Opinión

Lo que no oiréis sobre Iraq

La hipocresía y el olvido selectivo abundan en estas semanas de conmemoración del inicio de esta guerra criminal

Redacción Central |

John Tirman

Huffhington Post

La guerra contra Iraq aún plantea muchas cuestiones, 10 años después de que esas primeras bombas salieran a la búsqueda de Sadam Husein. La mayor parte de la información en este décimo aniversario se centrará en las decisiones que llevaron a la guerra, la mezcla de mentiras y arrogancia de la Administración Bush, que en realidad no aprendió nada de su descomunal irresponsabilidad. Otros se centrarán en la ingenuidad de los halcones liberales —Hitchens, Remnick, Ignatieff, et altres— cuya pretensión de superioridad moral podría haber iluminado una metrópoli. O centrarán la atención en los soldados y marines caídos, los 4.488 muertos en Iraq, y el efecto de sus muertes en sus familias.

Lo que casi no oiremos será lo que les ocurrió a los iraquíes. Y habiendo escrito sobre esto muchas veces, después de haber encargado un estudio sobre la mortalidad en Iraq, y habiendo elaborado una explicación sobre la indiferencia estadounidense, no me sorprende nada que el discurso nacional sobre la guerra se oriente de la manera en que lo hace.

Mientras reflexiono sobre los 10 años de la guerra contra Iraq, lo que resulta más sorprendente con respecto al exorbitante coste humano de la guerra —casi un millón de muertos, cinco millones de desplazados, cientos de miles de viudas y huérfanos, una miseria inenarrable— es la pura insensibilidad de la camarilla pro belicista cuando se le ponen delante estos hechos. Como señalé en mi libro sobre este tema, The Deaths of Others [La muerte de otros], nada escuece tanto al aparato de seguridad nacional como que le acusen de asesinato sin sentido. Acepta mejor incluso el fracaso de la guerra que la culpabilidad por [haber causado] un gran número de víctimas civiles. Y a eso se debe, tal vez más que a cualquier otra razón, que las élites políticas y los medios de comunicación eviten el tema casi por completo.

Uno cuenta con que los neoconservadores, los medios de comunicación de derechas, y el Partido Republicano en general se nieguen a aceptarlo. Su aceptación de la política belicista estuvo impregnada desde el principio de falta de honestidad y de insensibilidad, como el respetado analista de inteligencia Paul Pillar ha señalado en repetidas ocasiones. Al analizar minuciosamente las razones de la invasión de Iraq, Pillar apunta a que los arquitectos de la guerra siguen aferrándose a la afirmación manifiestamente falsa de que todo se debió al fracaso de la inteligencia sobre el supuesto programa de armas de destrucción masiva de Sadam. «La inteligencia no impulsó ni guió la decisión de invadir Iraq —ni de lejos, a pesar del uso agresivo de fragmentos manipulados de informes de inteligencia que hiciera la Administración Bush en su pública campaña para vender la guerra», escribía recientemente.

En mi opinión, los motivos del régimen de Bush fueron por el contrario, deshacerse de Sadam, transformar Oriente Próximo, proteger a Israel, y garantizar el acceso al petróleo. El precio a pagar por los y las iraquíes por esos grandes y egoístas objetivos era algo secundario, si es que siquiera alcanzaron tal condición. Los hacedores de la guerra sostienen, según Pillar, que su único error fue creer en [informes de] inteligencia defectuosos. Su único error. La reciente película sobre Dick Cheney lo deja claro igualmente: nada de arrepentimiento.

Pero la negligencia respecto al sufrimiento iraquí es un asunto bipartidista. No hay más que fijarse en la fase más temprana de nuestra posición beligerante hacia Iraq. Después de todo, lo cierto es que libramos una guerra de 20 años que comenzó con la Operación Tormenta del Desierto en 1991. La política más duradera de la fase anterior fueron las sanciones impuestas por Bush padre y mantenidas por el presidente Clinton; sanciones que se planearon para exprimir a los iraquíes tan duramente que depondrían a Sadam. El resultado real fue la desintegración social que, entre otras consecuencias, dio lugar a la muerte innecesaria de entre 300.000 y 500.000 niños y niñas iraquíes. Cuando se le preguntó acerca de esta catástrofe, la secretaria de Estado de Clinton, Madeleine Albright, manifestó a 60 Minutes que el sufrimiento y la mortalidad «valieron la pena» para castigar a Sadam. Tampoco Clinton renegó jamás de esa política. Mayor alarde de cruel indiferencia sería difícil de encontrar.

