Opinión

Davos 2: Encerrados en Schatzalp

Crónica de ambiente de la gran reunión anual de los todopoderosos Andy Robinson La Vanguardia «¡El WEF! ¡Es como estar en la cárcel!», me dijo Maria, mientras permanecíamos atrapados en la entrada del funicular que bajaba desde Schatzalp. Un cartel ponía «puerta automática» pero no se abría. ¿Por qué? Porque había llegado la hora de […]

Redacción Central |

Crónica de ambiente de la gran reunión anual de los todopoderosos

Andy Robinson

La Vanguardia

«¡El WEF! ¡Es como estar en la cárcel!», me dijo Maria, mientras permanecíamos atrapados en la entrada del funicular que bajaba desde Schatzalp. Un cartel ponía «puerta automática» pero no se abría. ¿Por qué? Porque había llegado la hora de poner en marcha las medidas extremas de seguridad antes de la gran fiesta al cierre del Foro Económico Mundial (WEF). Yo había subido a la una de la tarde a ver cómo iban los preparativos para lo que se llama elSoirée en The Magic Mountainen el hotel Schatzalp, el viejo sanatorio que inspiró la novelaLa montaña mágicade Thomas Mann. Acudiría un millar de Davos men, consejeros delegados, ejecutivos bancarios, creativos de marketing y branding, gestores de fondos globales, inversores buitres, alguna princesa de las muchas que han venido a acompañar a la siempre presente Raina de Jordania. Sin olvidar a los representantes de las diversas categorías de estatus del Foro Económico Mundial: los jóvenes lideres globales, los emprendedores sociales, los media leaders. Era la fiesta que se esperaba con mayor expectación tras la cancelacion este año del normalmente cotizado evento de Google (bar de oxigeno incluido). Algunos esperaban ver a Larry Summers, ex secretario del Tesoro de EE.UU, coger otro melocotón como hizo hace unos años , y bailar enloquecidamente con alguien que no debiera. Otros se preguntaban si la hermana de Mark Zuckerberg (Facebook) cantaría Son of a preacher man en Schatzalp como hizo en el piano bar en el 2012? Otros especulaban si Nouriel Roubini vendría con la misma rubia jovencita que la última vez en la fiesta brasileña del 2012. Todos los movers y shakers estarían en Schatzalp con los fantasmas de los tuberculosos. Pero Maria y yo no. Maria no podría ir por ser una residente cualquera de Davos. Si eres de Davos olvídate disfrutar en una fiesta de «Davos». Ella lleva 40 años viviendo aquí. «El WEF solo es bueno para los hoteles para nosotros no», me dijo con aquella mirada de complicidad en un hastió compartido que noto cada vez más cuando hablo del WEF con gente del mundo real en Davos. A los 88 años, María parecía estar en mucho mejor forma que muchos de los Vips del foro económico (con mi ayuda, hasta logró pasar por encima de la barrera para regresar a la estación y preguntar por qué no abrían la puerta). Quizás le habría gustado bailar un poco al grupo de rock and roll que tocaría en el hotel cuyo guitarrista provenía inverosímilmente de Bournemouth (Google los traía de Manhattan). Yo tampoco entraría porque el WEF no permite el acceso a las fiestas importantes a los reporteros (solo los periodistas suficientemente asimilados a la élite como para merecer la acreditación de líder mediático pueden asistir). Otra vez era un caso destatus, estupido. Mi intento de burlar al gigantesco despliegue de seguridad, subir pronto a Schatzalp e intentar coger una habitación, había fracasado cuando me pidieron la tarjeta de acreditación y solo pude enseñarles el maldito brown badge (color marron). Fui a caminar por el monte nevado pensando que quizás, si me escondiera, podría colarme en la fiesta más tarde. Pero pronto aparecio un helicóptero que rompió el silencio de los Alpes y me vigiló hasta que bajé.

Cuando finalmente dieron órdenes de abrir la puerta «automática» del funicular, Maria empezó a hablar del tema de Azerbaiyán que evidentemente estaba mosqueando a la gente de Davos. Y con razón. Cada pared, cada autobús y hasta el funicular esta empapelado de carteles publicitarios del petro estado ex soviético, ahora un destino jugoso de inversiones fondos globales. «Azerbaijan: the land of the future», anuncian. Dentro del vagón del funicular, dos pósteres de paisajes montañosas de Azerbaiyán tapaban las vistas espectaculares de Trinzenhorn y los demás majestuosos picos de los Alpes que resplandecian bajo el sol invernal. «¡Si ya tenemos suficientes montañas en Davos!», protestó Maria, que llevaba un gorro de lana tipo andino y había subido a Schatzalp a pie. Y el comentario me pareció tan sucinto en su rechazo a todo lo que significa este foro economico de Davos que por poco me eché a llorar. Por qué Davos , como buen escaparate del capitalismo tardío, es, efectivamente una orgía de networking de tipos forrados y feos que quieren aumentar más su fortuna vendiéndonos más cosas que no necesitamos. Para hacerlo, destruyen culturas históricas, se cargan paisajes queridos, y desmantelan sistemas de protección social que sí necesitamos. Y luego, con proyectos de filantrocapitalimso y emprendorismo social, nos ofrecen sucedáneos por los que tenemos que sentirnos agradecidos.

Aunque no logré encontrar un escondite más allá de las cámaras del helicóptero para poder colarme en lasoiréede la montaña mágica, mereció la pena subir a Schatzalp. Pude ver los preparativos de seguridad que se hacían para la avalancha de HNWIs (high net worth individuals o sea superricachones). Conforme fueron pasando las horas, el ambiente desenfadado y sencillo del viejo hotel se transformó. La mirada (también de complicidad) de la recepcionista fue sustituida por otras amenazantes conforme llegaron centenares de policias. El silencio prístino de la nieve se convirtió en un zumbido desquiciado de los helicópteros. Empecé a entender la fascinación que sintió el fotógrafo suizo Jules Spinatch por los preparativos de seguridad de Davos en su foto Panorama: World Economic Forum, Davos (2003), que vi el mes pasado en el Museo de Arte Moderno en Nueva York. Es un collage de imágenes tomadas por cámaras que fueron fotografiando a lo largo de 24 horas en la víspera del foro. «Miles de imágenes documentan el Foro económico Mundial cuando el valle entero fue trasformando en una zona de alta seguridad», explica el MoMa. Spintach debería haber estado en Schatzalp esta mañana.

Al bajar al pueblo vi un puñado de manifestantes rodeados de cientos de policías armados. Un activista joven que llevaba una bandera roja de repente empezó a cantar en inglés: «Give a man a bank and he‘ll rob the world». Junto con el lamento de Maria por la venta de montañas azerbaiyanas en Suiza, fue el mejor comentario de Davos del 2013.

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