familia de seis personas, como promedio, recibía un ingreso anual de 548.75 pesos, equivalentes a dólares, lo que representaba un promedio per cápita de 91.46 anuales (7.62 mensuales).

La encuesta abunda en la tétrica situación social: “el 60 por ciento de ellos vivía en bohíos de guano y piso de tierra que carecían de servicios sanitarios, simples letrinas o agua corriente (…), el 30 por ciento no tenía ninguna clase de iluminación nocturna. El 85 por ciento de esas viviendas estaban constituidas por dos piezas  -viviendas precarias generalmente, hechas con hojas de palma (…), el 43 por ciento era analfabeto y el 44 por ciento no había podido asistir a una escuela”.

Los campesinos más pobres trabajaban solo unos meses del año en las cosechas de tabaco, café, o en la zafra azucarera; el resto del año cultivaba un pedazo de tierra, arrendada o subarrendada. Menos del 25 por ciento de los campesinos eran propietarios de sus tierras.

Fueron estos campesinos explotados los que nutrieron, en gran mayoría, las filas del Ejército Rebelde.

Ya habían sufrido bastante. El primero de enero de 1959 les correspondía unirse a la gran empresa de transformar ese oprobioso pasado.

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