En la guerra de 2003 a 2011 también costaría encontrar un responsable [del partido] demócrata que denunciase el sufrimiento iraquí. Ya en 2007, cuando ya se había hecho patente que se había conducido al país a una sangrienta guerra civil y las víctimas alcanzaban a centenares de miles de personas, el senador liberal Dick Durbin afirmaba «le hemos dado tanto a los iraquíes […] Nosotros, los estadounidenses, y unos cuantos aliados, hemos protegido a Iraq cuando nadie lo hizo». No mencionó las cifras de mortalidad, aparte de las de los militares estadounidenses. La intelectualidad liberal estaba asimismo en las nubes. No es solo que muchos halcones liberales siguieran aferrados a su horrible entusiasmo por la guerra mucho después de que quedase claro que la razón de las armas de destrucción masiva era falsa, sino que, además, algunos de ellos nunca pudieron reconocer que su supuesta buena voluntad hacia los iraquíes fuera socavada por la carnicería permanente. En respuesta a las cifras de mortalidad en 2006, por ejemplo, Christopher Hitchens aplaudió la elevada cifra (estimada entonces en 650.000) al escribir «¿quién puede decir cuántas personas fueron salvadas de ser asesinadas gracias a que se mató antes a los asesinos?».

Analistas más serios y bien informados no eran menos propensos al error. Colin Kahl, profesor asistente de Ciencias políticas en la Universidad de Minnesota, más tarde designado secretario adjunto de Defensa de Obama para Oriente Próximo, escribía en Foreign Affairs a finales de 2006 un descargo a pleno pulmón de las tácticas militares de Estados Unidos en Iraq. Kahl citaba, aprobándolas, afirmaciones de dirigentes militares de que protegieron a los civiles, y concluía: «A juzgar por los tres marcadores determinantes —el nivel de bajas civiles, la conducta de las fuerzas de Estados Unidos durante las operaciones, y la respuesta de los militares a los casos de incumplimiento— las acciones de las fuerzas estadounidense en Iraq se correspondieron en buena medida con lo que decían sus dirigentes». Esto, se jactaba, supuso que hubiera una «conducta procedente». Entre otros desaciertos, como aceptar acríticamente las cifras más bajas posibles sobre las muertes de civiles, Kahl vio la masacre de 24 civiles iraquíes de Hadiza a manos de un escuadrón de marines (y su posterior encubrimiento) como una muestra de ese excelente record. De hecho, como sabemos ahora, ninguno de los ocho miembros del escuadrón o de los responsables que diseñaron el encubrimiento fueron considerados responsables de los asesinatos.

A pesar de que las retrospectivas sobre la guerra destacan el mantra de «se cometieron errores», las elites estadounidenses aún evitan el verdadero estrago humano de Iraq. No van a hablar de ello, no van a lidiar con las consecuencias actuales, como los tres millones de iraquíes que siguen desplazados de sus hogares, e indudablemente no considerarán la culpabilidad de Estados Unidos. Si no hacemos frente a esta catástrofe, no aprendemos nada. No se trata únicamente de las mentiras de Bush, Rumsfeld, Cheney, Rice, o de los seguidores de los medios de comunicación que no ven ningún mal. Es un fracaso moral de magnitud mucho mayor —saber que esa carnicería se estaba llevando a cabo y no haber actuado en consecuencia, no admitirla, tratar de enterrarla bajo más mendacidad.

En medio de la peor oleada de violencia de Iraq en 2006, cuando Estados Unidos estaba obligado por el Derecho Internacional a garantizar la seguridad en Iraq pero era demasiado cobarde o inepto para hacerlo, uno solo podía oír la voz iraquí en ese salvaje aullido de muerte ocasionalmente. Estados Unidos no quiso escuchar, pero algunas voces llegaron, sobre todo a través de blogs. Uno de esos mensajes me tocó la fibra sensible como padre que soy de un niño pequeño. Estaba escrito por otro padre, en Bagdad. Tal vez más que cualquier otro artefacto de guerra, captura su más profunda agonía:

[…] No puedo imaginar a un padre o a una madre que odia a sus hijos. Pero en nuestra miserable existencia, nosotros casi lo hacemos.

Cualquier padre o madre en el «Iraq libre» de hoy pasa gran parte del día y de la noche en ascuas preocupado porque sus hijos van a la escuela, por si salen con sus amigos, por si se retrasan en llegar a casa… La agonía que empapa el sueño de sudor durante los prolongados cortes de electricidad en las inmisericordes noches asfixiantes del verano de Bagdad es un dolor sordo de impotencia y furia en el corazón.

La mayor parte del tiempo lo pasas enfermo de preocupación por su seguridad y bienestar. Saber que están en peligro constante te consume. Te come vivo.

Entonces te das cuenta de que es tu amor por ellos lo que te está matando. Empiezas a odiar ese amor.

también te puede interesar