Opinión

«Mulas” europeas para polvo blanco peruano

Afectados de lleno por los embates de la crisis, europeos sencillos deciden transportar cocaína desde Perú. Hoy se pudren en una cárcel de Lima

Redacción Central |

Frédéric Faux

Le Figaro

Aeropuerto de Lima, 19 horas. En el vestíbulo de salidas, ya se han anunciado los vuelos nocturnos con destino a Europa. Apoyado en una pasarela que sobresale en la zona de facturación de equipajes, un agente de la Dirandro (Dirección antidroga de la policía nacional de Perú) observa el ir y venir de pasajeros, localiza a los que parecen nerviosos o evitan claramente a los perros y a los policías con uniforme. Más allá, otros agentes se fijan en los rostros: unos ojos rojos y hundidos, la lengua blanca y el aliento con olor a látex delatan inevitablemente a las «mulas» que han ingerido cocaína.

De repente, con un movimiento casi imperceptible, sacan a un hombre y su maleta de la multitud. Llevan al sospechoso a la oficina de la Dirandro, donde le esposan por los tobillos y las muñecas. La maleta abierta deja escapar una manta de juegos para niños… Los investigadores no necesitan más de diez minutos para extraer de las costuras mullidas cerca de tres kilos de cocaína pura, cuidadosamente embalada en bolsas de plástico negras. «Esta vez es un rumano», señala el comandante Anderson Reyes, jefe del departamento antidroga del aeropuerto, donde se incauta una media de ocho kilos de cocaína al día. «También detenemos a griegos, búlgaros, franceses, y por supuesto españoles, que son los más numerosos… Este año la cifra de españoles ha superado incluso a los pasantes peruanos. Todos dicen lo mismo: la crisis económica les ha impulsado a hacerlo».

Un fenómeno masivo

Se trata de un fenómeno masivo: en Perú se encuentran encarcelados 695 europeos, el 90 % de ellos por transportar droga. En 2011, este país se convirtió en el principal exportador de cocaína hacia Europa. Las «mulas» que logran traspasar los controles llegan a ganar hasta 10.000 euros. Para el resto, el viaje termina a menudo en la prisión de Callao, a dos pasos del aeropuerto. Una cárcel con una reputación horrible, como el barrio que la rodea.

Un grupo de franceses y españoles sale del pabellón reservado a los extranjeros y se dirige hacia uno de los patios, donde hay unas cuantas sillas. Rápidamente, algunos traficantes profesionales se marchan, pero los otros se quedan para contar esta increíble historia en la que se ha convertido su vida, como el caso de Timoteo, que era portero de discotecas en Barcelona: «Sólo trabajaba los fines de semana, mi mujer estaba embarazada y llevábamos dos meses sin pagar el alquiler. En ese momento conocí a un tal David. Me propuso ganar mucho dinero haciendo un viaje a Perú, con todos los gastos pagados, sin riesgos. Dudé, pero él insistió. En España hay profesionales cuya tarea es reclutar a personas en una situación crítica, como era mi caso. Te buscan y te convencen».

Luego es Jérémy quien cuenta su historia. A este joven parisino, de una familia judía practicante y panadero en Bruselas, le reclutó uno de sus clientes: «Me reservaron una habitación en Miraflores, el mejor barrio de Lima. Me pidieron que hiciera turismo, eso era todo. Me dieron un número de móvil local para los contactos y, el último día, un italiano me pidió que rompiera la tarjeta del teléfono y que acudiera a un último hotel, donde me dieron la maleta. El día que regresaba, al ir a facturar, me llevaron detrás del mostrador. Un policía acuchilló mi maleta e introdujo un bastoncillo de algodón en el corte. Me dijo: «Si sale azul, es que llevas cocaína en la maleta…» Y claro, salió totalmente azul». Jérémy sabe por qué le eligieron: «No soy un delincuente, no consumo drogas, tengo el perfil de europeo que no tiene problemas en los controles… y necesitaba el dinero». El mismo perfil que Jean-Christian, otro de los 15 franceses encarcelados en Perú que sobrevive dando masajes a sus compañeros detenidos; y el de Iván, empleado municipal madrileño; o el de Gustavo, desempleado y que tiene el récord del grupo por haber transportado diez kilos de cocaína en un solo viaje. Todos deben cumplir la misma condena: seis años y ocho meses.

Una historia espantosa

Al cabo de dos años y medio, los europeos se benefician de una libertad condicional y por lo general pueden salir de prisión, aunque no pueden regresar a su país. Entonces comienza otra pesadilla. «Estas personas, que no son traficantes profesionales, se ven obligados a salir ilegalmente de Perú, con todos los riesgos que implica», denuncia Castillo Torres, de la oficina del Defensor del pueblo. «A los que no pueden hacerlo, les queda la calle o algunas casas religiosas que les acogen».

La Casa de Acogida, en Callao, es una de estas instituciones. En la fachada no hay ningún cartel. En el timbre, al que se accede pasando la mano a través de una puerta enrejada, no aparece ningún nombre. «En un barrio así es mejor ser discretos», explica Julia al abrir la puerta. Con 58 años, esta abuela de Barcelona, que tendría que estar disfrutando de sus nietos, fue detenida en el aeropuerto de Lima, con su maleta «forrada» de cocaína. Pasamos delante de un altar dedicado a la Virgen, decorado con algunas flores, antes de subir a un piso donde se encuentra un pequeño salón. Allí está sentada Roberta. Esta antigua comerciante se presenta sin rodeos: «Tengo 62 años y no podía vivir únicamente con mi pensión… Llevaba cuatro kilos pegados con cinta adhesiva alrededor de todo el cuerpo».

La historia de estas «narco-abuelitas» es tan espantosa que sienten la necesidad de mostrar la pila de fotocopias que detalla su sentencia y su condena. «Trabajé durante 35 años en un servicio de geriatría», nos cuenta Julia. «Cuando estalló la burbuja inmobiliaria en España, mi hijo, que vivía conmigo, se quedó sin trabajo. Tiene cuatro hijos y ya no podíamos pagar las facturas. Entonces un amigo me contó que había hecho dos veces el viaje a Perú, sin problemas… ¡Te tientan con ese dinero que tanta falta te hace y lo haces sin pensar!».

también te puede interesar