Opinión

Una visita al reino de la hipocresía

Por Joaquín R. HernándezTomar Siria es parte muy importante de la política de expansión imperial. Siempre, a lo largo de los siglos, Damasco ha sido uno de los centros vitales de la zona. Y para ello se recurre a cualquier argumento. Aunque sea contradictorio con historias y posiciones pasadas

Redacción Central |

Una visita al reino de la hipocresía
Por Joaquín R. Hernández

Tomar Siria es parte muy importante de la política de expansión imperial. Siempre, a lo largo de los siglos, Damasco ha sido uno de los centros vitales de la zona. Y para ello se recurre a cualquier argumento. Aunque sea contradictorio con historias y posiciones pasadas

Los misiles parecen estar ya sobre cubierta, listos para dispararse contra objetivos gubernamentales sirios. No falta por hacer declaraciones incendiarias ningún político relevante ni de Estados Unidos ni de Gran Bretaña –que en esta historia hace un papel segundón– ni de Francia, antigua ocupante del territorio sirio, aspirante a neopotencia colonial.

Como sucedió en la guerra de Iraq, además del sector más lúcido de la opinión pública, el campo diplomático hace esfuerzos urgentes para evitar la escalada. Las Naciones Unidas intentan como entonces desempeñar su papel. En el 2003 fueron literalmente obviadas: las decisiones bélicas estaban tomadas y su entonces secretario general Kofi Annan se vio obligado a admitir que aquella guerra se hizo al margen de la legalidad internacional.

Ahora recorremos el mismo camino.

Sin embargo, hay algunas paradojas que llaman la atención. O más bien, que vienen a convencernos de lo que ya estábamos convencidos. Que ninguna de las razones idealistas con que se pretende justificar la escalada es sincera. Lo que se busca es, simplemente, la extensión de la influencia occidental en la región.

Si usted ha vivido o ha visitado alguna vez el Oriente Medio, oirá hablar con insistencia y con preocupación del «plan americano». Es decir, del proyecto expansionista de Estados Unidos. Con lucidez, los árabes ven cómo paso a paso se van adoptando políticas que no buscan sino asentar la influencia de Estados Unidos en esta decisiva zona del mundo (no siempre las cosas salen bien, como en Iraq, cuyo máximo aliado hoy, después de una larga y cruel guerra es… Irán).

Tomar Siria es parte muy importante de esa política de expansión. Siempre, a lo largo de los siglos, Damasco ha sido uno de los centros vitales de la zona. Y para ello se recurre a cualquier argumento. Aunque sea contradictorio con historias y posiciones pasadas.

El caso hoy es el supuesto uso de armas químicas por el gobierno sirio. Sería la segunda vez, de ser cierto, que un gobierno mesoriental las utiliza contra su pueblo.

¿Cuál fue la primera ocasión? Según se afirma, cuando Saddam Hussein las utilizó contra las tropas iraníes en la guerra entre ambos países en los años 80, y luego contra la población kurda iraquí.

Documentos recientemente desclasificados y revelados por los National Archives, así como entrevistas a antiguos agentes de inteligencia, y publicados por la importante revista Foreign Policy, revelan que Estados Unidos conoció en 1988 por medio de sus satélites del uso de gases neurotóxicos contra los iraníes. El frío cálculo se impuso en la administración Reagan, dice la revista: era fundamental apoyar a Saddam en su lucha contra la némesis que era el Irán del ayatollah Khomeini.

Los documentos muestran además que importantes funcionarios norteamericanos eran informados regularmente sobre el uso de los gases nerviosos. Oficiales de la importancia del director de la CIA William J. Casey estaban al tanto incluso de la ubicación de las plantas productoras del gas, de las adquisiciones por los iraquíes en Italia de municiones especiales para lanzarlo, y de que este podría estarse utilizando también contra poblaciones civiles.

Es la época en que Donald Rumsfeld visitó Bagdad y se dio la mano sonriente con Saddam Hussein, como lo demuestran las fotografías de la época.

Ahora podrían publicarse fotos de John Kerry cuando, siendo presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, visitó Damasco en febrero del 2009. La foto, disponible a través del sitio policymic.com, muestra al hoy secretario de Estado, una de las voces que más fuertemente han abogado por la agresión contra Siria, sentado a la misma mesa en un restaurante con el presidente Bashar el Assad.

Hay más. Cuando fue propuesto por el presidente Barack Obama para el cargo que hoy ocupa, el sector neoconservador abrió fuego contra Kerry y, entre los argumentos utilizados estuvo, justamente, su actitud conciliadora hacia Siria.

En Weekly Standard del 21 de diciembre de 2012, con el título «Kerry a Frequent Visitor with Syrian Dictator Bashar Al-Assad», Daniel Halper criticó la visita y citó declaraciones que hoy suenan extrañas y contradictorias con el discurso belicista del funcionario estadounidense.

La visita –una de ellas– se proponía dirigirse al presidente sirio como parte de una revisión de políticas hacia países que la administración Bush consideraba «hostiles». En tal sentido, Kerry reconoció que, dice el artículo, «Siria es un actor esencial para traer la paz y la estabilidad a la región… Ambos, Estados Unidos y Siria tienen un profundo interés… en tener un muy franco intercambio sobre cualquier diferencia y en llegar a acuerdos sobre las posibilidades de paz en la región».

Para rematar: el proyecto agresivo de hoy, tal como se conoce, consiste en lanzar cohetes cruceros desde el mar sobre objetivos esenciales para la dirección militar y del gobierno sirios. Pero no habrá nunca –y es lógico– participación de soldados estadounidenses combatiendo en el campo de operaciones.

¿Quiénes se beneficiarán entonces militarmente del destrozo que provoquen los bombardeos? Pues los insurrectos que hoy se oponen desde el terreno al ejército sirio: ¡las fuerzas terroristas de Al Nusra –léase Al Qaeda y similares–, combatiendo en una misma operación con el gobierno de Estados Unidos y sus aliados europeos!

Es suficiente hipocresía para un solo día. Y para este comentario.

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