Opinión

La tragedia centroafricana y la nueva intervención militar francesa

Mientras el viejo imperio corre a proteger sus intereses, el pueblo centroafricano sufre los embates de un inacabable conflicto armado interno

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Los reportes occidentales sobre el crecimiento económico de África son cada vez más optimistas. Pero todos deben reconocer que la situación actual sitúa al continente de mil millones de personas muy por debajo de cualquiera de las economías emergentes del mundo.

África sigue siendo el África que conocemos. Con las heridas abiertas del colonialismo que formalmente desapareció hace solo cincuenta años, el hambre va de la mano de la corrupción en la mayor parte de sus países. 

De ahí que los conflictos que, uno tras otro, van desangrando a sus pueblos, desmientan a los adoradores de las cifras macroeconómicas. No hemos salido de las sangrientas acciones terroristas y guerras internas del Congo Democrático o de Somalia o de Mali, y ya la espiral inacabable de violencia ha alcanzado a la República Centroafricana.

Las noticias más recientes anuncian de una nueva intervención francesa en su antigua colonia. Supuestamente con fines humanitarios.

Pero lo cierto es que el vetusto imperialismo francés tiene importantes intereses que cuidar en ese país, de algo más de 600 mil kilómetros cuadrados y 4 millones 600 mil habitantes.

Este, uno de los países más pobres del mundo, nunca ha salido de su órbita de influencia. Y para París, la República Centroafricana es un consistente yacimiento de riquezas –diamantes, oro, uranio, maderas preciosas y petróleo–, la mayoría de ellas inexplorada.

A lo que se une la creciente participación económica de China en la región: otra de las grandes razones que han llevado a Francia a involucrarse militarmente en tres años en Libia, en Costa de Marfil y en Mali.

Nuevamente el hambre y los desplazados

El conflicto va tomando carácter cercano al genocidio. El país parece haber alcanzado su cota más alta de inestabilidad y desorden interno, luego de decenas de años de sucesión de presidentes y dictadores, la mayor parte de los cuales accedieron a su cargo a punta de pistola.

El episodio más reciente comenzó en diciembre del pasado año entre el gobierno central -que también había llegado al poder por vías irregulares— y una coalición de fuerzas conocida como Seleka. A esa altura, y pese a la presencia de tropas de países como Chad, Gabón, Camerún, Angola, Sudáfrica y la República del Congo, las fuerzas de Seleka entraron en la capital del país, Bangui, en marzo de este año, mientras el presidente François Bozizé huía. Michel Djotodia fue reconocido como jefe de un gobierno transitorio.

Pero ya la guerra había causado daños irreparables, pese al apoyo que Francia y Estados Unidos dieron al gobierno de Seleka. Se produjo una hambruna que afecta, según organizaciones internacionales, a un millón 100 mil pobladores y a 395 mil desplazados de sus territorios como consecuencia de los enfrentamientos.

Como era de esperarse, las actividades económicas, como el comercio de algodón o las cosechas de maní, principal fuente de ingresos de las familias del campo, habían decrecido hasta el punto de anunciar el riesgo de una crisis nutricional, agravada por la falta de atención médica generalizada.

Continuó el deterioro de la seguridad y se multiplicaron, hasta hoy, los casos de violación, tortura, asesinatos extrajudiciales y desapariciones. Nunca han cesado las luchas entre las fuerzas de Seleka, y los partidarios del depuesto Bozizé.

Los niños soldados

En medio de tal clima de violencia y desolación, apareció también en el escenario de este conflicto uno de los mayores azotes que colateralmente han provocado las innumerables conflagraciones intestinas en varios países africanos: el reclutamiento y la participación de miles de niños soldados.

Cálculos de la UNICEF, siempre cambiantes, estiman en unos 250 mil los menores que forman parte de grupos armados en el mundo. Aunque el espectro de países y conflictos donde aparecen es amplísimo –desde Afganistán hasta Birmania- el problema tiene mayor gravedad en el continente africano, donde se estimó en el 2004 que podría haber cerca de 100 mil niños implicados en conflictos armados.

En la contienda centroafricana la propia representación de UNICEF ha dado la voz de alarma.

«A groso modo, hablamos hoy de 5.000 a 6.000 niños, lo que casi duplica nuestra estimación anterior», que era de 3.500 niños en marzo pasado, declaró Suleyman Diabate, representante de la organización en la República Centroafricana. «La situación que vivimos hoy en día en República Centroafricana es muy, muy grave», recalcó.

Ciertamente, la situación, que parecía no poder ser más seria mientras seguían los enfrentamientos entre las facciones rivales, ha tomado en las últimas etapas un explosivo giro adicional: no es solamente la lucha por ocupar el máximo sitial del poder, sino por hacer prevalecer la religión musulmana, de los miembros de Seleka, sobre la cristiana, confesión practicada por la mayoría del país.

Suficiente para que Francia vaya nuevamente a la carga en protección, no de las vidas centroafricanas, que llevan mucho tiempo en peligro, sino de sus considerables intereses.

El martes, el ministro francés de Defensa, Jean Yves Le Drian, anunció el despliegue de “un millar de soldados” en el país, acompañando a una fuerza africana auspiciada por Naciones Unidas.

Nadie puede asegurar cómo concluirá la nueva aventura y el propio conflicto. Pero será otra señal de que el fin de los sufrimientos para los pueblos africanos está mucho más distante de lo que los macroeconomistas calculan.

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