Opinión

Internet, fuera de las mediciones

Medido por su contribución al producto bruto interno, gran parte de este nuevo valor periodístico posibilitado por la tecnología de la información no vale mucho

Redacción Central |

Eduardo Porter

The New York Times

Cuando era un joven reportero, no podíamos darnos el lujo de usar teléfonos celulares. Una tarde, hacía fila frente a un teléfono público en la Ciudad de México para transmitir las noticias acerca de una subasta para privatizar la compañía telefónica Telmex, provocando la furia de los que esperaban a mis espaldas mientras un editor del otro lado de la línea plasmaba mis palabras en esas letras verdes fosforescentes típicas de los albores de la era de la información.

Viajé a Japón con una computadora portátil TRS-80 que funcionaba con pilas AA y tenía conchas que se colocaban sobre el auricular del teléfono. Transmitía textos a la vertiginosa velocidad de 300 bits por segundo. Y escribí acerca de la crisis económica mexicana de 1994 sin el beneficio de un arsenal completo de estadísticas financieras mexicanas a unos cuantos clics de distancia.

Desde mi punto de vista, la evolución de las herramientas periodísticas entre entonces y ahora ha sido simple y sencillamente prodigiosa.

Los artículos tienen mayor profundidad, complementados por datos y análisis, enriquecidos gracias a ligas que llevan a cosas como gráficas interactivas, videos y galerías fotográficas. Llegan mucho más rápidamente a los lectores. Sobre todo, llegan a muchos más que en el pasado.

Pero, medido por su contribución al producto bruto interno, el indicador más destacado del bienestar económico nacional, gran parte de este nuevo valor periodístico posibilitado por la tecnología de la información no vale mucho.

Y eso no se aplica exclusivamente al periodismo. El año pasado, Robert J. Gordon, de la Universidad Northwestern, en Evanston, Illinois, planteó que la informática ha agotado casi completamente las promesas que conllevaba. Preguntó, en tono de provocación: «¿Habrá terminado el crecimiento económico estadounidense?» Y vaticinó un estancamiento del nivel de vida para la amplia mayoría de los estadounidenses durante décadas enteras.

Las estadísticas gubernamentales respaldan su escepticismo: el valor agregado generado por las industrias de la informática y las comunicaciones ha permanecido paralizado en más o menos 4 por ciento de la producción económica nacional en el último cuarto de siglo.

Sin embargo, estas estadísticas pasan por alto gran parte de los efectos que tienen en el bienestar de la gente la tecnología y los aparatos digitales que hoy utiliza. El PBI sólo valúa los bienes y servicios por los cuales paga la gente. No traduce el valor para los consumidores de las mejoras económicas que no involucran costo.

El Departamento Estadounidense del Comercio actualmente modifica su forma de medir el PBI, con el fin de mejor tomar en cuenta las contribuciones de las inversiones en investigación y desarrollo, así como en creación artística. Pero aunque se espera que la economía estadounidense luzca más imponente gracias a estas revisiones, no están ideadas para tomar en cuenta el valor que derivan los estadounidenses de las tecnologías digitales.

El PBI hace caso omiso del beneficio que obtienen los estadounidenses de compartir información en Facebook o encontrarla en Google o Wikipedia. Pasa por alto el tiempo ahorrado por los conductores que usan Google Maps y por los consumidores que hacen compras en línea.

El año pasado, Erik Brynjolfsson, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, y la investigadora JooHee Oh concluyeron que el superávit de los servicios gratuitos en línea para el consumidor ¬la plusvalía obtenida por los consumidores estadounidenses respecto a lo que pagaron¬ ha crecido en 34 mil millones de dólares anuales desde el 2002. Si esta cifra fuera considerada una «producción económica», le sumaría aproximadamente 0.26 de un punto porcentual al crecimiento anual del PBI.

Los «tecnoescépticos» podrán mofarse. Internet no es la primera tecnología en ofrecer bienes gratuitos a los consumidores. El superávit de la televisión para el consumidor equivale aproximadamente a cinco veces el brindado por cosas gratuitas en línea, de acuerdo con los cálculos de Brynjolfsson.

El tiempo dedicado por los estadounidenses a Internet se ha duplicado en los últimos cinco años.

La información codificada en bits inevitablemente se convertirá en porcentaje creciente de nuestra producción. Gran parte de su valor será entregado a un costo marginal casi nulo.

«Tenemos un menor conocimiento de las fuentes de valor económico que hace 25 años», escribió Brynjolfsson.

Si queremos entender realmente el impacto de la informática sobre nuestro bienestar futuro, primero deberemos encontrar una manera congruente de medirlo.

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