Opinión

El cuento de la buena fama

La búsqueda del reconocimiento es permanente en artistas, músicos, escritores y también en quienes son ajenos a estos círculos. Nadie es igual luego de volverse famoso. Marcos Mayer Revista Ñ Nada tan arriesgado como tratar de definir a Picasso, ese hombre más famoso que Buda o que la Virgen María, más cambiante que una multitud». […]

Redacción Central |

La búsqueda del reconocimiento es permanente en artistas, músicos, escritores y también en quienes son ajenos a estos círculos. Nadie es igual luego de volverse famoso.

Marcos Mayer

Revista Ñ

Nada tan arriesgado como tratar de definir a Picasso, ese hombre más famoso que Buda o que la Virgen María, más cambiante que una multitud». La frase es citada por John Berger en su Fama y soledad de Picasso, publicado en 1965 en inglés y que recién ahora se conoce en español. La afirmación pertenece al crítico francés George Besson y, como toda hipérbole, resulta un atajo retorcido a alguna forma de verdad. Imposible no remitirla a aquella célebre declaración de Lennon: «Ahora somos más populares que Jesucristo». Ambos diagnósticos pertenecen al momento de construcción de una nueva forma de celebridad que de algún modo dejó atrás algunas de las ya tradicionales ficciones del star system de Hollywood. Hasta entonces se entraba al restringido firmamento de las estrellas a partir de eso un tanto indefinido que se conoce como fotogenia, un modo de producir luz desde el propio cuerpo, una manera de irradiación de adentro hacia fuera. Pasaba con el rostro de Greta Garbo y también con todo el cuerpo de Marilyn. El arte de los directores de fotografía era lograr captar esa luz y convertir a esos seres especiales en objetos de culto profano.

Básicamente, la celebridad era una cuestión de imagen, de ser visto. Los tan festejados cameos de Hitchcock en sus películas tal vez puedan leerse como una manera de disputar la fama al mundo de los actores imponiendo una imagen que, con el tiempo y pese a la fugacidad de sus apariciones, terminaron haciendo de su director alguien más conocido y más valorado que los intérpretes de sus filmes, pese a que sus elencos incluyeron estrellas como Grace Kelly, Cary Grant o Doris Day. Se va a ver una película de Hitchcok y no una de Ingrid Bergman. La obra daba la pelea contra la fotogenia, aunque no dejara de valerse de ella. La luz dejaba de ser un atributo del cuerpo para formar parte del espíritu. La popularidad es la consagración del talento, que le gana la pulseada, aunque sea por un rato, a la belleza.

Lo que percibía el realizador de Psicosis es que la fama no es un don que no tiene más alcance que esa forma de reconocimiento permanente, sino, y sobre todo, un acontecimiento construido –muchas veces impensadamente– y que tiene sus consecuencias sobre la obra del artista tocado por la celebridad. En ese sentido va el texto de Berger y es lo que lo hace más interesante y provocador. Picasso no es el mismo después de convertirse en Picasso ni pinta de la misma manera. Pero a su vez su genealogía lleva a que se transforme en ese pintor que es ante todo un emblema. Otra vez, no es el Guernica el que define al pintor Picasso y le da su valor sino que Guernica vale por ser un cuadro de Picasso. Lo mismo para las célebres palomas de la paz, productos de un trazo simple y directo y que, de provenir de un pincel con distinto nombre, seguramente nos parecerían hasta triviales.

La primera consecuencia es la separación del artista del universo a partir del cual surgió su obra. Lo ejemplificaba Paul Simon cuando dijo en una entrevista que su lejanía con sus experiencias anteriores lo hacían quedarse sin nada que contar. «No voy a componer una canción sobre la nueva pileta que hice construir en mi casa». Ramiro Agulla –quien fue publicista estrella del delarruismo– estuvo detrás de la filmación en el año 2000 del videoclip de «El diablo de tu corazón», de Fito Páez. Su emisión fue censurada por contener escenas de lesbianismo. Agulla explicaba que la búsqueda de conflicto había sido deliberada porque consideraba que en aquella época Paéz se había aburguesado y precisaba algo que lo sacara de esa suerte de feliz rutina. El propio Berger huye de Londres y se instala en un pueblito de la Saboya francesa en busca de las experiencias que la ciudad ya ha agotado. De alguna manera, se puede decir que se escapa de las acechanzas de la celebridad, un gesto que parece quedar evidenciado en la decisión de que su novela King, de 1999, no llevara su nombre. Puede leerse ese borramiento de la figura del autor en ese rectángulo en blanco atravesado por un par de diagonales que es la única iconografía disponible de Thomas Pynchon. O la resistencia obstinada de J. D. Salinger a ser fotografiado.

La idea de que la principal amenaza de la fama es que se ha de dejar de ser uno mismo, que con su llegada se irá la inspiración. Después de haberse puesto en la línea más alta de popularidad, ¿podían los Beatles seguir siendo los Beatles? Vista desde hoy, la disolución parece la condición inevitable para permitir que Lennon, McCartney, Harrison y Ringo pudieran seguir haciendo música. Romperse para poder continuar vivo. De no haber resuelto las cosas de este modo, hoy los Beatles serían los Rolling Stones. El grupo que lidera Jagger alimenta fantasías de que sigue teniendo algo que decir, editando cada tanto un disco nuevo, y la mitología de que siguen siendo los mismos que ayer. Las fantasiosas versiones de que se transfunden sangre cada tanto para mantenerse jóvenes o el relato –luego desmentido– de Keith Richards diciendo que había aspirado las cenizas de su padre como si fueran cocaína apuntan a sostener, aunque sea desde la falacia, el mito de la eterna juventud del grupo. Su fama, como a tantos otros, los convierte en una suerte de Dorian Greys roqueros que esconden el retrato de su envejecimiento en un desván inaccesible a la vista de sus seguidores.

En esa misma línea, el permanente conflicto de Nathan Zuckerman, el supuesto álter ego de una buena cantidad de novelas de Philip Roth, es encontrar historias para contar. El sitio de dónde provienen la mayoría de ellas es su propia experiencia. Lo que le ocasiona espantosos problemas con sus allegados, en especial con su familia más cercana. Zuckerman ya no tiene formas de acceder a historias que no se parezcan a la suya y termina de usar aquellas que tiene más cerca y a las que debería preservar de la luz pública.

Berger repite una y otra vez la palabra leyenda para referirse a ese lugar que ocupaba Picasso en el mundo (el libro fue escrito en vida del pintor malagueño). No les es dado a las leyendas cuestionarse a sí mismos, no pueden hacer otra cosa que confirmarse como fuera de lo común, como inaccesibles. Tal vez por eso Borges alguna vez se inventó un álter ego que llevaba su nombre y andaba por la vida en calidad de artista célebre, para proteger al otro, al que se sentaba a leer y a escribir.

Como lectores y espectadores, la fama es una enorme amenaza. Nos impide seguir viendo y pensando. Hace ya tiempo que nos venimos perdiendo a Picasso, por suerte viene Berger a traérnoslo de vuelta.

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