Opinión

EE.UU.: país de corazones solitarios

Los estadounidenses combaten la soledad alentando formas comunitarias como las redes virtuales. Sin embargo, la perspectiva es alarmante y no excluye resoluciones violentas

Redacción Central |

Ross Douthat

The New York Times

En los últimos diez años, EE.UU. se ha vuelto un país menos violento en todos los sentidos excepto uno. Los estadounidenses cometen menos homicidios y delitos contra la propiedad, pero se autoinfligen más violencia mortal.

En los 90, la tasa de suicidios cayó con la tasa de criminalidad. Pero aumentó a partir del año 2000 y dio gran un salto entre la gente de mediana edad. El índice de suicidios para los estadounidenses de 35 a 54 años subió casi un 30% entre 1999 y 2010; en el caso de los hombres cincuentones, se incrementó un 50%. Más estadounidenses hoy mueren por suicidio que en accidentes de tránsito, y los suicidios con armas de fuego casi duplican a los homicidios con armas de fuego.

Esta tendencia es impresionante, aunque no necesariamente sorprendente. Como lo señaló el sociólogo Brad Wilcox, de la Universidad de Virginia, existe una estrecha relación entre el suicidio y los lazos sociales debilitados: las personas –en especial, los hombres– tienen más predisposición a matarse «cuando quedan desconectados de las instituciones básicas de la sociedad (por ejemplo: el matrimonio, la religión) o cuando sus perspectivas económicas se derrumban (por ejemplo: el desempleo)». Esto es lo que hemos visto que ocurre en los últimos tiempos entre hombres de mediana edad, cuyos índices de suicidio han aumentado con mayor rapidez: un alejamiento de las obligaciones familiares, de la participación cívica y religiosa, y del trabajo rentado de tiempo completo.

La pregunta más difícil que se formulan los EE.UU. del siglo XXI es si este repliegue de la comunidad puede revertirse, o si una sociedad que envejece y que debe enfrentarse con una desocupación estructural y tasas decrecientes de natalidad y nupcialidad simplemente está destinada a dejar más gente desconectada, ansiosa y sola. Hoy por hoy, el escenario pesimista parece más plausible. En un ensayo para la revista The New Republic sobre las consecuencias de la soledad en la salud pública, Judith Shulevitz informa que uno de cada tres estadounidenses de más de 45 años se reconoce como crónicamente solo, cuando uno de cada cinco era la relación que se registraba diez años atrás. «Ahora que los baby boomers (es decir, los nacidos después de la Segunda Guerra) están llegando a la edad de jubilarse a razón de 10.000 por día –dice– seguramente se disparará la cantidad de estadounidenses que están solos».

Existen vías públicas y privadas para hacer frente a esta epidemia de soledad: a través de trabajadores sociales, terapeutas, y hasta mascotas. Internet, por cierto, promete formas infinitas de comunidad virtual para reemplazar o complementar a la real. Pero todas estas alternativas parecen destinadas a no ocuparse de ciertos anhelos humanos básicos.

Para muchos, las formas más fuertes de comunidad siguen siendo las tradicionales –forjadas por genes, memoria y geografía compartida. Y ni Facebook ni un coach personal ni una burocracia bienintencionada pueden contrarrestar la atenuación y declinación de estas formas.

Uno de los mejores libros publicados recientemente ilustra este punto. Se trata de la autobiografía de Rod Dreher The Little Way of Ruthie Leming, una crónica de la muerte de su hermana a causa de un cáncer a los 42 años. Periodista y escritor, Dreher se había ido de su pequeño pueblo natal en Louisiana décadas antes y nunca imaginó que volvería. Pero ver cómo la comunidad rural apoyó a su hermana durante su crisis y cómo echar raíces en un lugar ayudó a su familia a sobrellevar la larga agonía lo inspiró para cambiar de opinión y retornar.

El libro no sólo celebra sin sentido crítico la forma de comunidad que el autor redescubrió en su pueblo natal. También explica, para empezar, por qué se fue: porque al ser un muchacho al que le gustaba mucho leer fue objeto de bullying (acoso escolar), porque su relación con su padre era opresiva, porque no se sentía tan cómodo como su hermana en un mundo de tradiciones, obligaciones, reglas. Porque la comunidad puede encarcelar tanto como contener, y a veces es necesario escapar de ella para poder valorarla.

En la sociedad actual, esa huida resulta más fácil que nunca. Y es un gran regalo para mucha gente: Si no se tiene mucho en común con los parientes y vecinos, si se es homosexual o un genio (o ambas cosas), si se es inquieto y un espíritu libre, el mundo puede resultar un lugar mucho menos solitario que en el pasado. Nuestra sociedad suele ser más benévola con las diferencias y las excentricidades que en otras épocas, y nuestra economía recompensa al talento extraordinario con una generosidad sin precedentes.

El problema es que como cada vez es más fácil ser notable e inusual, cada vez es indiscutiblemente más difícil ser común y corriente. Ser la clase de persona que no desea escribir su propio guión de vida, o inventar su propia trayectoria idionsincrática. Disfrutar de la estabilidad y el confort de las obligaciones y expectativas heredadas en lugar de aventurarse por cuenta propia. Seguir un «little way» («caminito») y no un camino de gran ambición. Ser más como Ruthie Leming que como su hermano.

Con demasiada frecuencia, y probablemente cada vez más, no habrá suficientes estadounidenses que tengan lo que los Lemings tuvieron: un lugar donde eran muy conocidos, una comunidad donde apoyarse, una fuerte red de contención en un momento difícil.

Sin todas esas ventajas, es más que entendible que algunas personas que sufren y padecen soledad terminen buscando no ayuda ni apoyo, sino una manera de ponerle fin a todo.

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