Opinión

Los diarios no morirán en Silicon Valley

La era de Internet multiplicó las promesas: todos íbamos a ser escritores, periodistas o editores. Pero la democratización de la información jamás llegó a producirse Frank Schirrmacher FAZ ¿Cómo es que no hemos aprovechado ese amanecer repleto de promesas? Cada persona tenía en su escritorio o en el bolsillo dispositivos que le ofrecían más medios […]

Redacción Central |

La era de Internet multiplicó las promesas: todos íbamos a ser escritores, periodistas o editores. Pero la democratización de la información jamás llegó a producirse

Frank Schirrmacher

FAZ

¿Cómo es que no hemos aprovechado ese amanecer repleto de promesas? Cada persona tenía en su escritorio o en el bolsillo dispositivos que le ofrecían más medios de comunicación de los que poseía el presidente de Estados Unidos hace 20 años; con sólo unos euros, se convertía en un estudio de televisión o en editor: cualquier cosa era posible, exclamaban todos, pero no hemos aprovechado la oportunidad. Reconozcamos que ha sido un desastre o el mensaje de un sueño que, ahora que nos hemos despertado, nos tendría que hacer reflexionar.

No estamos hablando en este caso dela crisis de la prensa. Cuando vemos cómo la gran maquinaria mediática reacciona como por reflejo pavloviano y glosa, no siempre en el momento apropiado, pero siempre adoptando la postura del aleccionador, sobre las «oportunidades perdidas» [del sector] tras losanuncios de insolvencia del Frankfurter Rundschauy delcierre del Financial Times Deutschland, ha llegado el momento de ver quién se encuentra en el barco.

Redondeemos las cifras para aquellos que estuvieran dormidos: 10 años de comercio electrónico, 10 años de economía de la información, 5 años de smartphones y al menos 20 años de la ideología que conlleva, trazada por los intelectuales de la Red, es decir, la autonomización de todo ciudadano como voz de la opinión pública y de la participación individual.

El iPhone o el futuro social

¿Qué ha sido de esa euforia de los primeros momentos? ¿Qué hay aún de cierto actualmente en todas esas teorías basadas en una tecnología que supuestamente revolucionaría el conjunto de las relaciones sociales y económicas, no se trataba del mayor golpe de márketing de la historia, orquestado por Silicon Valley ?

Se suponía que 80 millones de alemanes se convertirían de la noche a la mañana en su propio editor-autor-impresor: ¿dónde está el nuevo Pulitzer? ¿Dónde están los modelos de blog, de empresas recién creadas, de comunicación o de información que funcionan aunque sea de forma imperfecta en la Web?

Si cada vez más gente ansía la desaparición de los medios denominados «tradicionales», es quizás porque algunos creen que la única manera de avanzar actualmente es librarse de la competencia. «¡Que se coman el futuro !», es el nombre que un día dio el gran ensayista estadounidense Thomas Frank a esta estrategia, en otras palabras: partimos del principio de que cada nueva generación de iPhones lleva el programa del futuro social.

Nadie se entrega tanto a este juego del determinismo tecnológico como los periodistas. Mi colega Wolfgang Blau, por ejemplo, director del sitio web del diario Die Zeit, que jamás ha sacado un céntimo de beneficio, sino que vive por la notoriedad del diario, cuya estabilidad financiera pone en tela de juicio constantemente, aparece hoy como la encarnación del pensamiento neoliberal: el mercado lo ha decidido así, tenemos que vivir con la desaparición de sectores enteros de la economía.

Explotador de su propio ego

La tabla de salvación está lista: actualmente, un sitio web especializado en la economía de los medios de comunicación no tiene nada que decir, ya que los fabricantes de bienes de consumo lanzan sus propios sitios de información, lo que al menos permite identificar los conflictos de intereses. Nos encanta escuchar a Apple hablar de las condiciones laborales en China o a Coca-Cola mencionar los beneficios de la globalización.

El hecho es que, en su versión alfa actual, la economía de la información tiene como único resultado la aparición de gigantes industriales y de un fenómeno de concentración que, cada vez con más frecuencia, hace del individuo un explotador de su propio ego. La «ideología californiana» anunciada hace años por Kevin Kelly, el santo patrón de Silicon Valleyfundador de la revista Wired, oculta esa vuelta del neoliberalismo tras la utopía tecnológica.

