Opinión

Elecciones y tensiones crecientes en el este de Asia

Problemas y situaciones en una región de creciente influencia en la política mundial

Redacción Central |

Txente Rekondo

Gara

Las últimas semanas de 2012 han estado marcadas en el este de Asia por una serie de acontecimientos que pueden marcar el rumbo de la región en los próximos meses, una zona, además, en la que tiene puesta su prioridad el presidente de EEUU, Barack Obama.

Más allá de la finalidad de la prueba -un misil de largo alcance o la puesta en órbita de un satélite científico-, lo cierto es que Corea del Norte sorprendió a Occidente y a sus aliados en la región con el éxito del lanzamiento de un cohete a mediados de diciembre, más si tenemos en cuenta las burlas con las que acogieron un intento similar a principios de año y que resultó un fracaso.

Pyongyang muestra así músculo tras el fiasco de abril, refuerza la imagen de sus dirigentes en clave interna, resaltando el liderazgo de Kim Jong-un, al tiempo que homenajea a su padre, Kim Jong-il, muerto hace un año; un mensaje cifrado para Seúl, que celebraba elecciones unos días después; y sobre todo una forma de presionar a Washington para retomar las negociaciones en búsqueda de una acuerdo global (energía y alimentos), lo que algunos han podido definir como el uso táctico de la energía nuclear.

Si esa maniobra norcoreana provocó nerviosismo en EEUU y sus aliados, el líder de la RPDC ha pedido estos días el fin de la confrontación entre ambas Coreas en su mensaje de Año Nuevo. Con este llamamiento a poner fin a la división del país y conseguir su reunificación lanza un guiño a la vecina del sur, tal vez con la esperanza de poner en marcha las negociaciones y el acercamiento que se labró hace algunos años.

Las elecciones presidenciales de Corea del Sur, por su parte, han supuesto el triunfo de la conservadora Park Geun-hye, que derrotó al candidato de centro izquierda Moon Jae-in (51,6% por 47,9% ). La escasa diferencia entre ambos contendientes nos muestra una fotografía marcada por la profunda división política que vive el país desde hace tiempo, a la que hay que sumar las grandes divisiones generacionales y regionales.

La imagen idílica de Corea del Sur hace aguas, y a pesar de que todavía puede presumir de determinados datos macroeconómicos, la realidad nos muestra un país con grandes retos.

Las relaciones con la RPDC marcarán la agenda de la nueva presidenta, pero sin olvidar la alianza estratégica con EEUU, y que se acrecentará aún más con la actual estrategia de Obama, que pivota sobre la región.

A ello se unen la postura de China hacia el vecino del norte y, sobre todo, las tensiones con Japón, el otro aliado norteamericano en la zona. Ahí siguen los agravios históricos y la pugna por la propiedad de las islas Dokdo/Takeshima.

Otro aspecto clave es la cuestión económica (en el centro de la campaña electoral). Aquí también resurgirá el pulso con Japón, y los retos de afrontar el creciente desempleo, el aumento acelerado de las desigualdades sociales y económicas, fruto de ese rápido crecimiento de las últimas décadas y que da lugar a una mayor injusticia social. El llamado crecimiento sostenible puede estar llegando a su fin, comenzando a mostrar su rostro más cruel en Corea del Sur.

Dos retos serán también el demográfico y el identitario. Por un lado, nos encontramos con una sociedad cada vez más envejecida, y con una tasa de natalidad muy baja. Y por otro lado, ese estancamiento demográfico está siendo acompañado por un aumento de la población inmigrante (mayoritariamente asiática), que puede poner en tela de juicio algunos valores de la otrora homogénea Corea. Finalmente, el deterioro medioambiental, fruto del crecimiento acelerado de todos estos años, compromete el futuro del país.

Japón, por su parte, ha elegido un nuevo Parlamento. Poco le ha durado el poder al Partido Democrático de Japón, que hace tres años puso fin a casi cincuenta años de mandato ininterrumpido del nuevamente triunfador, el Partido Liberal Democrático, que vuelve con una más que holgada mayoría parlamentaria, lo que junto a los votos de su aliado Partido Nuevo Komeito, le garantiza un amplio margen de maniobra para afrontar la agenda que promueve Abe Shinzo, el nuevo primer ministro japonés.

Su nueva agenda recoge entre otras cosas mantener la alianza con EEUU como eje central de su política, y, por tanto, priorizar el cumplimiento de sus obligaciones; la revisión de la Constitución de 1947 para convertir a las actuales Fuerzas de Autodefensa en un Ejército Nacional (Kokubogun), abriendo la puerta a la participación en operaciones en el extranjero.

Abe apuesta también por un impulso de las lecturas chauvinistas, proponiendo el establecimiento de un día nacional, el Día de Takeshima, (para reforzar la demanda japonesa de la isla que Corea del Sur conoce como Dokdo), y adoptar una postura dura hacia China, insistiendo en que no hay margen de negociación sobre el asunto de las reclamaciones conflictivas a las islas Senkaku/Diaoyu. Así mismo, propone una reforma educativa para impulsar el sentimiento nacional japonés y, sobre todo, rechaza las acusaciones contra Japón en torno a crímenes de guerra en la II Guerra Mundial y el uso de mujeres como esclavas sexuales. Todas estas medidas auguran grandes tensiones con los vecinos y pueden acabar poniendo en entredicho los propios intereses de EEUU.

En materia económica defiende un profundo cambio en la política monetaria y una recuperación basada en políticas fiscales y de crecimiento para poner fin a la deflación, y corregir la fortaleza del yen e impulsar el crecimiento de la economía. Y otro aspecto relevante es el impulso que nuevamente quiere dar al uso de la energía nuclear. Mientras que las movilizaciones contrarias a las centrales nucleares han ido creciendo, sobre todo a raíz de Fukushima (las mayores de los últimos años en vísperas electorales), la labor del lobby nuclear ha logrado contrarrestarlas y realinear a la clase política nipona a su favor.

Al resguardo de la política de Abe y de su partido se está produciendo un auge de tendencias ultraconservadoras y populistas. El descontento con las élites políticas tradicionales ha impulsado formaciones como el derechista Partido de la Restauración de Japón, que se ha convertido en el tercero más votado, con 54 escaños.

En este partido, confluyen dos figuras como Toru Hashimoto, el populista alcalde de Osaka (tiene importantes relaciones con el propio Abe), y el exgobernador de Tokio Shintaro Ishihara, ultraderechista y anticomunista, cuya retórica patriótica ha contagiado toda la campaña y cuya plataforma combina un nacionalismo vehemente, una economía neoliberal y una revisión radical del sistema político.

Podemos encontrarnos en Japón con una nueva «troika» entre Abe, Hashimoto e Ishihara, que puede condicionar el futuro del país y de la región.

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