La predicción de Kevin Kelly, según la cual cada uno de nosotros tendría derecho a 15 megabytes de fama y podría obtener generosos ingresos publicitarios sin moverse de casa, tan sólo se ha hecho realidad para un puñado de personas en todo el mundo. El único ejemplo que nos viene a la mente es el proyecto del sitio Web de la millonaria Arianna Huffingtonel Huffington Post, que fue adquirido por AOL y que es conocido por no remunerar a sus autores.

Pero si no ha hecho surgir nuevos medios, ¿qué nos ha aportado la nueva economía de la información? Gigantes del sector, que borran las obras de los lectores sin que se lo hayamos pedido (Amazon), que censuran los títulos de ciertas obras o de contenidos de diarios (Apple, Facebook), o que anteponen sus propios productos en los resultados de búsquedas, porque ellos mismos se consideran medios de comunicación (Google).

El dictado del ’me gusta’

El nuevo libro de Naomi Wolf,Vagina: una nueva biografíase convirtió por ello en «V*****a» en la tienda en línea de libros electrónicos de Apple, y tuvo que producirse un clamor de protesta para que Apple volviera al título original. Evgeny Morozov citó este y otrosejemplos en el New York Times, llamando la atención sobre el hecho de que los gigantes de la información estaban redefiniendo las normas culturales de modo autoritario, la mayoría de las veces sin que nadie se diera cuenta de ello.

El esplendor político y social que anunció Silicon Valley sobre el ciudadano, que tendría toda la información al alcance de su mano, sigue haciéndose esperar. La participación ciudadana se limita cada vez con más frecuencia a funciones que permiten recomendar un contenido y al plebiscito sistemático de los consumidores y sus estados de ánimo expresados por un «me gusta».

Demostrar, como hizo Robert S. Eshelman en la revistaThe Baffler, que la primavera árabe no la desencadenaron Twitter ni Facebook, sino los sindicatos que se organizaban en secreto desde hacía años, no constituye una afrenta a los smartphones o a Facebook. Una demostración así más bien plantea la cuestión de saber cómo el periodismo internacional pudo tomar esos atajos, y por qué parece costarle tanto hoy meditar sobre la observación del exdirector de Google Egipto, Wael Ghonim, que explica que «nadie se puso en contacto con la clase obrera egipcia a través de Internet y Facebook»: «Las redes sociales desempeñaron una función, es cierto. Pero esta revolución no ha sido una ciber-revolución».

Sobrevivir sin periodismo de calidad

Tanto si poseen versiones Web o en papel, los diarios que ya no interesan al lector sólo pueden culparse a sí mismos. ¿Pero acaso ha sido alguna vez de otro modo? ¿La Alemania del siglo XXI va en serio cuando se preocupa por el hecho de no poder tocar lo que estamos leyendo? ¿Cuánto debate sobre la desaparición del papel, mientras que todos sabemos que, en un mundo sin papel, un periódico en papel se convierte inmediatamente en una oportunidad comercial?

Como si eso fuera la cuestión. Como si la cuestión no fuera más bien saber si los periodistas pretenden resistirse al afán de notoriedad o al contrario, seguir apareciendo como caricaturas de un sector que hace de su propia crisis un gran titular. Como si existiera realmente una diferencia ontológica entre los blogueros y los periodistas, por ejemplo, y no sólo diferencias individuales; y como si no estuvieran todos en el mismo barco. Una cosa está clara: los diarios tienen que invitarnos permanentemente a la inteligencia y en este ámbito es donde más tienen que aprender.

El semanario Die Zeit se pregunta «cómo puede sobrevivir el periodismo de calidad». Pero esa no es la cuestión. En un mundo donde sabemos quién se aprovecharía más de la atomización del debate público, la cuestión clave que se plantea es la siguiente: ¿una sociedad puede sobrevivir sin un periodismo de calidad? Ahora que cada vez más periodistas dejan que Silicon Valley y Wall Street les dicten sus previsiones sociales, podemos atrevernos con total calma a dar una respuesta muy sencilla: en absoluto.

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